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Tabernera Oviedo

A todo Gas

Oviedo. 7/6/18. Teatro Campoamor. Sorozábal: La tabernera del Puerto. María José Moreno (Marola). Martín Nusspaumer (Leandro). Javier Franco (Juan de Eguía). Ernesto Morillo Simpson). Ruth González (Abel). Vicky Peña (Antigua) Pep Molina (Chinchorro). Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo. Orquesta Oviedo Filarmonía. Dir. de escena: Mario Gas. Dir. musical: Óliver Díaz.

Mucho antes de que la serie Narcos se estrenara en Netflix, o de que la épica fuga del Chapo Guzmán acaparara los titulares de medio mundo, las historias de contrabandistas y narcotraficantes ya estaban de moda. Así lo demuestra esta zarzuela, compuesta por Pablo Sorozábal en 1936, y donde el traslado de un fardo de cocaína sirve como telón de fondo para idealizada historia de amor entre Leandro y Marola. Y aunque -en opinión de quien firma- a la obra no le habría sentado nada mal una dosis extra de verismo en su libreto, lo cierto es que La tabernera del puerto es ahora una de las piezas más conocidas de nuestro teatro lírico. 

En este contexto, y tras lo poco que pudo disfrutarse la obra en Madrid a causa de la huelga de los trabajadores del Inaem, llegaba a Oviedo esta nueva producción de la tabernera, que enarbola un elemento claramente protagónico: la escena firmada por el gran Mario Gas. Con ella, el uruguayo demuestra -sin ya necesitarlo- ser un hombre de teatro. Su talento para crear ambientes y momentos es innegable, como también lo son su mimo por la obra o su exquisita atención a los detalles. La escenificación matinal del pueblo pesquero de Cantabreda, al inicio del primer acto, fue buen ejemplo de todo ello, pues logró recrear a la perfección esa esencia tan marinera como misteriosa que sólo poseen los puertos del Norte, aquellos donde los barcos amarran aún con jirones de niebla en sus cabos.

Por lo demás, las influencias cinematográficas de Mario Gas se hacen notar en algunas ocasiones, como en las imágenes proyectadas sobre el telón antes de comenzar la obra, y en su ejemplificante uso del video mapping, que prestó su apoyo a momentos escénicamente comprometidos como el cuadro primero del tercer acto, donde Leandro y Marola navegan, y zozobran, a bordo de un pequeño bote a remos. Memorable trabajo, por tanto, esta escenografía firmada por Gas, de quien podríamos decir que su relación con Sorozábal es un asunto de familia, pues fue ni más ni menos que su padre, el bajo Manuel Gas, quien por petición del propio compositor dio vida por primera vez al papel de Simpson.

Como es costumbre con las producciones que llegan a Oviedo desde el Teatro de la Zarzuela, Óliver Díaz se ocupó de dirigir a la Oviedo Filarmonía, obteniendo de ella una versión particularmente delicada y sensible de lo escrito por Sorozábal. Su dirección, a la que podríamos tildar de detallista, se mostró quizás algo menos apasionada y enérgica que en otras ocasiones. Pudimos ver, por tanto, a un Díaz contemplativo en los tiempos y especialmente delicado en las dinámicas, con las que siempre trató de cuidar a un elenco de cantantes que, por lo general, se mostró particularmente limitado en su proyección. Todo esto, pareció diluir un tanto la fuerza de la partitura, cuyo dramatismo no llegó a explotarse del todo. Por ello, los momentos más brillantes de la noche parecían coincidir con aquellos de mayor lirismo, como la romanza de Marola “en un país de fábula”, que abre el segundo acto; o los de carácter más cómico, como el genial dúo del primer acto entre Chinchorro y Antigua: “Ven aquí camastrón”.

Desde el punto de vista vocal, podemos decir que “La tabernera del puerto” es, en cierto modo, una suerte de “Turandot” española, en el sentido de que la práctica totalidad del público espera paciente durante la representación por ese aria -romanza en este caso- que parece condensar todo el sentido y la fuerza de la obra en cuestión. Y si bien Calaf reflexiona pensando en Turandot, Leandro hace lo propio con Marola, a quien ve como una mujer buena y no una “vulgar sirena” que comulga con la avaricia de su padre. Por todo ello, quien aquí firma, entiende la romanza “No puede ser” como un momento muy intenso, casi de rabia, impulsado por el conflicto interno que se le presenta a Leandro. En este contexto, no convenció la elección de Martín Nusspaumer para el rol, cuya intervención durante toda la obra nos resultó un tanto parca en matices, especialmente durante dicha romanza, que el uruguayo terminó defendiendo en un continuo mezzoforte. Bien es cierto que el timbre de Nusspaumer es de interés, pero termina por agriarse un tanto ya desde las primeras notas de lo que supone el tercio agudo para su registro, donde el conjunto de su entrega vocal tiende a estrecharse. 

Mucho más solvente nos resultó la presencia de María José Moreno como una Marola que ya apuntaba maneras desde su dúo con Leandro: “Marinero vete a la mar” y de la que cabe destacar especialmente su recreación de la romanza “en un país de fábula”, donde lució una coloratura segura y templada, acompañada de un gran trato de las dinámicas, demostrado a través impecables filados. Una tabernera la de Moreno que, sin duda, sabe como enamorar. 

Javier Franco, por su parte, supo sacar partido a su personaje dando vida a un Juan de Eguía muy creíble, de gesto firme y sobrada solvencia vocal. Dramáticamente, el Simpson de Ernesto Morillo se situó entre lo más atractivo de la noche, pues el bajo venezolano supo dotar a su personaje de esa personalidad ruda y directa que uno se espera de un hombre tan hecho a la mar. Desde el punto de vista vocal destacó su timbre oscuro que, desafortunadamente, va unido a un instrumento no tan voluminoso como sería deseable. Geniales en lo cómico se demostraron tanto Pep Molina como Vicky Peña como Chinchorro y Antigua respectivamente, que hicieron de su dúo uno de los momentos más interesantes de la noche. Cerrando el elenco vocal resultó ciertamente completa la intervención de Ruth González como Abel, el chicuelo que anda loco por Marola (aunque ésta no le haga ni caso). Poco puede reprocharse a la entrega de González, siempre vitalista y jovial aunque, si bien, de maneras demasiado cuidadas para lo que sería esperable de un muchacho vagabundo como el que interpreta.

Redondearon la función las intervenciones del Coro Capilla Polifónica, que se mantuvo a gran nivel durante toda la noche, sobresaliendo al momento de abordar: “aquí está la culpable”, donde se demostró el loable nivel vocal y escénico de las integrantes femeninas de una agrupación que, como ya es habitual, hace gala de un contrastado aplomo escénico. Buen broche final, por tanto, el que supuesto para la temporada ovetense. Ahora, sólo deseamos que esta impecable escenografía ideada por Mario Gas sea repuesta en algún otro teatro, tanto nacional como extranjero, pues su calidad así lo merece. Aunque ya nos lo advirtió en algún momento el propio Pablo Sorozábal: “Para ser optimista hace falta ser idiota o estar borracho”.

 

 

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