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Hacia el intimismo

Barcelona. 22/2/2019. Palau de la Música Catalana. Ibercamera. Obras de Mozart, Beethoven y Chopin. Maria João Pires, piano.

Maria João Pires se despide de los grandes espacios y en este caso lo hizo de uno de ellos, emblemático y querido por la pianista. Es una despedida que para entenderla hay que leer algo más que el titular. De ahí que sea tan mal comprendida, como se puede leer a diestro y siniestro estos días. Las características de su próximo festival en la intimidad de un monasterio románico (Santa Maria de Cervià) dan la pauta correcta.    

Sea como fuere –y en el seno de ese simulacro de las giras y los grandes recitales que con razón tanto aborrece– su despliegue artístico fue rotundo. El dramatismo irrumpe constantemente en el tejido clásico de la Sonata núm. 12 de Mozart, en una sucesión narrativa irresistible y fascinante. A través de un legato cantabile Pires ofreció una lectura equilibrada sin dejar de apelar a la rotunda dimensión emotiva de esta música, nada fácil de exponer: la pianista lo hizo con el sosiego y la gravidez necesaria. No estaba tan equivocado Karl Böhm cuando leía Mozart desde un perfil tan refinado como doloroso. Una lección que no siempre ha seguido Pires, pero sí esta vez. Junto a una pulsación soberbia, la portuguesa supo administrar la inmensa variedad de texturas y la abrumadora pluralidad temática de la sonata mediante un enfoque que subrayaba los contrastes, estructurales y esenciales en la partitura del genio salzburgués, particularmente en el allegro inicial. Después, tan cautivante fue el impecable dibujo melódico en el adagio como la agilidad en el torbellino de notas del tercer movimiento, resueltas en una cadencia deliciosa. 

Cuando llegó el turno de Beethoven, escuchamos una Patética que emocionó incluso en los momentos en los que sonó algo desdibujada, y donde el esfuerzo técnico no nos hizo olvidar del todo la técnica. Con gran cuidado por la claridad, si algo echamos en falta fue una mayor riqueza dinámica, y un preciosismo sonoro poco adecuado a ciertos pasajes, en los que el patetismo abismal no se mostró en todo su esplendor.  

Fue con Chopin, en la segunda parte, cuando se escuchó la Pires más musical y concentrada y también la más personal: todo aquello que la hace irrepetible. Un Chopin dibujado con minuciosidad, trazado desde ese manejo magistral del rubato que sumergió el espacio sonoro en el universo chopiniano desde el primer nocturno. Leídas sin interrupción –pese a los conatos de aplausos y de tisis entre los asientos– la portuguesa logró dibujar una línea general que arrancaba en el Nocturno núm. 1, op. 9 y culminaba con la melancolía de los dos valses póstumos. Y ello logrando a la vez que cada uno habite su propio mundo. Un viaje poliédrico recogiendo toda la complejidad que recuerda la célebre sentencia de Karasowski: sí, en Chopin está todo.

Se mostró tremendamente elegante sin caer en amaneramientos en todos los nocturnos, insuflándoles la plenitud sonora que demandan y una línea de canto tan firme como fascinante, sin dejar de ser muy reflexiva especialmente en el tercero de los nocturnos op. 9, otorgando densidad a los silencios y cuidando la prolongación del sonido con el pedal. Dando relieve a la melodía, Pires dio una verdadera lección de literatura pianística chopiniana, fundiendo declamación y expresión dramática en un “canto con teclado”, donde el ritardando materializa, desde un pequeño balanceo de muñeca, la profundidad de la respiración en el canto. Desde esos parámetros estéticos, abordó los dos valses que cerraba en el recital. Lo hizo con una musicalidad íntima en la aplicación de efectos agógicos y con un grado de limpieza y aliento poético al alcance de muy pocos. Decidió para el bis despedirse con un chopiniano Vals núm. 7 de extrema belleza y sensibilidad.

La ovación en pie del Palau iba dirigida a un espléndido recital pero también hacia una trayectoria, consagrando ese vínculo emocional con nuestro país que es mutuo. Un recital que como es habitual se convirtió en un homenaje hacia el canto tan crepuscular como vital de una pianista de gran poder comunicativo y con un don para convertir los espacios mediáticos en recintos íntimos. Una solista que desde dentro de ese círculo destructor del arte al que ella misma ha pertenecido, ha sabido y podido, al final de su carrera, distanciarse críticamente y señalarlo para ensayar alternativas que aspiran a devolver el arte musical a su alveolo tradicional.

Foto: Julio Carbo.

 

 

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