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La semilla del ángel

Aix-en-Provence. 15/07/2017. Gran Teatro de la Provenza. Festival d’Aix.Prokofiev. El ángel de fuego. Ausrinè Stundytè (Renata) Scott Hendricks (Ruprecht), Agnieszka Rehlis (La bruja) Andreï Popov (Mefistófeles). Dir. de escena: Mariusz Trelinski. Dir. musical: Kazushi Ono.

Celebra este año su 70 edición uno de los festivales musicales, y esencialmente operísticos, del verano europeo, el que tiene lugar en la recoleta ciudad francesa de Aix-en-Provence. A lo largo de estos años, el Festival de Aix se ha consolidado hasta convertirse en una de las citas ineludibles del circuito estival. Tres características le dan su perfil actual. Por una parte la apuesta no tanto por cantantes mediáticos (aunque siempre sean de reconocida profesionalidad) como por una sólida base orquestal (se cuida mucho las formaciones que pasan por los fosos de las distintas sedes del Festival, (sobre todo por el Gran Teatro de la Provenza y el más conocido Teatro del patio del Arzobispo). Una segunda característica, muy importante, en que casi todas las óperas que se presentan son nuevas producciones (casi siempre en unión con otros teatros), siempre con la participación de directores de escena prestigiosos y que muchas veces crean para el Festival verdaderos clásicos (ejemplo palpable y reciente es el maravilloso trabajo de Patrice Chéreau y su Elektra) que luego se pasean por todo el mundo. Y por último una atención especial por el trabajo con nuevos talentos musicales a través de la “Académie” (que también cumple este año los 20 años de su creación), verdadero semillero de artistas que muchas veces, en años posteriores, forman parte de los elencos del Festival (que siempre remarca cuales son sus antiguos alumnos). Es, pues, casi imprescindible pasar unos días en la bella ciudad provenzal y disfrutar de un festival diferente y con señas personales muy definidas.

La primera de las óperas que he podido ver y escuchar este año es una obra maestra: El ángel de fuego, de Sergueï Prokofiev. Lejos de la magnificencia un poco caduca de Guerra y Paz y del toque humorístico, genial y también tierno de El amor de las tres naranjas, El ángel de fuego es una agria, dura y desgarrada historia que el compositor nunca pudo ver representada debido a la censura soviética y el poco apoyo de los teatros europeos, de tal modo que fue relegada y casi olvidada. Partiendo de una novela del escritor simbolista Valeri Briusov, no le fue fácil adaptar esta complicada e indefinible historia a Prokofiev (autor también del libreto), que escribió la partitura entre 1922 y 1923. No fue hasta 1955 cuando se estrenó escénicamente en Venecia (aunque había visto la luz un año antes en concierto en el Teatro de los Campos Elíseos de París). También resulta complicado resumir el argumento en unas pocas frases. Digamos que lo que se nos cuenta es la obsesión de una mujer por su pasado, por el ángel de fuego Madiel, que se le apareció de niña sembrando en ella una semilla de atracción y amor imperecedero. Más adelante, ella identifica a Madiel con el conde Heinrich, con el que tiene una relación pero que luego desaparece. Todo esto se lo cuenta, en un bello solo, Renata, la protagonista, a Ruprecht, un hombre al que conoce en un una hostería y que a lo largo de la obra, enamorado de ella, la acompañará en esa búsqueda desesperada de Heinrich y de Madiel que supondrá el fin de los dos. Aunque el argumento resulta a veces difícil de seguir (sobre todo si se nos presenta como lo hizo el director de escena en nuestro caso), con su mezcla de magia, ocultismo, posesión satánica o mística, Prokofiev nos lleva de la mano atravesando esta maraña apoyado por una música de una calidad espectacular; de un cromatismo y de una variedad exquisita, que parece recorrer la esencia musical del compositor mostrándonos desde momentos de más clasicismo, a fragmentos de tinte impresionista pasando también parte del tiempo embarcado en un claro estilo expresionista (el año de la composición en Alemania de la obra es también es en el que se estrena el Nosferatu de Murnau) y altamente innovador para la época de composición. El punto culminante de la obra, la última escena, en el convento donde se recluye Renata, donde el paroxismo de la posesión mística lo domina todo, la música es completamente apabullante por la amplitud de la paleta de colores orquestales, por el dramatismo de cada nota y por un final impactante.

Tuvo todo este impresionante fresco musical buena respuesta desde el foso guiado por el japonés Kazushi Ono, que entendió perfectamente la variada y complicada partitura creando momentos de gran hondura y belleza aunque quizá le faltó esa conexión especial que se aprecia en otras batutas de la misma nacionalidad que el compositor. Subido en algunos momentos excesivamente de volumen (lo que perjudicó a algún cantante) siempre estuvo atento a la escena y fue ampliamente aplaudido al final de la representación. Como lo fue también una excelente Orquesta de París, cuyos atriles salieron triunfadores del reto que supone esta obra.

Renata, la protagonista, forma parte de esa pléyade de mujeres difíciles, impredecibles, duras que se enfrentan a todo y a todos (unas veces llevando ellas el mando y otras siendo juguete de las circunstancias) y que pueblan muchas óperas del siglo XX. Ahí tenemos a Lulú, Emilia Marty o la Marie de Die soldaten, por ejemplo. Renata, obsesionada, poseída o simplemente desequilibrada destrozará su vida por un sueño que nunca se hará realidad. Un papel escénicamente muy exigente y que tuvo, en esta ocasión, una excelente respuesta en la actuación de la soprano lituana Ausrinè Stundytè. Impecable en la representación de la desquiciada joven, vocalmente también estuvo a una apreciable altura. Más segura en el centro y en un grave de calidad, la zona más aguda fue la que más se resintió en su tesitura dada la dureza del rol. No es una voz de un gran volumen o un timbre especialmente atractivo pero resultó muy convincente en toda la representación sobre todo en los momentos más introspectivos de la partitura (cuando recuerda su niñez, cuando narra su obsesión por Heinrich) y también en el espectacular final, donde estuvo soberbia. Le daba la réplica, como el atribulado y frustrado amante Ruprecht, el norteamericano Scott Hendricks, avezado en estas lides de la música del siglo XX (recordamos su buena actuación de hace diez años en la Muerte en Venecia de Britten que programó el Liceu de Barcelona). Si bien al principio vocalmente estuvo desvaído y con poca proyección, poco a poco fue cogiendo más seguridad y estuvo mucho más convincente. Como actor, se adaptó perfectamente al papel de “calzonazos” que le atribuyó el director de escena y su personaje resultó realmente patético, lejos quizá, de la intención de Prokofiev que creo que lo ve más como un enamorado sin futuro pero pertinaz. Acertado el resto del elenco, donde destacaría  el doble papel de Mefistófeles y Agrippa von Nettesheim de Andreï Popov y la Bruja y Madre Superiora de Agnieszka Rehlis. También excelente actuación, sobre todo en la última escena, del coro femenino de la Ópera nacional de Polonia. 

Precisamente polaco es Mariusz Trelinski, responsable escénico de esta producción (que comparte el Festival con la Ópera nacional de Varsovia-Teatro Wielki y la Ópera nacional de Noruega). Trelinski se enfrenta a la enrevesada historia de una manera convencional en el sentido que utiliza recursos generalmente ya vistos en muchas producciones y más si son versátiles en su interpretación como le ocurre a ésta. No es nada original transponer la acción a unos indefinidos años 50 o 60 de una Europa de hoteles cutres, donde aparecen los consabidos figurantes de todo tipo, travestis, voyeurs, etc. que no aportan nada y que complican aún más la comprensión del texto (del que se aleja muchas veces lo que ocurre en escena). La escenografía también repite clichés, como los ambientes a distintas alturas, el neón o las proyecciones videográficas (todo, por cierto, bien realizado por el escenógrafo, Boris Kudlicka). Lo más destacado de toda la producción es la última escena en el convento-manicomio donde está recluida Renata. Ahí sí que, ayudado por la impactante música (y un excelente trabajo en la iluminación de Felice Ross) Trelinski se muestra más osado, con una dirección de actores (que es muy buena en general en toda la representación, eso hay que reconocerlo) especialmente destacable.

 

 

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