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barberillo zarzuela javier del real 1 

Padre y muy señor nuestro

Madrid. 03/03/19. Teatro de la Zarzuela. Barbieri: El barberillo de Lavapiés. Borja Quiza (Lamparilla). Cristina Faus (Paloma). María Miró (Marquesita). Javier Tomé (Don Luis). David Sánchez (Don Juan). Abel García (Don Pedro), entre otros. Coro del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Alfredo Sanzo, dirección escénica. José Miguel Pérez-Sierra, dirección de orquesta. 

Decir Barbieri es decir palabras mayores. Decir Barberillo, como decir Jugar con fuego, Los diamantes de la corona o Pan y toros, también. Por su música, por su retrato. A Don Francisco debemos la zarzuela, al menos el concepto final y definitivo de la misma, como género que nos es propio, como definición, como prisma, como custodia y como promotor de nosotros mismos. Barbieri es, al fin y al cabo, padre y muy señor nuestro. Su Zarzuela era la respuesta a la crisis identitaria, ya saben, en el panorama lírico nacional. Con Barberillo, el compositor sigue, obviamente, mirando hacia Italia, pues es inevitable el paralelismo con el Barbiere de Rossini (Barbieri-Barberillo-Barbiere, parece un trabalenguas), con la maravillosa página de salida para su protagonista y sus técnicas a lo largo de toda la obra, pero también hay en él pinceladas del mismísimo Verdi (¡ese terceto nocturno!). Todo ello, por supuesto y esta vez sí, impregnado de la comentada "identidad nacional". En sus formas, en sus zapateados y seguidillas; en su mirada hacia la tonadilla y su explotación del madrileñismo (¡qué acertado y necesario aquí también Luis Mariano de Larra) y en su crítica social. Las bases ya estaban cimentadas.

En esta nueva producción del Teatro de la Zarzuela, la dirección musical de José Miguel Pérez-Sierra es atrevida. Detenida y atrevida. Detenida en el estudio, en el análisis; atrevida en su exposición, en su desarrollo. Con tales forma consigue una lectura briosa, viva, que da brillantez a la música de Barbieri. Y eso, en esta obra cargada de tanta exquisitez melódica y tantas formas, es tan imprescindible como, al conseguirlo, maravilloso. Junto a la Orquesta de la Comunidad de Madrid, que sigue subiendo enteros, el Coro del Teatro de la Zarzuela se mostró soberbio en sus intervenciones, tanto el femenino como el masculino. Vivir la Zarzuela, el teatro y el género, hoy en día y en esta ciudad, es vivir el Coro del Teatro de la Zarzuela.

Por su parte, la dirección escénica y la adaptación de la obra por parte de Alfredo Sanzol, quien acaba de ser nombrado nuevo director del Centro Dramático Nacional, es sutil, sutilísima, en la búsqueda del detalle que conforme un impacto estético cohesionado. Ayuda a ello la coreografía de Antonio Ruz y el vestuario de Alejandro Andújar. También su escenografía, del todo minimalista, del todo imaginativa. Personalmente, me doy cuenta de que cada vez necesito menos una corrala para ver Lavapiés. Desde los paneles móviles y oscuros que propone Andújar y con los que juegan los personajes, puedo ver el Madrid del XVIII mientras siento el de 2019, que es una explosión de todos y todos en un barrio que, como puede escucharse, siempre ha perseguido la libertad y la expresión artística. La tradición y la costumbre han de cuestionarse, siempre. Quizá para dejarlas como están en muchas ocasiones, para remozarlas o renovarlas y seguir diciendo lo mismo en otras; para cambiar el mensaje y el discurso, finalmente, cuando sea necesario. Pensar y reflexionar no debería verse como algo negativo. No hoy día. De hecho, pensar, como hecho en sí, es algo que la crítica debería aplicarse como mandato. Urgente.

Volviendo a Sanzol, es obvio el trabajo que hay detrás con los cantantes, creando personajes y figurines muy redondos, aunque les flojee el verso de vez en cuando. Su adaptación es... iba a decir respetuosa, pero igual de respetuosa podría haber sido una con mayores cambios, más radical. De nuevo, digamos, es sutil, es cuidadosa y deja que Larra siga respirando por sí solo. La trama, los chascarrillos y los paralelismos siguen volando e impactando en nosotros y nuestro presente con pasmosa facilidad. Con un trabajo tan delicado y tan en pro de la belleza, con ese contraste entre escena y figurines, se augura buenos tiempos para el CDN.

En cuanto a los personajes, la sensación general deja muy buen sabor de boca, empezando por el Lamparilla de Borja Quiza, que tiene chispa y gracia en cada escena. Muy bien trabajada la palabra, quizá las formas adolezcan de levedad, sobre todo a medida que avanza la función, pero consigue llevarse al público de calle con una visión fresca y vocalmente conveniente. A su lado, la pizpireta Paloma de Cristina Faus supone también toda una acertada creación. Es ágil, como demuestra en su página de salida, es atrevida y es muy madrileña, con estupendo trabajo en el decir y en la acentuación, como puede disfrutarse en el duo con la soprano. Esta, la Marquesita, es María Miró, quien posee una voz lírica plena, de terso centro y bello timbre. Un terceto protagonista de lo más acertado, pues. 

Barberillo nació ya siendo un clásico. Sigue siendo un clásico. Démosle vueltas, disfrutemos a los clásicos desde el presente y que siga sonando Barbieri en la Zarzuela.

Foto: Javier del Real.

 

 

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