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Oficio

Barcelona. 19/5/18. Palau de la Música Catalana. Ciclo Simfónics al Palau. Williams: Lincoln. Beethoven: Concierto para piano núm. 5 en mi bemol mayor, op. 73. Paul Lewis, piano. Sinfonía núm. 3 en mi bemol mayor, op. 55. Orquestra Simfònica del Vallès. Dirección: Víctor Pablo Pérez.

Cuando uno coloca un buen director frente a una orquesta implicada y disciplinada, que le respeta, el resultado –por muchos retos que se presenten– sólo puede ser satisfactorio. Eso es lo que sucedió en la última cita de la Orquesta Sinfónica del Vallès bajo la dirección de Víctor Pablo Pérez, antes de cerrar su temporada en el Palau el próximo 9 de junio, junto a su director titular James Ross. Y no es la primera vez; sin ir más lejos, esta temporada la visita del mismo director nada menos que con una Segunda de Mahler dejó muy buenas sensaciones. Desde la batuta, asistimos casi a una lección. El experimentado burgalés es un director de gesto sobrio y concepto elaborado, lo cual no significa falta de vehemencia; bien al contrario, cuando esta aparece es efectiva porque su mesura gestual se traduce en una espléndida dosificación de las tensiones, el sonido, las atmósferas y el estado anímico. Ese dominio de lo acústico y lo estético le permite desplegar con extrema paciencia, infrecuente en la actualidad, todas las frases.

Tras una lectura correcta de la simple y cándida partitura de John Williams en Lincoln (2012), la batuta se puso al servicio del lirismo contenido de Paul Lewis para el Concierto núm. 5, con un nutrido dispositivo orquestal. En su cuidado de orfebre por los detalles y su pulcritud, el pianista británico se mostró un digno discípulo de Brendel, más escrupuloso que visceral pero transmitiendo una madurada visión estructural del concierto desde el virtuosístico primer movimiento. En este destacó una asombrosa precisión y limpieza, para dar paso a un adagio un poco mosso fluido y de fraseo flexible y un Rondo final brillante. Dejando al margen los tortuosos avatares en las ediciones de los conciertos para piano, Lewis presentó una interpretación rotunda y de gran rigor estilístico, cifrado en la libertad del piano y la fraternidad de su imbricación orquestal, tratada con gran delicadeza desde la tarima. Lo heroico beethoveniano se traduce en un sentido muy particular de ese espíritu, una tensión que nunca termina de resolver, una verdadera dialéctica sin reconciliación donde lo heroico no significa deshacer las contradicciones. El concierto recoge ese espíritu contrastante que ya emana de la sonata clásica y se extiende hacia una nueva concepción orquestal.

A esta se aplicó la orquesta en la segunda parte, sin abandonar período ni tonalidad con la Tercera. Un salto a la soledad de Bonn, donde ya late la etiqueta de un heroísmo que trasciende lo sublime, aquello que la facultad de la imaginación no puede contener en una imagen y que se corresponde con ese vivir peligroso que encarna la narración sobre el compositor proyectando un ideal al que se pretende estar a la altura: lo imposible, que derivará en la locura. Nada de esta sedimentación pseudo-filosófica ni literaria que imagina Beethoven sordo, despeinado y lanzando su estofado –alimentada (a su pesar) desde una determinada recepción de la literatura de E.T.A. Hoffmann hasta la más pueril melomanía contemporánea– obstruye la visión sólida que el director tiene de la rigurosa construcción que sostiene esta Tercera, fruto de una inteligencia sinfónica única en la historia. Sin ella se deshilacharía, y eso no ocurrió en ningún momento gracias a una concepción profunda de la obra sin artificios, y una buena respuesta de la orquesta. Bajo la mirada del busto beethoveniano se oyó una lectura siempre ceñida a la partitura que supo conjugar lo analítico con las visiones de conjunto, dejando al descubierto su arquitectura sin dejar de insuflarle expresividad bien administrada. Desde su trazo elocuente en los pasajes fugados que desembocan en sorpresas temáticas, hasta su manera de desenvolver con nitidez y contención la marcha fúnebre; en todo ello Víctor Pablo Pérez recibió la complicidad de una sección grave en las cuerdas dúctil, maderas (aunque puntualmente poco presentes) sutiles, trompas ahora sí solventes en el Scherzo –resarciéndose de imprecisiones en el Concierto para piano– y en líneas generales rica paleta de colores y agilidad enérgica en los ataques con una cuerda incisiva y empastada, más allá de una concertino de gestualidad napoleónica –más propia de una solista que de una guía–. 

Váyanse acostumbrando porque pronto será difícil leer la reseña de un concierto en la que no se haga referencia al ruido y la mala educación del público, pero esta vez se añade un fenómeno inexplicable que también hay que recordar: el Palau tolera –al menos en este caso también lo hizo– que entre movimientos vaya entrado y saliendo gente como si aquello fuera la Rambla de las flores. En el fúnebre inicio del segundo movimiento de la Tercera las caras de los primeros violines lo decían todo.  

 

 

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