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Das Rheingold munich W. Hosl

ELEVANDO EL EDIFICIO: LOS CIMIENTOS

Munich. 20/07/2018. Bayerische Staatsoper. Wagner. El anillo del nibelungo: El Oro del Rin. W. Koch (Wotan), J. Lundgren (Alberich), N. Ernst (Loge) E. Gubanova (Fricka), W. Ablinger-Sperrhacke (Mime), A. Tsymbalyuk (Fasolt), A. Anger (Fafner), O. von der Damerau (Erda). Orquesta de la Bayerische Staatsoper. Dirección de escena: Andreas Kriegenburg. Dirección musical: Kirill Petrenko

No creo que esté exagerando si considero el Anillo que ha programado la Ópera de Munich, dentro de su Festival de verano, una de las citas más interesantes y atractivas de la temporada operística estival. Aunque la producción no es nueva (data de 2012 y es su responsable Andreas Kriegenburg), la casa de ópera muniquesa ha reunido para esta ocasión un plantel de cantantes de primer nivel con el valor añadido de la dirección de Kirill Petrenko, sin duda una de las batutas más reputadas de la actualidad. Es verdad que la valoración de un ciclo de la envergadura del wagneriano no puede hacerse con garantías hasta que éste finaliza, porque tanto la concepción escénica como el desarrollo musical (y más en este caso donde los cantantes repiten sus papeles a lo largo del prólogo y las tres óperas que lo conforman) se “redondea” cuando el telón baja al final del Ocaso. Pero también, y sobre todo por cuestiones logísticas, conviene ir comentando las distintas representaciones porque una única crónica tendría una extensión excesiva y porque algunos de los personajes, con relevante presencia en una ópera, no aparecen en otras. 

No voy a desgranar aquí la historia de las peripecias divinas y humanas de ese mundo tan especial, que basado en antiguas leyendas germanas y escandinavas, levantó Richard Wagner con el Anillo del nibelungo. Es una obra magna, de difícil parangón en la historia de la Ópera tanto por su extensión como por la calidad musical que atesora y su desarrollo es sobradamente conocido. Aunque realmente la trama empiece antes que la tetralogía, y todo lo que pase en ella sea consecuencia de lo que, sobre todo Wotan, ha hecho con anterioridad a que comience el llamado prólogo: El Oro del Rin. Sus primeros compases, uno de los comienzos más logrados de Wagner (junto al celebérrimo de Tristán e Isolda) dieron las claves de lo que son los dos pilares en los que se sustenta cualquier Ciclo. Por una parte el planteamiento escénico que utiliza multitud de extras para que, casi desnudos manchados de azul, unidos, entrelazados, moviéndose acompasadamente, formen las aguas del sagrado río. Una performance en toda regla. Una visión impactante y bella que parece indicar por van las intenciones de Andreas Kriegenburg: un planteamiento minimalista (espacios amplios y vacíos con pocos elementos referenciales, por donde deambulan los cantantes) y una decida apuesta por formas y modos del arte más contemporáneo (sobre todo en este comienzo y en toda la escena de los gigantes, con unos cubos inmensos donde se mueven estos,  formados por una especie de conglomerado de cuerpos humanos y que podríamos encontrar en cualquier galería de arte en nuestros días. Habrá, como ya dije, que ver mucho más, pero creo que ésta va a ser la línea a seguir. Hay momentos más logrados (toda la escena del Nibelheim) y otros no tanto (la escena final del paso por el arcoiris al Valhalla es muy pobre), pero la primera impresión es buena.

El otro pilar, claro está, es la dirección musical. Hace unos días, en ese mercado casi sin límites de la palabra o del comentario que es internet, leía que Kirill Petrenko está sobrevalorado. Me quedé perplejo. Sobre todo porque se dijera esto del director de su generación menos mediático, que menos conciertos da fuera de Alemania (a no ser que vaya de gira con su orquesta actual o con la que lo será pronto), que no da entrevistas, que no graba, que sólo ha salido a la luz pública a raíz de su elección como director de la Filarmónica de Berlín. Petrenko es, a mi parecer, el antidivo, no creo que se lean muchos comentarios sobre él más allá de las críticas de sus conciertos o su trabajo en el foso de Munich. Seguramente esta persona ha leído estas críticas (supongo que generalmente entusiastas, como no puede ser de otra manera si se conoce su trabajo) y ha decidido que no puede ser tan bueno (desgraciadamente una opinión muy extendida por los “entendidos” operísticos) si todo el mundo lo pone por las nubes. Pues está usted equivocado, caballero.

Petrenko es un genio y creo que habrá poca gente que ame la ópera que pueda pensar otra cosa. Sus versiones son referenciales porque su trabajo en el foso, con las partituras, puede igualarse a la que realizan los esclavos en las minas del nibelungo Alberich: minuciosa hasta sacar el último sonido creado por el compositor, pero a la vez con una visión de conjunto apabullante. Es como si tuviera toda la ópera en la cabeza y la fuera desgranando para un público hipnotizado por su batuta. Una batuta hiperactiva, que da cada una de las entradas a los cantantes, sin saltarse nada, siempre feliz. Esa es la sensación que transmite Petrenko: que es feliz haciendo música y eso lo siente sin duda el oyente. En el Oro fue así. Poco partidario de los tiempos lentos, su versión fue viva sin ser alocada, precisa y respetuosa con el escenario (como lo es Wagner, famoso por crear una música que no permite oír a los cantantes, falacia que se comprueba cuando uno escucha cualquiera de sus obras) esplendorosa en los momentos más orquestales, con un final fantástico apoyado en esa maravilla que es la Orquesta de la Bayerische Staatsoper. No quiero ni imaginarme las tres noches que nos esperan.

Vocalmente el nivel fue bueno, pero no excepcional. Me reservaré, para ver su evolución en las próximas jornadas, los comentarios sobre el Wotan de Wolfgang Koch (uno de los barítonos más solventes que conozco, con un timbre y un estilo de primera categoría pero que en este Oro estuvo bastante desdibujado, no sé si porque se reserva para el duro papel que tiene en La walkiria o por alguna indisposición transitoria) y sobre la Fricka de Ekaterina Gubanova (gran cantante pero que no tuvo el mordiente que se espera en su papel). A destacar (y el público lo reconoció con la atronadora ovación que le dedicó al final de la representación) el Alberich de John Lundgren. Voz carnosa, impecable, poderosa, potente y atractiva. nos regaló un Nibelungo del más alto nivel desde sus deseos frustrados con la Hijas del Rin hasta las dos escenas que protagoniza: la del Nibelheim y la posterior de su rescate. Fue toda una lección de cómo se debe cantar este papel. Bravísimo.

Muy bien también, de lo mejor de la noche, el Loge de Norbert Ernst. Su canto se adaptó perfectamente a esa mezcla de maldad y astucia que caracteriza su rol, con una buena proyección, perfecta dicción y una clase indudable, sin problemas en la zona alta de la tesitura donde se mueve constantemente. Buen trabajo del resto de cantantes, donde destacaría el Fafner de Ain Auger (canta menos tiempo que su hermano gigante Fasolt, defendido por Alexander Tsymbalyuk, pero lo hizo mejor que éste, lastrada su voz por un vibrato demasiado evidente), el impecable Mime de Wolfgang Ablinger-Sperrhacke (esperamos su intervención en Sigfrido con ganas), el Donner de Markus Eiche, la Freya de Golda Schutz y una excelente Erda de Okka von der Damerau. También a gran nivel las tres hijas del Rin aunque destacaría la Flosshilde de Jennifer Johnston.

Seguiremos informando.

Foto: W. Hösl.

 

 

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