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Macbeth WienerStaatsoper Michael Pohn

 

La brillantez de lo cotidiano

Viena. 02/03/2018. Wiener Staatsoper. Verdi: Macbeth. Tatiana Serjan (Lady Macbeth), Zeljko Lucic (Macbeth), Jongmin Park (Banquo), Murat Karahan (Macduff) Dir. escena: Chritian Rath. Dir. Musical: Giampaolo Bisanti.

Hablar de Macbeth es hacerlo de tragedia, de ambición ciega, de traición... Lady Macbeth ansía el poder sin importar la forma de obtenerlo y por ello -mal que nos pese- encarna con preocupante acierto la naturaleza de la condición humana. Muchos años después de que Shakespeare escribiera sobre las fatigas de este rey de los escoceses, sus páginas saben mantenerse vigentes. Y es que, los asesinatos pueden haber pasado al plano metafórico, pero los cadáveres políticos continúan siendo literales.

En esencia, podemos afirmar que las intenciones de Macbeth no se limitan a dramatizar sobre unos hechos, ni tampoco a exponer un momento histórico concreto pues, unida a la música de Verdi, la obra logra exponer de forma magistral una de las características inherentes al ser humano: su lucha por acaparar el poder. Entendemos que sobre todo lo anterior -y sobre algunas cosas más- habrá reflexionado Christian Räth al momento de confeccionar su propuesta escénica para estas funciones del Macbeth verdiano programadas en la Ópera de Viena. Como es costumbre en nuestros días, la visión de Räth se ve fuertemente influenciada por la atemporalidad reinante en el panorama operístico actual. Olvidémonos pues de decorados explícitos o con una ambientación temporal concreta. En su lugar, encontramos unos grandes bloques monolíticos que, pintados de un monótono gris, se irán moviendo a medida que avanza la representación, dando cabida a la cueva de las brujas, la sala del trono, o las dependencias del propio Macbeth. Dichos movimientos se llevaron a cabo con agilidad, y los espacios generados con ellos resultaron funcionales y suficientes. No obstante, su acabado exterior recordando al hormigón de algún bunker militar, unido a los tonos discretos predominantes en el vestuario, terminaron por firmar una producción un tanto apagada, marcial y excesivamente impersonal. En este punto contribuyeron, sin duda, las grandes aportaciones escénicas del elenco, que supo resolver con gran factura los momentos más puramente teatrales de la obra.

Tanto por su presencia escénica como por el desafío vocal al que debió enfrentarse, Tatiana Serjan fue una de las grandes protagonistas de la noche. La soprano rusa ya había cantado la parte de Lady Macbeth con anterioridad en este mismo teatro algo que, con todo no hace más pequeñas las dificultades vocales de dicho personaje, un reto para cualquier cantante con independencia de las veces que se haya enfrentado a él. Con todo Serjan fue, sin duda, una Lady Macbeth más que solvente, caracterizada por un timbre rotundo y casi lacerante que, tras una retenida lectura de “Nel dì della vittoria…” pudimos escuchar en “Vieni!  t’afretta!” y “Or tutti sorgete, ministre infernali” donde Serjan logró encaramarse, no sin dificultad, a los múltiples agudos que va disponiendo la partitura. Muy medida en lo escénico, su interpretación fue sobresaliente durante todo el segundo acto, donde la soprano rusa logró sellar una Lady cargada de aplomo e intención, más que capaz de emplear a Macbeth para satisfacer todas sus ambiciones.

Por su parte, el papel protagónico masculino recayó en Zeljko Lucic, quién legó una interpretación francamente redonda de su personaje. Pese a sus brillantes intervenciones escénicas durante el brindis del segundo acto y sus delirantes apariciones del tercero, lo mejor de la presencia de Lucic estuvo relacionado con su desempeño vocal. En este contexto, pudimos disfrutar de un Macbeth sólido y de voz plena, perfectamente audible desde el patio de butacas de un teatro que, como el de Viena, no es pequeño ni su foso se encuentra totalmente recogido bajo el escenario. Ya en su dúo con Banco “Due vaticini compiuti or sono…” augurábamos estar ante un gran Macbeth. Profecía que finalmente resultó cierta y se reafirmó durante la conocida aria “Pietà, rispetto, amore”, que puso el broche final a la interpretación del barítono serbio.

Jonmin Park, por su parte, estuvo más que acertado abordando la parte de Banquo, a la que hizo frente desde unos medios privilegiados y una envidiable capacidad actoral. Por último, Murat Karahan sorprendió en su papel de Macduff, derrochando en él grandes dosis de energía que parecieron encauzarse para permitirle ofrecer una voz de gran proyección y timbre broncíneo. Gran cuarto acto, sin duda, el firmado por el tenor turco, a quien nos quedamos con ganas de escuchar en un papel de mayor relevancia. 

La dirección de Giampaolo Bisanti a la batuta de la Orquesta de la Ópera de Viena puede calificarse de efectiva y apasionada. Su capacidad para mantener la tensión de la obra fue innegable, logrando así arrastrar al publico con cada nota de la partitura, y no sólo en los momentos más conocidos. Pese a mostrarse un tanto pasado de decibelios durante alguna de las intervenciones del coro (casi inaudible durante la apertura del primer acto), los aciertos de Bisanti como director fueron evidentes, optando por unos tempi dados a la recreación y un tratamiento de las dinámicas que le llevó en múltiples ocasiones a desplegar sin complejos toda la sonoridad de la orquesta a la que dirigía, logrando momentos de gran dramatismo que se sumaban así a los ofrecidos desde el escenario. Por su parte, la orquesta respondió bien a las órdenes del italiano, luciendo unas cuerdas compactas al tiempo que la sección de viento metal hacia gala de unos sonidos de precisión ciertamente quirúrgica.

Por último cabe mencionar la gran labor del Coro de la Ópera de Viena, que sin duda rindió al nivel que se esperaba, tanto desde el punto de vista escénico como, muy especialmente, desde la perspectiva vocal, marcada por una entrega perfectamente empastada. Así, y por todo lo anterior, cuando uno abandona el teatro lo hace con la sensación de haber asistido a una representación excelente que, de haberse desarrollado en otra ciudad distinta a Viena, bien podría haber constituido la piedra angular de cualquier temporada de ópera de medio tamaño a nivel nacional. Así las cosas, estas representaciones han pasado por el Wiener Staatsoper sin mayor repercusión y es que en Viena -en términos operísticos- sólo cabe hablar de una cosa: la brillantez de lo cotidinao.

 

 

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