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Una fiesta

Bilbao. 4/12/2017. Sociedad Filarmónica de Bilbao. Claudio Monteverdi: L’incoronazione di Poppea. Verónica Cangemi (soprano), Francisco Fernández Ruedo (tenor), Emilie Rose Bry (soprano), Luigi de Donato (bajo), Maite Beaumont (mezzosoprano), Filipp Minaccia (contratenor), Sabina Puértolas (soprano) y otros. Ensemble Matheus. Dirección musical: Jean-Christophe Spinosi.

Los que nos alimentamos de la ABAO para saciar nuestras ansias operísticas bien sabemos que el menú es siempre monocolor: italiano y del siglo XIX. No quita que de vez en cuando nos sorprendan con un tentempié inesperado pero la base del menú es –y seguirá siendo, por lo que sabemos- italiano y del siglo XIX. Así, los omnívoros estamos condenados al sufrimiento perpetuo porque ni el barroco ni la ópera del siglo XX, ni la ópera rusa ni la ópera de cualquier otro lugar tienen cabida en los planes de la institución.

Tampoco nadie dudará a estas alturas que Claudio Monteverde es un compositor de escucha obligatoria para cualquier operófilo que exista pues no en vano este compositor es –en la práctica- el padre de la criatura, el constructor de este hermoso arte. Y los que amamos la ópera en cualquier de sus formas, estéticas y cronologías estamos obligados a acudir a las raíces siquiera de vez en cuando.

Por suerte para nosotros en pleno centro de Bilbao, casi como metida con calzador y entre muchas conchas huecas existe una perla musical que se hace llamar Sociedad Filarmónica de Bilbao donde se programa sobre todo música de cámara dado el pequeño formato del recinto y su carácter privado. Pero aprovechando la excusa del 450º aniversario del nacimiento de Claudio Monteverdi esta sociedad a tenido a bien programar, aprovechando una gira que antes de esta plaza le permitió estar en el Gran Teatre del Liceu, L’ncoronazione di Poppea. Y así se da la paradoja de que mientras la ABAO no ha ofrecido Monteverdi alguno en casi siete décadas de existencia el Teatro Arriaga (L’Orfeo) y la mencionada Sociedad han venido a suplir la falta de imaginación o valentía de la Asociación.

Los mimbres nos hacían prever una velada hermosa como luego así resulto. Más aun, constatamos que hoy por hoy existen muchas agrupaciones estables especializadas en música barroca que han colocado el listón interpretativo a altísimo nivel hasta el punto de ser –casi- sinónimos “conjunto estable” con calidad y excelencia. Así, a bote pronto recuerdo en los últimos meses el Giulio Cesare in Egitto en el Kursaal donostiarra (Academia Bizantina y Octavio Dantone) o L’Orfeo del mismo Monteverdi en el Baluarte pamplonica (Capella Mediterranea y García Alarcón) y ahora podemos recordar que próximamente el eximio William Christie nos visitará de nuevo en el Baluarte con la versión concertística del Ariodante handeleniano.

Precisamente todas estas óperas tienen en común la brillantez de los grupos así como la necesidad de ser ofrecidas en versión de concierto, sin apoyo escénico, lo que siempre supone una hipoteca a la hora de valorar lo ofrecido. Ello no obsta para que todos los ayer presentes en la Sociedad Filarmónica fuéramos conscientes de haber vivido una noche plena de calidad vocal e instrumental.

La obra fue protagonizada por el Ensemble Matheus y su director, Jean-Christophe Spinosi que con gesto austero encauzó el sonido de un conjunto tan experto como sólido. Veintidós músicos disciplinados al servicio de la música y transmitiendo ganas de disfrutar, lo que el oyente percibe prácticamente desde el primer momento. Para un servidor, poco avezado en este mundo de la ópera prebarroca, subrayar la enorme calidad de la cuerda, con especial mención a la grave más la participación de tiorba y guitarra así como apreciar y disfrutar la delicada musicalidad del salterio. Quisiera destacar los momentos percutidos de la orquesta al buscar Spinosi el énfasis dramático exigiendo a violoncelo, contrabajo y clave u órgano sonidos en forte que ayudan a desentrañar el desarrollo dramático de la acción. Tales momentos enfáticos suenan a pura modernidad, a verídica teatralidad; en definitiva, a ópera y simplemente a ópera.

Entre las voces y partiendo de la premisa de la alta calidad aplaudir efusivamente la de tres cantantes que rozaron el milagro: la mezzosoprano navarra Maite Beaumont, excelsa y delicada Ottavia y que en su Adios a Roma marcó quizás el punto culminante de la noche al exhibir un fraseo elegante, una voz densa y oscura llena de dignidad y una adecuación estilística sin mácula. Sencillamente soberbia.

Al mismo nivel estuvo el italiano Luigi de Donato, un bajo sin tacha, de fraseo que no acusaba en el color proyectado ni el acudir a la zona más aguda ni la visita al grave opcional, dado casi como demostración y alarde. La escena de la muerte de Séneca, teatralizada en su justa medida marcó –cronológicamente- el primer hito musical de la noche. Un nombre a apuntar y a seguir en lo que parece ser, si atendemos al programa de mano, su especialidad: la música barroca. Una maravilla de voz grave.

La soprano aragonesa Sabina Puértolas, Poppea, también rindió a gran nivel enseñando una voz firme y segura, con la coloratura adecuada y construyendo personaje en todas y cada una de sus notas. 

El resto, sin llegar a la máxima excelencia, mantuvo firme el rumbo de la nave y conviene señalar el hermoso personaje creado por el tenor polaco Krystian Adam (Arnalta) porque a través de su voz y una mínima gesticulación pudo construir el que es, quizás, el único personaje de carne y hueso de la obra, lleno de contradicciones de pequeñas miserias que lo hacen creíble. Adam tuvo el valor de hacerlo creíble en todo momento. 

Así mismo la soprano francesa Emilie Rose Bry fue un Amor con desparpajo y carisma teatral vendiendo en sus actitudes y voz juventud y espontaneidad. Verónica Cangemi (Drusilla) fue efectiva aunque no brilló tanto como sus compañeros mientras que al contratenor italiano Filippo Mineccia (Ottone) solo le faltó volumen para dar más corporeidad a su personaje que, por momentos, quedo algo falto de dignidad vocal, aunque sea innegable su estilo.

Nada que reprochar el Mercurio de Cyril Auvity ni al tenor sevillano Francisco Fernández Rueda en sus cinco personajes (prácticamente todos ellos hubieron de cantar más de uno, lo que dificulta el seguimiento de la trama al que no conoce bien la ópera) aunque sí cabe señalar que este último desentono en los escasos momentos de conjunto por no ser capaz de empastar con sus compañeros, destacando en demasía y rompiendo el necesario equilibrio bien en la escena de los familiares de Séneca o en la final de los cónsules.

El único lunar de la velada resultó ser el Nerone del contratenor canadiense-coreano David DQ Lee, estridente y de canto extrovertido en exceso que resultó improcedente y de escasa unidad con respecto a sus compañeros. La zona central tiene fácil defensa pero los accesos a la franja aguda eran sonidos destemplados donde la emisión descontrolada suplía al canto intencionado.

El recinto, lleno en un 70% aproximadamente aplaudió con frenesí y braveo a los principales protagonistas, reconociendo que el mérito mayor reside en un conjunto instrumental y un director que, disfrutando de su trabajo, nos permiten escuchar obras que, de lo contrario, serian casi desconocidas en este Bilbao tan operístico.

Foto: Monika Rittershaus.

 

 

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