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PerianesPalau19

Vislumbrar el romanticismo 

Barcelona. 16/02/19. Palau de la Música Catalana. Ciclo BCN Clàssics. F. Sor. Obertura del ballet: Alphonse et Léonore ou L’amant peintre. L. V. Beethoven: Concierto para piano y orquesta núm. 3 en Do menor, op. 37. W. A. Mozart: Sinfonía núm. 39 en Mi bemol mayor, K 543. Javier Perianes, piano. London Philharmonic Orchestra. Dirección: Juanjo Mena.

Segunda parada de la gira de conciertos para piano de Beethoven en diferentes ciudades españolas por Javier Perianes con la LPO y Juanjo Mena a la batuta. Su tour finalizará precisamente este fin de semana en Londres, con la interpretación en dos días, de la integral de los conciertos para piano del gran Ludwig. Una hazaña que habrá repetido antes, los días 19 y 20 de febrero en el Auditorio Nacional de Música. 

Hay que agradecer el guiño al repertorio propio, sello del ciclo BCN Clàssics, al programa en este concierto de Barcelona con la obertura del ballet de Fernando Sor, Alphonse et Léonore ou L’amant peintre. Contemporáneo de Mozart, pero sobretodo de Beethoven y un compositor del que merecen los escenarios de clásica de este país mayor presencia más allá de su reconocimiento como el gran valedor del repertorio de guitarra del siglo XIX.

Con la chispeante y atractiva música de Sor, Juanjo Mena y la LPO mostraron un gran entendimiento y una llamativa química personal. El sonido compacto de las cuerdas, homogéneo de metales y vientos, afloró en una lectura de gran atractivo rítmico y expresivo. La sombra de Mozart más que asomar, recordó la gran calidad de Sor como compositor, con una inventiva clásica, llena de colores y sentido teatral.

Pero fue con la aparición del pianista Javier Perianes, cuando el sonido se hizo luz en la gran sala modernista del Palau de la Música Catalana. Si en la monumental introducción orquestal de casi cuatro minutos, Juanjo Mena sazonó los efluvios del que para muchos significa el primer concierto para piano romántico, las primeras pulsaciones de Perianes quisieron mirar al Mozart al que Beethoven nunca negó su admiración. Si la tonalidad de Do menor, coincidente con la del concierto para piano núm, 24 de Mozart, uno de los preferidos por Beethoven, aportó calidez gracias a la grácil digitación de Perianes, el tono entre triste y melancólico fue aportado por una visión desde el podio llena de intenciones y contrastes entre las secciones. Perianes enamoró y desarboló al respetable con una lectura entre contemplativa y ensoñadora pero con una fuerza narrativa y expresiva envolvente. Su diálogo con la orquesta fue natural y preciocista, obtuvo siempre la complicidad de Mena y los colores y fuerza dramática desde unas cuerdas vibrantes y llenas de vida. La inspirada lectura del primer movimiento arrancó un espontáneo aplauso de parte del público.

Algo cambió con el inenarrable Largo, con un inicio que parece avanzar al Schubert cercano. La delicadeza de las pulsaciones de Perianes, su asimilación del carácter casi espiritual de una música que transporta al oyente a un mundo arcádico y atmosférico, donde de pronto la música se hizo intimismo y puro lirismo. Se creó la magia de las grandes ocasiones pues el arte y la madurez de Perianes desde las teclas construyó una arquitectura sonora de fragilidad etérea y al mismo tiempo llena de poesía. Mena cuidó los detalles, mimó el fraseo extático de Perianes y supo mesurar las dinámicas con suma atención y generosidad. El cambio de atmósfera con la aparición del Rondó Allegro final mostró el virtuosismo nítido de Perianes, con una facilidad natural por aportar luz a cada una de las notas, liberando el sonido de las teclas con una frescura contagiosa muy personal. Un pequeño error en la trompa en los últimos compases del movimiento no emborronó el mayestático final del concierto, coronado por una extrovertida y efusiva ovación. 

Un alucinante y alucinado nocturno número 20 de Chopin, regalado como bis solista por Perianes, hizo desear que este poeta del piano vuelva pronto a Barcelona, pues está en un momento personal de gran lucidez y madurez musical. Cerró la segunda parte del concierto la sinfonía número 39 de Mozart, con una lectura de acentos teatrales y ambiente crepuscular (Adagio-Allegro), por un Juanjo Mena que supo y quiso buscar los efluvios del romanticismo venidero, anunciando el sinfonismo más proteico beethoveniano. Fue curioso el resultado de los contrastes de acordes más bien secos, con momentos de camerística belleza en las secciones del viento-metal. Si bien la lectura fue limpia y homogénea, faltó algo de carácter expresivo más allá de una corrección estilística fuera de toda duda.

 

 

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