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Martin Frost 

A la caza del contraste

Barcelona. 09/10/2017, 20:00 horas. Auditori de Barcelona, Sala 2 Oriol Martorell. MOZART: Cuarteto de cuerda núm. 17 en Si bemol mayor, K. 458 “La caza” (1784). WIDMANN (Munich, 1973): Cuarteto de cuerda núm. 3, “Jagdquartett”(2003). MOZART: Quinteto con clarinete en La mayor, K. 581(1789). Armida Quartet: • Martin Funda violín • Johanna Staemmler violín • Teresa Schwamm viola • Peter-Philipp Staemmler violonchelo. Martin Fröst clarinete.

Feliz doble jornada de música de cámara con la joven formación de los Armida Quartet y el virtuoso clarinetista sueco Martin Fröst en la Sala 2 Oriol Martorell de L’Auditori. El día anterior, Martin Funda violín y Peter-Philipp Staemmler violonchelo, la parte masculina del conjunto alemán consiguió disolverse de manera sugestiva y catártica con esa magna obra que es el Cuarteto del fin de los tiempos de Messiaen, junto a Fröst y el pianista Henrik Måwe, en una velada de esas que se recuerdan por años. Con esta cita mozartiana y la sorprendente obra de Widman como suculenta pieza en contraste, completó una doble jornada de gran ejecución musical y éxito artístico para la programación del Auditori. 

Denominado cuarteto “La caza” por el juego de voces que preside el primer y más largo movimiento de este cuarteto mozartiano, los Armida Quartet mostraron las virtudes que los han convertido en uno de los conjuntos de cámara jóvenes más atractivos e interesantes de Europa. La voz del primer violín de Martin Funda preside una amalgama de sonido donde la musicalidad y el fraseo prevalecen sobre una mera belleza del sonido. Así lo primero que destaca de la formación fundada en Berlín en 2006 es su riqueza sonora y empaste, con un gran equilibrio de las voces como se pudo ver en los famosos ecos del primer movimiento, donde el tema fluyó con naturalidad y limpieza orgánica. La atención al fraseo y su dosificación se pudo comprobar con el Menuetto y el Adagio, donde el control del volumen y la tersura de las cuerdas nunca desentonó, creando un clima de intimismo y dulce recogimiento impecables. Cuarteto final del grupo de seis de este periodo mozartiano, su espíritu clásico en clara referencia al maestro Haydn, conectó la interpretación de los Armida, con el estilo del compositor que tituló así a una de sus óperas, y a la que el cuarteto debe su nombre. El sonido claro y diáfano del último movimiento, Allegro assai, sirvió de colofón a una lectura pulida y fresca donde el control técnico brilló con expresividad y estilo.

La sorpresa vino para los que vivieron la interpretación del “Jagdquartett” del compositor muniqués Jörg Winmann por primera vez, como el aquí firmante. Estrenada en 2003, tres años antes de la creación de los Armida Quartet como conjunto de cámara, es una obra que en sus poco más de quince minutos de duración exige un nivel técnico-expresivo solo al alcance de una formación madura y consolidada. Si temáticamente la obra era perfecta para el programa, Jörn Widmann es también un reconocido virtuoso clarinetista además de compositor y director, el sobrenombre de “Quarteto de caza” con el que bautizó esta estimulante obra, lo llevó a ser la cara paralela al cuarteto mozartiano antes programado.

Windmann hace un uso integral de los miembros del cuarteto, integral desde ese inicio con los arcos en mano agitados en cinco sonoros golpes en el aire antes de propiciar un exclamativo grito al unísono como inicio de la obra. Desde aquí el uso explicativo de la sonoridad de los instrumentos, se inicia con un desbocado ritmo de alocado scherzo, que temáticamente remiten al motivo del primer movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven pero también a Mozart aludiendo al cuarteto “La caza”. Un leitmotiv que se inicia en frenesí de acordes que suenan burbujeantes y frenéticos, con raspados, glissandi, golpes de arco, golpes de pie, más gritos, en una metáfora alucinante y alucinada de la caza de los dos violines y la viola sobre el violonchelo. La creación de texturas y sonoridades conseguidas con la partitura de Widmann exponen al cuarteto de manera exigente y sin respiro. El uso de los pies, las onomatopeyas vocales, pero sobretodo un perpetuum mobile donde el ritmo parece querer destrozar la música, paradójicamente creándola, lleva al oyente y espectador a una carrera musical extática. Fue una interpretación al límite, porque la obra no lo permite de otro modo, donde los Armida Quartet demostraron técnica y maestría. La imagen de los dos violines y la viola señalando amenazadoramente al chelo son sus arcos, con grito final exhausto de este último, fue la mejor imagen sonora conclusiva de una obra fascinante que provocó los bravi más entusiastas del concierto.

Así las cosas la segunda parte con el monumental quitento para clarinete Kv 581, sirvió de balsámico diferencial con una primera parte donde el contraste fue también el nexo de unión de Mozart y Widmann. Martin Fröst demostró desde su primera intervención porqué es considerado por muchos el mejor clarinetista de la actualidad. Su sonido es siempre redondo, pleno, pulido por una respiración dotada de una base pulmonar privilegiada. La limpieza de la digitación y la creación de un color dulce y mórbido que lo llevan a seducir con cada nota que sale de su clarinete se plasmó con su diálogo con las cuerdas en el famoso Allegro inicial.

Los Armida Quartett respondieron con finura y musicalidad, sirviendo de colchón algodonado para el terso color de Fröst. El idiosincrásico sonido del clarinetista sueco hace recordar al de otros eminentes solistas-instrumentistas, como el reverenciado violinista israelí Itzhak Perlman, con quien comparte esa capacidad natural de dotar de un sonido hedónico y voluptuoso todas las partituras que encarnan. Momento culminante del quinteto y de la interpretación de Frost fue el inefable Larghetto, donde las notas ligadas del clarinete cual voz más humana posible, la melancolía de la cuerdas, la atmósfera conseguida gracias a los volúmenes vaporosos y expresivos, llevaron la interpretación general a un locus amoenus atemporal. La atención al detalle, claridad expositiva y balance de los voces entre cuerdas y voz solista del clarinete reinó en los dos últimos movimientos con una felicidad acústica que atravesó la sala número 2 con deslumbrante empatía para el espectador. 

Ovación final y estruendosos vítores, por la gran afluencia de público joven y músicos del ESMUC, para una jornada donde la música mozartiana y la audacia creativa de Windmann triunfaron y emocionaron.

 

 

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