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LangLang 

Las sombras de la luz

Barcelona. 24/2/16. Auditori. Obras de Chaikovski, Bach y Chopin. Lang Lang, piano. 

Lo reconozco desde el principio: en el martilleo constante de los últimos días uno se ve obligado a leer cosas como “el Messi del piano” para llegar perfectamente mal predispuesto a un concierto. No quiero adoptar el tono de la confesión pero asistir a un concierto de este pianista nunca estuvo entre mis prioridades, y la ocasión confirmó algunas ideas previas que quise dejar fuera del auditorio pero también supuso alguna sorpresa positiva. Es evidente que la confección del programa difícilmente nacía de la reflexión y sólo tenía un centro, un sentido y una dirección: el propio Lang Lang, que ofreció un Chaikovski (Las estaciones) irregular, un Bach (Concierto italiano) totalmente desdibujado y un Chopin (Scherzos 1-4) con algunos momentos brillantes. Este pianista es excepcional en algunos aspectos, pero como intérprete no es una excepción de nuestra época, sino un síntoma. Ya se ha dicho hasta la saciedad que es un icono y su sintonía con la gente es indiscutible: llenó el Auditori con un público muy variopinto (en algunos casos hasta pintoresco) que no suele acudir ni a esta sala ni a otro concierto con un programa semejante. 

Arrollador desde su entrada puntualmente ovacionada por un público hipnotizado (en el peor sentido que pueda tener esta palabra) abordó sin pausa los primeros compases de Las estaciones como lo hizo después con Bach y Chopin. Para la frescura melancólica de la primera de las doce piezas que componen la obra (los doce meses de 1876 a lo largo de los cuales se publicaron), “Enero”, dedicó un sonido algo tosco y con articulaciones poco lógicas. Ciertos estallidos gratuitos de sonido tanto en “Febrero” como en “Agosto” los rebajaron a la vulgaridad, pero en ciertos pasajes como en “Marzo” mostró un lirismo interesante. A la popular Barcarola de “Junio” le proporcionó una excelente fluidez, con un carácter meditativo acorde al poema de Pleshcheyev que acompañaba la edición (“... con tristeza misteriosa las estrellas brillan sobre nosotros...”) aunque en el violento clímax cayó en lo aparatoso y en “Julio” sacó el martillo a pasear. En La cosecha “Agosto” se resarció con un equilibrio magnífico y en la Troika de “Noviembre” plasmó con inteligencia y agilidad las tensiones melódicas, pero un “Diciembre” irritante, falto de claridad y con un tempo inexplicable, nos devolvió a la incomodidad.  

El final de la primera parte terminó con una sorpresa poco agradable: el Concierto italiano de Bach. Con una ausencia absoluta del juego de dinámicas en el primer movimiento, y una fractura por desequilibrio de la estructura contrapuntística en el segundo (sin un contraste estable entre la luminosidad melódica de la mano derecha y las reiteraciones de la izquierda) y tercer movimientos, ofreció una versión para olvidar, poco madurada. Digamos que Lang Lang no puso de manifiesto las complejidades y sutilidades de la partitura sino que las “domesticó” para que fueran aptas para el consumo del auditorio. En definitiva, el pianista disolvió el cuidadoso trazado de las líneas del Concierto con especial gravedad en el Presto. Como es lógico, no existe una única manera de interpretar esta partitura, pero con una interpretación desconcertante e incoherente, repleta de respiraciones incomprensibles, ofreció un claro ejemplo de cómo no se debe hacer. Convirtió este concierto bachiano en un refresco para “descansar” de Chaikovski y prepararse para los cuatro scherzos chopinianos de la segunda parte. 

Con más luces que sombras, fue entonces cuando pude escuchar la potencialidad de los principales rasgos del pianista. Comenzó abordando un primer Scherzo de factura impecable, tocando con precisión inalcanzable a una velocidad endiablada, pero también haciendo crepitar la individualidad de cada nota sobre el ostinato melancólico que Chopin escribe para la mano derecha. Lang Lang es un pianista de exactitud algo robótica pero no tan extraordinario como lo que sí lo rodea, de lo cual él es sólo en parte responsable. Sin embargo, de todo ese vendaval de cegadoras luces y cámaras a veces se logra alejar. Y lo consiguió también en la sección central del Scherzo núm. 2. Las filigranas del tercer Scherzo asombraron mucho, pero se empañaron con algunas incoherencias entre la sonoridad y el fraseo, y a través de una articulación extraña. En el último de los scherzos logró una elocuencia convincente, administrando una escrupulosidad sonora que le dio gran resultado. La ovación en pie del auditorio abarrotado le hizo volver con un par de propinas, que finalizó volviendo sobre Chopin con el célebre Grande valse brillante

En términos generales, el recital tuvo más de espectáculo con espíritu de competición que de lectura. No dudo de que Lang Lang es un pianista de talento y habilidad, pero resulta difícil descubrir una (posible, no digo unívoca) identidad de compositor y pianista en la interpretación. Fuera y dentro de la sala, el pianista profiere lemas y tópicos aprendidos y muchas veces nos encontramos con la repetición de patrones interpretativos; es decir, con el trasplante fragmentario del sonido de otros que termina por desarbolar las obras, oscurecidas por una verborrea incontenible y explícita. Es cierto que en ocasiones su comportamiento general en el escenario socava la intencionalidad musical. Sin embargo, aunque se ha intentado señalar, no es excéntrico porque lo excéntrico está absolutamente desprovisto de cálculo y totalmente provisto de personalidad. Y demasiadas cosas están calculadas en el discurso de Lang Lang, que hasta ahora no ha seguido en su carrera la trayectoria oscura de la semilla que se convierte en planta. Lo arbitrario es lo que le hace caer en incoherencias interpretativas dentro de la misma obra y la precisión y potencia no suele brotar de la misma música. La pregunta que queda flotando es qué queda de todo esto en el espacio interior –el único verdadero– del oyente, después de la tormenta. Muchos lo podrán responder –o no– porque ya ha vendido entradas a miles en las próximas citas para Bilbao, Madrid, Valencia y Oviedo, antes de agotar las entradas en su segundo concierto en Barcelona, con la OBC.

 

 

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