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Yoncheva Salzburg17 MarcoBorrelli

 

Un bálsamo

Salzburgo. 13/08/2017. Festival de Salzburgo. Mozarteum. Obras de Händel, Rameau y Purcell. Academia Montis Regalis. Dir. musical y clave: Alessandro de Marchi. Sonya Yoncheva, soprano.

Seguramente cause sorpresa y hasta perplejidad que un recital dedicado a Händel, Rameau y Purcell termine con el público acompañando a la intérprete con palmas, mientras interpreta una de sus propinas, casi al modo de la Marcha Radetzky en el concierto de Año Nuevo. Eso sucedió precisamente ayer en el Mozarteum con Sonya Yoncheva pandereta en mano, mientras interpretaba como propina el "Tristes apprêts, pâles” de Les Indes galantes de Philippe Rameau.

Fue el colofón festivo a una sesión muy notable, sobre todo marcada por el espléndido estado vocal de la intérprete búlgara y por la enorme calidad de la música reunida, servida de un modo excepcional por la Academia Montis Regalis con Alessandro De Marchi al frente. La velada, en todo caso, osciló en una cierta contradicción emocional. La propia Yoncheva la formulaba al enunciar la primera propina, un bellísimo “Lascia ch´io pianga” que dijo querer que sonase festivo, algo que no cuadra demasiado con el pathos mismo de la pieza, más bien doliente y melancólico.

Partiendo, es obvio, del trabajo discográfico dedicado a Händel por Sonya Yoncheva a  comienzos de 2017, el programa propuesto en esta ocasión tenía una gran coherencia, cosa poco habitual en veladas de este formato. Y es que como bien señalada Suzanne Aspden en las notas al programa, Händel y Rameau fueron prácticamente contemporáneos, de ahí que quepa buscar un retrato en paralelo de sus músicas. La incorporación de Purcell en la tercera parte del programa -interpretado todo él en un sólo bloque, sin descansos- es asimismo muy conveniente, en la medida en que Händel lo tuvo como inspiración directa en una periodo importante de su producción, cuando no se limitó a mirar el código operístico italiano.

Yoncheva emocionó sobre todo en las piezas más hondas y lentas, como el “Se pietà di me non senti” de Giulio Cesare de Händel o el “Thy han, Belinda… When I am laid in earth” del Dido and Aeneas de Purcell, así como el “With darkness deep, as is my woe” de Theodora. Su voz sonó liberada y fácil, con más anchura que punta, con cuerpo y luz, aunque no siempre transparente, un punto velada en algunas franjas, con ese regusto tan propio de las voces forjadas en latitudes al este de Europa. Yoncheva se mostró capaz en las agilidades y firme en las notas cortas, sin apuros en los extremos y sosteniendo siempre una línea de canto estilizada y dúctil.

Hay que reconocer la inteligencia de la soprano al intercalar este repertorio, así como partituras de Mozart (la reciente Clemenza que hizo en Baden-Baden) para no perder flexibilidad y precisión en la emisión conforme la voz va ganando enteros, creciendo en pujanza, tamaño y dramatismo. El suyo sigue siendo, a día de hoy, el instrumento de una soprano lírica pura, con un material bello y homogéneo, idóneo para el repertorio que tiene por delante: Elisabeth de Valois en Don Carlos (París), Mimí en La bohème (París), su debut como Tosca (Nueva York), Marguerite de Faust (Viena) y dos debuts más, Luisa Miller de Verdi (Nueva York) y la Imogene de Il pirata de Bellini en Milán. Sin duda, una temporada ambiciosa para la que la voz parece mostrarse en plena forma y la intérprete sobradamente capacitada.  

Volviendo al recital que nos ocupa cabe poner en valor dos detalles de Yoncheva: por un lado, el hecho de interpretar todo el programa sin partitura, algo ya no tan obvio como debiera; y en segundo lugar la tentativa de dramatizar en la medida de lo posible el concierto, aunque fuera apenas con sus gestos y con el vestuario (imponente el vestido dorad que llevaba al abrir el concierto, caracterizándola un tanto al modo de Cleopatra).

Sólo caben elogios para la labor de la Academia Montis Regalis. Bajo el impulso de Alessandro De Marchi al clave, ofrecieron un sonido compacto, siempre bien empastado y traslucido, donde cabía distinguir cada línea melódica. La articulación es exquisita y permite un fraseo variado, tan admirable en los pasajes vivaces como en los lentos. Los adornos en varias de las piezas fueron asimismo de un gusto exquisito. Apenas cabe citar una cierta descoordinación con Yoncheva en el “Tornami a vagheggiar”, peccata minuta en todo caso.

El público en pie, la intérprete entregada y visiblemente feliz, incluso un punto alocada, dando vueltas sobre sí misma y en un ambiente cada vez más festivo, pusieron el colofón a un concierto que, como antes apuntaba, tuvo una altísima calidad musical, aunque un cierto regusto a contrasentido en lo emocional (demasiada sonrisa para una música tan melancólica). En todo caso, la sensación fue balsámica, como lo es siempre que se escucha a una voz en plena forma al servicio de una música tan sobresaliente. 

 

 

 

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