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Aida Salzburg Netrebko MonikaRittershaus1

 

Suntuosa y refinada

Salzburgo. 16/08/2017. Festival de Salzburgo. Verdi: Aida. Anna Netrebko, Francesco Meli, Daniela Barcellona, Luca Salsi, Dmitry Belosselskiy, Roberto Tagliavini, Bror Magnus Todenes, Benedetta Torre. Dir. de escena: Shirin Neshat. Dir. musical: Riccardo Muti.

Anna Netrebko ha cosechado en Salzburgo algunos de los hitos más notables de su ya larga trayectoria profesional, que ronda ya las dos décadas y media de andadura. Allí se consagró de algún modo ante el panorama internacional hace ahora doce años, con la ya mítica Traviata de Willy Decker junto a Rolando Villazón. Netrebko es hoy una mujer más madura y eso se refleja también en su voz y en su faceta como intérprete. El timbre sigue siendo sumamente reconocible y privilegiado, de un material suntuoso y amplio, bellamente coloreado, cálido y ahora más presente y firme que nunca. La propia intérprete lo sabe y se muestra confiada en su nuevo repertorio, el que desde hace aproximadamente un lustro ocupa su agenda, de la Lady Macbeth de Verdi a la Manon de Puccini pasando por roles ciertamente cómodos para ella como la Tatiana de Onegin. La carrera de Netrebko es un ejemplo de constancia y buen juicio, a pesar de lo que pudiera invitar a pensar su imagen espontánea y a veces un tanto alocada, esa que proyecta en sus redes sociales y que en última instancia no parece sino reflejo de su felicidad, de su realización vital y profesional. Es la imagen, en última instancia, de una seguridad en sí misma que pocos intérpretes pueden permitirse. 

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Sirva este preludio para enmarcar el debut de la soprano rusa con la parte de Aida, ahora que se encamina ya hacia los cuarenta y seis años de edad y con un repertorio cada vez más dramático en sus horizontes, como apunta su próximo debut como Tosca en Nueva York o su anunciada Salome. Esta Aida de Salzburgo suponía, de algún modo, una prueba de fuego para sí misma: Aida, con Muti y en Salzburgo, allí donde Mirella Freni se atrevió también con el papel, en 1979 y entonces con Karajan, Carreras y Horne. La Aida de Netrebko es suntuosa y refinada. El privilegiado instrumento de la rusa se pliega a un retrato servil y hasta humillado del personaje. Sin embargo su Aida nunca parece débil, es más vulnerable que sometida. En términos vocales es cierto que a veces escuchamos más a Netrebko que a Aida, pues la naturaleza del material se impone incluso por encima del personaje. Al margen de un grave a veces un tanto rebuscado, sin duda cabe poner en valor la bellísima factura de algunos sonidos en piano, las bellas medias voces que introduce en sus dos escenas principales y sus grandes dúos con Amneris, Amonasro y Radames. Y al mismo tiempo la sobresaliente capacidad para imponerse en los concertantes, sonando con desahogo por encima de coro y orquesta, siendo sin la menor duda la voz más audible de todo el conjunto. Tal y como revelaba en exclusiva a Platea Magazine, en la entrevista con ella que publicaremos próximamente, Netrebko tiene previsto interpretar también este papel en Rusia y en el Metropolitan de Nueva York, al frente allí de una nueva producción en la temporada 2020/2021. 

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La réplica a Netrebko la daba el tenor italiano Francesco Meli en la parte de Radames. Forjado en manos de Muti como voz verdiana, singularmente en los años en que éste fue titular en la Ópera de Roma, Meli es un Radames ejemplar, alguien que entiende a la perfección la doble faceta lírica y heroica del personaje. Su Celeste Aida es contemplativo y poético, ensoñador y nunca vociferante; quizá decepcione un tanto el final, en una media voz que no es en realidad el morendo prescrito. Es inteligente y hace precisamente la creación que mejor cuadra a sus medios, en una conexión nítida y resuelta con Muti. La voz sonó liberada y amplia en la gran sala de Salzburgo. Meli llega, no obstante, algo cansado al cuarto acto, donde firma frases bellísimas, arriesgando en medias voces donde la voz pareciera estar a punto de quebrarse de tanto en tanto. 

Daniela Barcellona, sustituyendo a Ekaterina Semenchuk, llegó a Salzburgo a primera hora de la tarde, tras un largo viaje en coche y con apenas tiempo para incorporarse a la representación, con todo lo que ello implica: ajustar su vestuario, comentar indicaciones con el director, etc. En estas condiciones, aún tiene más valor si cabe su estupenda prestación como Amneris, temperamental y elegante, sumamente digna en su retrato de la hija del rey de Egipto. El enfoque desde una horma belcantista sienta sumamente bien a un papel que a menudo ha caído en manos de voces gruesas y sonoras pero muy poco refinadas, incapaces de resaltar el conflicto interior que vive Amneris, algo en lo que Barcellona brilló con luz propia. Del resto del reparto cabe destacar el estupendo Amonarso de Luca Salsi, otro intérprete forjado en manos de Muti: buen fraseador, voz sonora e impecable estilo verdiano. Su escena del tercer acto con Netrebko y Muti fue uno de los mejores momentos de la noche.

Desde un Macbeth con puesta en escena de Peter Stein, en 2011, Riccardo Muti no había vuelto a pisar el foso del Festival de Salzburgo. Curiosamente, todo el tiempo que Alexander Pereira -ahora intendente en la Scala de Milán- estuvo al frente de este festival salzburgués. Ha sido la nueva dirección artística encabezada por Markus Hinterhäuser la que ha tenido a bien subsanar esta dilatada ausencia, haciendo del regreso del Muti a Salzburgo una de las  citas más esperadas de la presente edición. Les confieso que fue sumamente emocionante poder escuchar en directo esta partitura en manos de Muti, con lo que significó para mis inicios en la ópera su grabación para EMI de 1974, con Caballé y Domingo.

Lo cierto es que Riccardo Muti firma una versión de referencia, como se esperaba de él, muy por encima de sus prestaciones sinfónicas apenas un día antes. Calculado, firme, con momentos de auténtica belleza -quizá también calculados, pero auténticos- lo cierto es que sujeta la función con una autoridad sobresaliente, imprimiendo confianza y seguridad al conjunto de cantantes. El segundo acto es de manual y la representación va in crescendo, con un tercer acto sumamente teatral y un cuarto acto de refinada belleza. Además de las partes más marcadas y marciales, la Aida de Muti en Salzburgo es poética, sumamente lírica, con gran relato interior y aligerada de un grosor innecesario, sacando un partido extraordinario a las cuerdas y maderas de la Filarmónica de Viena, entregada en cuerpo y alma a una creación sobresaliente. Se han criticado los tiempos lentos y excesivamente dilatados de Muti, algo que no comparto en modo alguno. Su Aida no es blanda ni lenta; es lírica, narrativa y menos sinfónica, más camerística por momentos.

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La nueva producción firmada por la artista iraní Shirin Neshat es meramente decorativa. No hay idea teatral alguna que respalde la acción sobre las tablas, más allá de unas proyecciones con imágenes de refugiados que parecen buscar un nexo entre el libreto original y la realidad contemporánea de tantas zonas en conflicto. Pero la tentativa es tan mínima, casi tímida, que no cuaja en absoluto como propuesta dramática. No hay, en suma, mucho más que una escenografía de paredes blancas y una iluminación bastante minimalista. Y es una lástima, porque Neshat se ha distinguido en su producción artística por una capacidad ciertamente resuelta a la hora de denunciar en imágenes la condición de la mujer en buena parte de las sociedades orientales. Con ese precedente, cabía esperar mucho más de su primera incursión operística.

 

 

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