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Medea Yoncheva BerlinStaatsoper BerndUhlig

 

Mejor con los ojos cerrados

Berlín. 07/10/2018. Staatsoper Unter den Linden. Cherubini: Médée. Sonya Yoncheva, Charles Castronovo, Iain Paterson, Elsa Dreisig, Marina Prudenskaya y otros. Dir. de escena: Andrea Breth. Dir. musical: Daniel Barenboim.

Primera nueva producción de la temporada 2018/2019 en la Staatsoper de Berlín, ya con Matthias Schulz como intendente al cargo, sucediendo a Jürgen Flimm. Primer acierto: programar un título tan infrecuente como la Medea de Cherubini, que conoció la gloria a manos de Maria Callas (y Pasolini) pero hoy prácticamente en el olvido (se pudo ver en Les Arts, en tiempos de Helga Schmidt, con Violeta Urmana en el rol titular). El acierto además es aquí doble, pues se apuesta por recuperar la versión original en francés, sin cortes, mucho más interesante que la popularizada a mediados del siglo pasado. Segundo acierto: encomendar el debut en la parte protagonista a una soprano de la talla de Sonya Yoncheva, dueña de unos medios privilegiados y con una reconocible personalidad escénica. Tercer acierto: rodear a Yoncheva de un atinado elenco de secundarios. Y cuarto y último acierto: por supuesto, contar con Daniel Barenboim en el foso, al frente de una entonada Staatskapelle. Y hasta aquí los aciertos, pues una producción sumamente desnortada, un verdadero desatino, está a punto de hacer naufragar toda la función, hasta un punto en el que interesó más escuchar la representación con los ojos cerrados que intentar discernir las intenciones dramáticas de Andrea Breth

Su trabajo es sonrojante, una decepción mayúscula. No ha comprendido en modo alguno el espíritu de la obra ni el carácter de la protagonista. Medea deambula como una extranjera poseída, dando vueltas por el suelo cual gata en celo, entre almacenes sacados de un polígono industrial cualquiera, acudiendo una vez más al manido y tedioso recurso de un escenario giratorio. Supuestamente Breth, en un alarde de imaginación (léase con ironía) pretende hacernos ver la universalidad del fatal destino de Medea. Simplemente su idea no funciona, no encuentra los recursos teatrales suficientes y atinados con los que sostenerse. Tampoco convencen demasiado las intervenciones de Breth en los textos, en las partes habladas que suenan demasiado impostadas en las voces de los protagonistas. Equívocada se antoja, por cierto, la opción de amplificar el parlamento de Medea al final del tercer acto: ¿de veras hace falta amplificar una voz susurrada, cuando el interés de la misma sería escucharla correr en vivo, sin microfonía mediante? El remate del sinsentido es un final efectista, con una moribunda Medea agarrándose al telón del teatro, conforme este se despliega sobre los últimos acordes. Superficialidad en grado máximo.

Como apuntaba pues, los aciertos de esta Médée, se reducen a la versión musical. Sonya Yoncheva asume el rol titular con convencimiento y credibilidad si bien por momentos su Medea parece más bien una zíngara atormentada y desafiante, un extraño híbrido entre Norma y Carmen. La voz campanea amplia y espléndida, resolviendo con inteligencia los extremos de la tesitura, incluso un grave algo pesado y de tintes dramáticos que escamotea con teatralidad. Su escena final tiene garra y poderío, si bien le falta el magnetismo de las grandes para estremecer y conmover, más allá de convencer.

A su lado, Charles Castronovo sostiene un espléndido Jasón, que no palidece ante la opulencia de medios de la soprano. De hecho los dos extensos dúos entre soprano y tenor, en los dos primeros actos, fueron con diferencia lo más intenso de la velada. Convincente en líneas generales el Créon de Iain Paterson, sobre todo por el temperamento con que lo canta, si bien la voz es parca en colores y su dicción francesa deja un tanto que desear. La joven soprano Elsa Dreisig encarnó la parte de Dircé , con una voz límpida y luminosa, no siempre bien domeñada aunque de indudable brillo. Impecable, en fin, Marina Prudenskaya como Néris, bordando su bellísima intervención del segundo acto, el aria "Ah nos peines, ah nos peines seront communes".

Lo más redondo de la velada surgió en todo caso del foso, donde Daniel Barenboim acierta a traducir y desentrañar el elaborado y rico tejido orquestal pintado aquí por Cherubini. Articulación, tensión, intención, fraseo… hay instantes admirables en la lectura musical que Barenboim sostiene, como sucede por ejemplo con la extensa introducción del tercer acto, un verdadero prodigio, con la Staatskapelle de Berlín rozando el virtuosismo a cada instante.

 

 

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