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 ManonLescautABAO

Una representación con tres pilares

Bilbao. 20/02/2016. Palacio Euskalduna. Puccini. Manon Lescaut. Ainhoa Arteta (Manon), Gregory Kunde (Des Grieux), Manuel Lanza (Lescaut), Stefano Palatchi (Geronte), Marifé Nogales (un músico), Manuel de Diego (Edmondo). Coro de Ópera de Bilbao. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Dirección de escena: Stephen Medcalf. Dirección Musical: Pedro Halffter

Metiéndose ya de lleno en la segunda parte de su italianísima temporada, ABAO (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera) estrenaba, el pasado sábado, día 20, Manon Lescaut de Giacomo Puccini. Era éste uno de los títulos más atrayentes de los propuestos por ABAO, no tanto por el título, aunque también, sino, sobre todo, por la elección de un atractivo reparto y por la dirección musical de un consumado conocedor de este repertorio. Y fue todo un acierto.

Manon Lescaut fue el primer éxito de Puccini en su carrera operística. Como muy bien explica el profesor Nicholas Baragwanath en su artículo introductorio en el programa general de la temporada, Italia, a los pocos años de su unificación y con Verdi ya en la recta final de su trayectoria, necesitaba un nexo de unión, un símbolo nacional de una de sus banderas culturales más importantes: la ópera. Cuando se estrenó en febrero de 1893 la tercera obra de Puccini, el público y la crítica la recibieron como la gran continuadora de la magna tradición operística nacional. Y es que Puccini, muy inteligentemente, asume el pasado pero también es permeable a otras influencias de su tiempo, como las de la wagneriana Alemania. Eso sí, siempre tamizadas, presentadas sin distorsionar esa tradición de la que hablamos pero modernizándola y creando a la vez, sin ninguna duda, un estilo muy personal y perfectamente reconocible a lo largo de su trayectoria. Manon no es la mejor de sus óperas, pero sí que marca el comienzo, el camino que seguirá Puccini. Quizá uno de los problemas que nos encontramos para que no convenza plenamente es la poca fuerza, sobre todo libretística y de resolución dramática, que tienen sus dos primeros actos. Después (incluso ya desde el final del segundo) en los actos tercero y cuarto, vemos ya el Puccini que arrebata, en el que las pasiones se desbordan y la música y el texto se apoderan de nosotros. Esto se reflejó en la representación que comentamos. Aunque la corrección dominó la primera parte de la obra, no fue hasta los dos actos finales cuando realmente subió la temperatura ambiental y escénica a las cotas que convierten a lo visto y oído en sobresaliente.

Una vez más hay que descubrirse ante esa gran cantante, ante esa gran actriz, que es Ainhoa Arteta que, junto a Kunde y Halffter, fue uno de los tres pilares que destacaron en esta representación. Arteta asume perfectamente el papel de Manon haciéndolo suyo en todas sus facetas: joven coqueta y frívola, mujer enamorada y, por fin, ese ser humano que se enfrenta con miedo, pero también con mucho amor, a la muerte. Vocalmente estuvo espléndida. Muy conocedora del traicionero espacio del Euskalduna (aumentadas sus inconveniencias con una propuesta escénica nada favorable para los cantantes) siempre proyectó su amplia y potente voz con maestría. Podríamos señalar una vez más las características que atesora (esa voz carnosa, plena, su fácil agudo, su estupendo legato) y que hemos podido disfrutar estos últimos años en papeles como su Tatiana del Oneguin o su Adriana Lecouvreur, pero uno de los momentos más memorables de la representación, junto a la magistral escena final, y apoyándose en sonido orquestal maravilloso, fue la elegancia y la sutileza con la que recogió la voz en el final de esa joya que es In quelle trine morbide . Una cantante que cada vez hace más disfrutar a su público.

Se ha hablado ya del arrojo y la entrega de Gregory Kunde en esta etapa en la que está incorporando rápidamente nuevos roles a su larga y fructífera carrera. Si el año pasado debutaba en este mismo escenario como Turiddu y Canio, el pasado sábado cantaba por primera vez el Renato des Grieux de Manon Lescaut. No fue su primer acto nada brillante, con algún problema puntual en el agudo. (Por otra parte no fue brillante para casi ninguno de los cantantes, lastrados por una producción nada preparada para el espacio del Euskalduna, como ya se señalaba). Poco a poco se le notó más seguro y ya en el segundo acto, en su dúo con la soprano, empezaron a saltar chispas y a oírse esa voz que tanto admiramos. Pero fue en el tercer y cuarto acto donde Kunde demostró, una vez más, que es un cantante excepcional por la frescura de un instrumento que corre con una facilidad pasmosa en la parte más alta de la tesitura. Especialmente emocionante fue su Ah! non v’avvicinate! donde mantuvo la tensión vocal de una escena tan difícil sin aparente esfuerzo. Fue en el cuarto acto, el más conmovedor y genuinamente pucciniano de toda la ópera, donde los dos protagonistas dieron lo mejor de sí, creando con su canto y sus gestos la emoción que el libreto y la partitura reclaman.

Ni para el barítono ni para el bajo escribió Puccini momentos especialmente brillantes ni arias que permitan el lucimiento de una voz. Sí que tienen su trascendencia en la historia y, sobre todo, Lescaut, es un nexo de unión entre todo el drama y que explica un poco su desarrollo. Todo esto no quita para que en los momentos que le reserva la partitura Manuel Lanza luciera una voz bien modulada, con un color y timbre muy agradables, plenamente baritonales, luciéndose especialmente en su intervención en el segundo acto. Menos brillante pero correcto fue el Geronte de Stefano Palatchi. Muy bien Marifé Nogales en su intervención como músico. Pudimos apreciar mejor la buena actuación de Manuel de Diego, como el joven Edmondo, en los momentos en los que la orquesta casi no sonaba. En el resto, debido sobre todo (dicho una vez más) a la producción, pasó desapercibido. Correctos sin más el resto de comprimarios. Tampoco el Coro de Ópera de Bilbao se pudo lucir mucho en el totum revolutum del primer acto pero se pudo apreciar su buen empaste en el coro de los estudiantes y en los madrigales del segundo acto.

Debutaba en las temporadas de la ABAO el excelente director musical Pedro Halffter. Quien haya seguido su trayectoria en el foso del Teatro de la Maestranza de Sevilla podrá acreditar la gran calidad que atesora, sobre todo en el repertorio pucciniano, wagneriano y del s. XX y XXI. Gracias a su empeño se han podido ver en el escenario hispalense obras desconocidas o muy poco representadas en España y de gran nivel que han atraído a melómanos de todo el país y abierto el teatro a un público más heterogéneo. Su versión de Manon Lescaut fue de una gran exquisitez, con una constante preocupación por las texturas, por los distintos planos de la rica y compleja partitura pucciniana. El primer aplauso que brindó con calor el público del pasado sábado fue al final de una bellísima interpretación del Intermezzo que Puccini escribió entre el segundo y tercer acto. Fue un ejemplo de lo que fue toda su dirección: elegancia, brillantez, sentimiento. Le respondió a la perfección una estupenda Orquesta Sinfónica de Euskadi, muy destacada sobre todo en las cuerdas y las maderas, en una intervención que se puede calificar de excelente. No fue debido al volumen orquestal, siempre matizado aunque no lo pareciera, por lo que en el primer acto no se oyeran los cantantes con la necesaria claridad. La producción, procedente del Teatro Regio de Parma, está pensada para un escenario muy diferente al del Euskalduna. Está abierta por todas partes, se basa en un gran círculo que enmarca en casi todo momento el movimiento escénico, colocado demasiado atrás para un teatro como el bilbaíno. Eso provocó que los cantantes, excepto en contadas ocasiones, estuvieran demasiado lejos de la boca del escenario con la consecuente pérdida de clara audición.

Fue adecuada y muy trabajada la dirección teatral de Stephen Medcalf al que se ve preocupado por crear el entramado dramático que la obra exige aunque todo resulte, al final un poco fallido, sólo salvado por un cuarto acto donde la casi ausencia de escenografía y una iluminación (que firmaba Simon Corder) da pleno dramatismo a la soledad del desierto. Y es que en todo el resto de los actos la escenografía de Jamie Vartan (que también firmaba el vestuario de época, éste sí, más acertado) es esquemática, poco atractiva y extremadamente fría y gris.

 

 

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