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Gloriana Antonacci TeatroReal vertical

 

Anna Caterina, Regina 

Madrid. 12/04/2018. Teatro Real. Britten: Gloriana. Anna Caterina Antonacci, Leonardo Capalbo Dir. de escena: David McVicar. Dir. musical: Ivor Bolton.

Joan Matabosch siempre ha cuidado mucho sus propuestas en torno a Benjamin Britten, sin duda uno de sus autores de cabecera. Ya lo había demostrado en el Liceu con Death in Venice, en una memorable producción de Willy Decker que vimos después en el Teatro Real, en 2014. Lo volvió a confirmar con el recientemente premiado Billy Budd, firmado en 2017 por Deborah Warner, con quien se prepara ya una nueva producción de Peter Grimes. Y en fin esta Gloriana estrenada ayer ratifica sin duda ese buen entendimiento entre el actual director artístico del Teatro Real y la obra del compositor inglés.

Ciertamente los avatares biográficos de Isabel I de Inglaterra habían sido ya un fecundo material para la ópera mucho antes de que Britten se fijase en ello al hilo del encargo que recibió con ocasión de la coronación de Isabel II, en 1953. De hecho, una obra de Donizetti tan asentada en el repertorio hoy en día como Roberto Devereux tiene por pretexto uno de los grandes episodios de la tormentosa vida de Isabel I, lo mismo que otro título menos frecuentado de Rossini, a la sazón titulado Elisabettaregina d'Inghilterra. De alguna manera Gloriana es el Don Carlo de Britten e Isabel I su Felipe II; tal es el descarnado retrato del poder y su vivencia íntima que se nos presenta. A pesar del interés que hoy nos pueda despertar esta obra, lo cierto es que el retrato sin paliativos de la monarca británica que Britten presentó con osadía no contentó a la alta sociedad británica de mediados del siglo XX, que esperaba una loa grandilocuente y fácil, donde finalmente hayó un retrato mordaz y ácido de una figura tan histórica como controvertida. 

Al margen de la carga de profundidad que alberga el libreto, lo que hoy fascina en grado sumo es la música de Britten, con una partitura inspiradísima, inteligente y perspicaz, capaz de recoger ecos de Purcell y al mismo tiempo coquetar con influjos del cabaret o el jazz, de un modo tan genial que por momentos resulta imperceptible. A este respecto, no hay duda de que Ivor Bolton comprende la música de Britten de forma extraordinaria y la comunica con visible elocuencia. Intachable su labor desde el foso, con su habitual implicación, viviendo el texto palabra por palabra, sin decaer un ápice su entrega, logrando un sonido compacto y atractivo de la Sinfónica de Madrid, sin duda en su mejor trabajo de la temporada.

Se estrenaba en el Teatro Real una nueva producción firmada por David McVicar, que se sostiene sobre todo en el atinado trabajo de su equipo. Tanto la escenografía de Robert Jones como el vestuario de Brigitte Reiffenstuel, sin dejar atrás la iluminación de Adam Silverman, contribuyen a un espectáculo francamente elegante y vistoso, que alterna con resolución entre las escenas más íntimas y los cuadros más abiertos, resolviendo con sultura páginas tan comprometidas como la mascarada. En un plano dramático el trabajo de McVicar es, en última instancia, bastante epidérmico, pero también por ello muy respetuoso con una obra que no necesita dobles lecturas y que se agradece poder disfrutar en unas condiciones tan honestas y creíbles.

Sin duda el mayor triunfo de la noche lo cosechó Anna Caterina Antonacci en su debut con el rol titular. La intérprete italiana  siempre ha sido una actriz extraordinaria. Y aún hoy, con un instrumento ya mermado, ciertamente falto de empaque y presencia, consigue transmitir lo máximo a partir de un manejo sobresaliente del texto, con inteligentes inflexiones y acentos. El respaldo de su actuación escénica es sobresaliente, con una talla regia por momentos escalofriante, pintando en su conjunto un retrato memorable. Su caracterización como Isabel I es ciertamente algo que merece verse en teatro.

Al lado de Antonacci, sumamente convincente el Devereux de Leonardo Capalbo, gallardo en su actuación, vocalmente esmerado y buen ejemplo de un reparto ciertamente consistente, en el que parece que se ha cuidado al detalle la elección de todos los secundarios y comprimarios. Permítanme destacar, por méritos propios, al cuarteto compuesto por Paula Murrihy (Frances), Duncan Rock (Mountjoy), Sophie Bevan (Penelope) y Leigh Melrose (Sir Robert Cecil) así como la brillante actuación de Sam Furness como espíritu de la mascarada.

 

 

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