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Nott Zhydkova GMDJ Baluarte19 Zaldua

Juventud y "actualidad" 

Pamplona-Iruña. 09/03/2019. Auditorio Baluarte. Obras de Alban Berg, Gustav Mahler, Jesús Rueda y Dimitri Shostakovich, con Elena Zhidkova (contralto), y la Gustav Mahler Jugendorchester. Dirección musical: Jonathan Nott.

Antes de nada, ¿a qué viene entrecomillar una palabra en el título? Pues la razón principal es que a punto de terminar la segunda década del siglo XXI aun consideramos “música actual” a obras compuestas, por ejemplo, en 1913, despertándonos todavía una reacción de extrañeza, de incomprensión cuando no de rechazo absoluto una obra como las Tres piezas para orquesta, op. 6 de un joven Alban Berg, obra de interés evidente y que refleja con exactitud la transición de la música romántica y postrromántica al atonalismo. Esta obra ya fue incomprendida en su estreno y aun hoy despierta perplejidad tanto por la plantilla orquestal requerida como por el desarrollo estético de la misma.

Y es que el segundo concierto de la Gustav Mahler Jugendorchester que hemos podido disfrutar en apenas cuarenta y ocho horas nos parece querer mostrar cómo en las manos de una orquesta de jóvenes esa música “actual” parece fluir con mayor naturalidad. El programa propuesto por Jonathan Nott es un muestrario de distintas estéticas del siglo XX, desde el lieder de Gustav Mahler heredero de la trdición romántica al atonalismo de Alban Berg o el corolario de toda una vida creativa que supone la última sinfonía del genio soviético Dimitri Shostakovich. Y como adecuado complemento, una obra estrenada en 2007, actual sin entrecomillado, La tierra, del compositor madrileño Jesús Rueda.

Por lo que a la interpretación se refiere caben mencionar dos momentos excelsos dentro de un concierto de gran nivel: por un lado, la voz bellísima de Elena Zhidkova en los Rückert-Lieder, de Gustav Mahler, con un Um Mitternacht para enmarcar y por otro la labor minuciosa del director y de una sección de percusión señorial en el desarrollo de la Sinfonía n.º 15 en La Mayor, op. 141, de Dimitri Shostakovich.

Porque este concierto ha sido también la constatación de cómo durante el siglo XX se desarrollan tres nuevos “instrumentos” dentro de la denominada música clásica: por un lado, la sección de metales, que alcanza brillo y protagonismo solista; por otro, la sección de percusión que abandona el mero acompañamiento para adquirir categoría de igual con respecto a la retantes; y finalmente, la Orquesta en sí misma, un instrumento que desde el clasicismo se va desarrollando hasta alcanzar su plenitud en las primeras décadas del siglo XX.

Las Tres piezas para orquesta, de Alban Berg fueron dichas con expresión y contundencia por una plantilla entregada; ya queda apuntado que los lieder de Mahler fluyeron en la hermosa voz de Zhidkova de forma íntima y subyugando a un público quizás demasiado abrumado por la obra anterior.

Ya en la segunda parte pudimos descubrir una breve obra de Jesús Rueda, arriba mencionada, y que nos muestra en sus apenas ocho minutos un crescendo paulatino que culmina en un extremo paroxismo hasta colocarnos a los oyentes al borde del desasosiego. Terminó el concierto con la obra de mayor duración, el epitafio sinfónico de Shostakovich, esa obra en la que las menciones a otras obras (Rossini y Wagner son las más evidentes) sirve en bandeja al compositor dar rienda suelta a su ironía, cuando no retranca. Y en este sentido celebrar que las secciones desarrolladas en el siglo XX, metales y percusión, sirvieran de forma tan decidida a que la velada terminara con éxito.

Es obvio que a ello ayudó una cuerda sedosa, de sonido intenso y unos jóvenes músicos que en sus momentos de solistas (caso de la concertino, Raphaëlle Moreau y la violoncelista Marlene Muthspiel) brillaron a gran altura.

Ya queda apuntado que la asistencia no fue la deseable. Nos enfrentamos a una propuesta arriesgada, coherente y llena de interés aunque quizás demasiado iconoclasta para algunos oídos más sensibles, lo que provocó una ocupación no superior a dos tercios en el Baluarte. Una lástima. Contemplar tantas butacas vacías dice poco (o mucho, depende de cómo quier entenderse esta cuestión) de la afición musical navarra. Lo que si sobran son ruidos con teléfonos de sonidos rockero y bastones y monedas cayéndose continuamente al suelo de madera del auditorio. Seguimos sin aprender.

 

 

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