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Mahagonny Aix 10

La batuta precisa

Aix-en-Provence. 15/07/2019. Gran Teatro de la Provenza. Weill: Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny. Karita Mattila (Begbick), Alan Oke (Fatty), Sir Willard White (Moses), Nikolai Schukoff (Jim), Anette Dasch (Jenny). Coro Pygmalion. Philharmonia Orchestra. Dirección escénica: Ivo van Hove. Dirección musical: Esa-Pekka Salonen.

Esa-Pekka Salonen es uno de los directores más importantes de su generación (además de un reconocido compositor) y ha vuelto a demostrarlo en su versión de esa joya operística que es Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny de Kurt Weill. La intensa relación de Salonen con el gran repertorio del siglo XX pudo verse hace tres años en este Festival de Aix con una maravillosa versión de Pelléas et Mélisande de Debussy. Esta vez, con otro compositor del mismo siglo, ha vuelto a adaptar perfectamente la dirección musical a la inmensa paleta de colores que despliega Weill en su partitura. De las escenas más bulliciosas o expresionistas (y también más estremecedoras, como la que acompaña al ciclón que amenaza la ciudad) a las más líricas e íntimas, su lectura ha sido precisa, milimétrica y a la vez expansiva y soñadora. Porque en un momento dado, Weill parece que le da un respiro a su drama y deja atisbar un futuro para esa ciudad del pecado. Es algo pasajero, un pequeño fragmento musical que acompaña una de los solos de Jim Mahoney, pero Salonen supo mostrarlo con una delicadeza exquisita, en medio de ese sarcasmo que envuelve casi toda la composición. Sólo un maestro de la categoría del finés es capaz de asimilar toda la riqueza de, repito, la compleja partitura de Weill y ofrecérsela a un público hipnotizado por lo que ocurría en la escena y en el foso. También hay que reconocer que estaba a su mando una orquesta que conoce perfectamente (y ella a él) y de la que es titular: la Philharmonia Orchestra, uno de los tres conjuntos sinfónicos de primer nivel que tienen su sede en esa meca de la música que se llama Londres, y que se adapta perfectamente a las directrices de la batuta, con un sonido rico, fresco, que mezcla sin problemas un sonido de “big-band” con otro ampulosamente más clasicista.  

Y es que la música de Weill, para este texto excepcional de Bertolt Brecht, es una de las partituras más variadas y espectaculares del ya de por si estupendo mundo operístico del siglo XX. Es como un gran fresco donde se mezcla la tradición clásica, los ritmos de cabaret o bailables del primer tercio de siglo y la inspiración expresionista de la música de Weill. Todo dando forma a una ópera que uno no entiende, como con tantas óperas del XX, que no se represente con más asiduidad, porque esto sí que crea afición, porque Mahagonny, pese a tener casi cien años, está aún vigente como música, y como texto es inmortal. La fantasía de Far West que es Mahagonny es un una crítica mordaz (pero con una indudable ternura amarga hacia el individuo) a la sociedad en general y particularmente a la alemana de entreguerras, donde el dinero, la ambición y el control de las masas llevará inevitablemente a la era nazi. Pero también, con toda esa acidez que la impregna, yo siento que es un canto a la libertad, al ansia del individuo por librarse de las ataduras de lo establecido. Un grito que refleja todo lo que fue culturalmente la República de Weimar, esa época tan fructífera para la cultura en todas sus formas y que, como no podría ser de otra forma, los nazis calificaron de “degenerada”. Esa degeneración que impregna Mahagonny es real, pues nos muestra lo peor del ser humano, pero es inmensamente enriquecedora en lo musical y en ponernos un espejo para que nos veamos tal como somos, y quizá, sólo quizá, a través de esa visión, poder cambiar.

Si por algo se caracteriza el Festival de Aix es por propuestas escénicas (casi siempre estrenadas aquí) de gran calidad e innovadoras. A veces no son del gusto de todo pero no creo que sea el caso de la producción, que dirige el belga Ivo van Hove, pues se adapta como un guante a lo que representa Mahagonny. No hay muchos elementos: una gran pantalla (encima de una estructura metálica que también se usa como tribuna para arengar a la multitud) en la que se pueden ver imágenes de alta calidad que un cámara está grabando entre los cantantes de la representación (una especie de reportero que retransmite en directo lo que ocurre en la ciudad), unos cuantos elementos de atrezzo para el bar, o el prostíbulo y, en la segunda parte unos paneles para un croma, jugando otra vez con las imágenes en directo. Es verdad que algunas veces el movimiento de esa cámara portátil marea un poco, pero en general el resultado estético es actual, cercano a lo que vemos cotidianamente en el mundo audiovisual. Lo que realmente destaca de esta producción (completada por unos buenos figurines de An d’Huys y una excelente iluminación de Jan Versweyveld, responsable también de la escenografía) es el fabuloso movimiento de actores. La Mahagonny de van Hove surge de la nada y crece de forma desordenada y caótica, y así se comportan sus habitantes: los tres que la fundan, las prostitutas que empiezan a llegar, los cuatro buscadores de oro de Alaska que aparecen, la multitud que se ve atraída por el juego, la diversión y la bebida. Es un movimiento constante pero milimetrado, perfecto, muy trabajado y teatralmente admirable.  

Esta ópera tiene un protagonista, la ciudad de Mahagonny. La ciudad y sus habitantes. Unos cantan más, otros menos, pero es el conjunto el que manda y, en esta ocasión, fue formidable. Destacaría en primer lugar el Coro Pygmalion que dirige Richard Wilberforce. Interviene su sección masculina, que dio toda una lección de canto, de empaste y de conexión con la partitura y con la producción. Una vez más, este coro tan versátil me ha dejado con la boca abierta. Individualmente, el mayor protagonismo se lo lleva el personaje del buscador Jim Mahoney, que defendió con gran clase el siempre solvente Nikolai Schukoff. Antes de seguir, quiero señalar que la partitura vocal de esta ópera es endiabladamente difícil, con movimientos constantes a lo largo de toda la tesitura de las diversas voces, en ejercicios de una complicación absoluta y que convierten en canciones de cuna a otras partituras más conocidas. Schukoff estuvo espléndido en sus intervenciones (salvando algún desajuste en los agudos más extremos) y emocionó tremendamente en su solo del último acto, "Wenn der Himmel hell wird". También al más alto nivel la Jenny Hill de Annette Dasch. Ya en la famosa Alabama Song dio muestras de su calidad, aunque su mejor intervención fue su dúo con Jim, "Ich habe gelernt". Impecables el trío de fundadores encabezados por una impresionante Karita Mattila que demuestra, como siempre, que es una excelente actriz. Vocalmente adapta al personaje de Begbick a su arte, consiguiendo una interpretación convincente. Como lo hacen Alan Oke y el veterano Sir Willard White como Fatty y Moses, respectivamente, cantando con varios de los otros protagonistas la bella Canción de Benarés. El cuarteto que llega de Alaska y del que es parte Jim, lo completan el excelente tenor Sean Panikkar (doble papel como Jack y Tobby), junto a Thomas Oliemans como Bill y el Joe de Peixin Chen, el más flojo de los tres vocalmente. También a gran nivel las seis chicas que acompañan a Jenny en sus correrías.

A Weill aún no se le conoce lo suficiente y la programación de sus obras que tienen tantos formatos y diferentes estilos debe incentivarse, y más si es con un trabajo tan destacable como el que hemos podido ver en el Gran Teatro de la Provenza.

 

 

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