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BohemeOviedo 

La bohemia no es posible sino en París

Oviedo. 31/01/2016. Teatro Campoamor. Puccini: La bohème. Director Musical: Marzio Conti. Director de escena: Emilio Sagi. Orquesta Oviedo Filarmonía. Cantantes: Giorgio Berrugi, Manel Esteve, Miguel Sola, Erika Grimaldi, Damiano Salerno, Andrea Mastroni, Carmen Romeu

«¡Basta de música! ¡Basta de ruido! ¡Basta de bohemia!». Según la leyenda esas fueron las últimas palabras del escritor parisino Henri Murger, en cuya obra más celebre se inspiraría Puccini para componer su inmortal Bohéme. No resulta difícil imaginar porque Murger, quien pasó toda su corta existencia esquivando penurias y acreedores, acabó desencantado de la vida bohemia. Y es que, cuando uno vive atechado bajo ese idealismo tan propio de la juventud, siempre corre el riesgo de darse de bruces contra la cruda realidad. En torno a esta idea pivota, no sólo el argumento de la ópera que nos ocupa, sino también el por qué de la traslación temporal introducida este pasado domingo por Emilio Sagi, recientemente entrevistado en Platea Magazine, quien optó en su propuesta escénica por situar la acción a finales de los años 60 del pasado siglo; ubicando al joven cenáculo bohemio en ese Paris desencantado tras la inoperancia de las protestas de Mayo del 68.

Sumando así el desengaño político al sentimentalismo propio de la ópera, Sagi logró firmar sobre las tablas del Campoamor una escenografía de indudable calidad. No sólo por su acierto a la hora de encontrar una traslación temporal ocurrente y eficaz, sino también por integrarla cuidándose de mantener la inspiración romántica del título. Algo que, teniendo en cuenta algunas de las “Bohèmes” más actuales, resulta muy de agradecer.

Es igualmente destacable el enfoque que el regista ovetense aporta al personaje de Mimí, acercándola a la intencionalidad original de su equivalente literario (que bien podríamos identificar con Francine en la novela de H. Murger “Scènes de la vie de bohème”) y alejándola de la versión excesivamente almibarada y pánfila que se ha asume en la mayoría de ocasiones. Así pues, a través de su ventana, podemos ver a una Mimí que se maquilla esperando el momento de verse a solas con Rodolfo y que, más adelante, tampoco dudará en apagar de un soplido la vela que los ilumina con el fin de quedarse más tiempo junto a él. 

Se suman a esos detalles otros que también gustaron y que contribuyeron a actualizar la obra. Sirvan de ejemplo el cuerno de caza que compra Schaunard en el segundo acto y que con Sagi se convierte en un saxofón;  las fotos de Mimí y Museta que, colgadas en una pared de la buhardilla, alimentan la nostalgia de Rodolfo y Marcello; o el poster de Ernesto Guevara que, durante los actos primero y cuarto, deja clara la ideología de estos bohemios trasladados al siglo XX. 

Desde el foso, la Oviedo Filarmonía rindió a buen nivel, ofreciéndonos una versión aseada de la compleja música de Puccini. Con una uniformidad y afinación más que razonables en las cuerdas, una sección de viento metal que se mantuvo templada en los ágiles pasajes que abren el segundo acto y una percusión medida en sus intervenciones, poco más puede pedírsele a la agrupación de la capital asturiana. Si cabía esperar, en cambio, algo más de su director, el italiano Marzio Conti, cuya visión de la partitura pecó, desde nuestro punto de vista y sólo en ciertas páginas, de una relajación excesiva en los tempi. Es cierto que en La Bohème debe haber muchos momentos de amor, de dulzura. “Le dolcezze estreme…” le llega a cantar Rodolfo a Mimí. Aun así, los amigos bohemios son jóvenes, enérgicos; y como tal creemos que debe sonar su música ya desde el primer compás de la obra que, sin embargo, se inició con un “Nei cieli bigi…” algo falto de tensión. Si convencieron las dinámicas que Conti propuso a la OFI, especialmente hacia el final de cuarto acto, cuando la sucesión de leitmotivs fue interpretada con gran delicadeza para, poco después, contrastar estupendamente con la densa sonoridad conseguida en el fortissimo final.

Cinco días más tarde, dirigiendo al segundo reparto, Conti abordó la obra con mayor viveza en los tiempos y el mismo juego de dinámicas. Así pues, el italiano firmó nuevamente una Bohème de razonable factura, aunque algo empañada por puntuales desacuerdos rítmicos entre el foso y los cantantes.

En lo referente al reparto, resta decir que La Bohème es una de esas óperas que agradecen, y mucho, la presencia de grandes voces. Así pues, resulta inevitable exhalar algún que otro suspiro cuando, al hojear el histórico de representaciones, uno lee de pasada nombres como Victoria de los Ángeles, Mario del Mónaco, Mirella Freni o Luciano Pavarotti. Lejos de intentar comparaciones imposibles, es justo decir que los repartos propuestos lograron presentar a los personajes con solvencia razonable en lo vocal y holgada en lo escénico.

Giorgio Berrugi se demostró un tenor de bonito timbre en la zona central, con un instrumento razonablemente voluminoso cuando la técnica lo permite. Su desempeño a lo largo de todo el primer acto se vio lastrado por un tercio agudo un tanto comprometido y falto proyección, que restó muchos quilates a su interpretación de partes tan exigentes en tesitura como lo son el aria “Che gelida manina” o el final optativo del precioso dúo “O soave fanciula”. Ciertamente más atinado en los actos 3º y 4º, sorprendió verle resolver sin mayor dificultad y con timbre broncíneo el agudo optativo de la frase “Invan, invan nascondo” o el Si bemol de su diálogo con Marcello al cantar: “Mimí sovra ogni cosa al mondo”, ambos en el tercer acto. Atendiendo a sus intervenciones tras el descanso y a las buenas intenciones que colman su fraseo, estamos seguros de que Berrugi firmará Rodolfos mejores al del pasado domingo durante su estancia en Oviedo.

Por su parte, el lanzaroteño Francisco Corujo –Rodolfo en el segundo reparto- lució una voz agradable y homogénea, aunque con un timbre sin apenas “squillo” y una proyección limitada. Al igual que en el caso de Berrugi, pero en menor medida, su trabajo ganó algunos enteros tras el descanso.

Erika Grimaldi fue por su parte una buena Mimí. Muy medida en lo escénico, se mostró un punto pícara en el primer acto, dulce en el segundo y frágil en los dos últimos. Ya durante el aria “Si, mi chiamano Mimí” sus medios nos parecieron más próximos a los de una soprano lírica spinto que a los de una lírica pura, como corresponde a la parte de Mimí. No obstante, la soprano italiana defendió sobradamente su parte, rezumando gusto y entrega. Un punto inferior en lo vocal se evidenció la Mimí de Vanessa Navarro quien posee un material interesante que aún espera, ansioso, la llegada de una técnica algo más aquilatada.

El contrapunto a la dulzura y la inocencia de Mimí lo aporta siempre el personaje de Musetta, cuya interpretación corrió a cargo de las sopranos Carmen Romeu y Sandra Pastrana. La primera se mostró dueña de un instrumento poderoso y de una credibilidad escénica envidiable, aunque su lectura se vio algo empañada por un fraseo no demasiado gentil y por puntuales destemples durante el consabido vals. La segunda fue una Musetta solvente en líneas generales, de buenas intenciones escénicas, aunque algo falta de delicadeza a la hora de abordar su célebre “Quando me'n vo'”.

En el primer reparto, las filas bohemias se completaron con el correcto Marcello de Damiano Salerno, de voz segura y bien timbrada; el acertado Schaunard de Manel Esteve; y el destacable Andrea Mastroni, un Colline que nos gustó mucho durante su interpretación de “Vecchia zimarra senti”.

En el segundo, Esteve repitió como Schaunard, David Cervera firmó sólido un Colline y Carlos Daza se mostró sobresaliente como un Marcello más que capaz de protagonizar el primer reparto. Sin duda, nos quedamos con ganas de seguir escuchando tras los aplausos a este barítono catalán de precioso timbre, medios sobradamente generosos y gran gusto escénico.

En lo referente a los personajes secundarios, Miguel Sola llevó la voz cantante doblando las partes de Benoît y Alcindoro con sobrada presencia escénica y vocal. Estuvo asimismo acertado el Coro de la Ópera de Oviedo durante las pocas intervenciones escritas para él en esta ópera, destacando por su presencia escénica en el segundo acto y por un logrado empaste entre las voces al comienzo del tercero. Fue destacable la labor del coro infantil de la Escuela Divertimento, cuyos jóvenes integrantes abordaron la obra con un aplomo que nada tuvo que envidiar al de los cantantes más experimentados.

Así pues, y por todo lo anterior, la Ópera de Oviedo ha logrado cerrar con solvencia su temporada, consiguiendo un lleno absoluto en el teatro, programando uno de esos títulos que calan tan fácilmente en el público y logrando desmentir aquella frase que tanto sentenció el propio Murger: «La bohemia no es posible sino en París».

 

 

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