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WestSideStory arriaga19 

La partitura, por encima de todo

16/08/2019. Teatro Arriaga. West Side Story, de Leonard Bernstein. Adrian Salzedo (Tony), Talía del Val (Maria), Silvia Álvarez (Anita), Victor González (Riff), Oriol Anglada (Bernardo), Armando Pita (Schrank), Enrique R. del Portal (Doc) y otros. Dirección escénica: Federico Barrios. Dirección musical: Gaby Goldman.

Me siento impelido a suplicar antes de comenzar a desarrollar esta reseña de la segunda función del viernes, 16 de agosto, en la víspera del comienzo de la Aste Nagusia 2019 (Semana Mayor), es decir, las fiestas de la capital vizcaína tanto a la dirección de esta casa, que me acogió desde su nacimiento como a cualquier lector que se atreviera con estas líneas. A la dirección de Platea Magazine suplicar compresión dada mi limitada experiencia en el campo del musical; y al hipotético lector, benevolencia ante mi palmaria ignorancia. Sin ambas, háganme caso, no merece la pena seguir leyendo. Y con ellas, quizás, tampoco.

Conozco West Side Story a través, como no, del cine. En casa la he podido ver en más de una ocasión; pero es que, además, tuve la oportunidad de asistir en octubre de 2018 a la película en pantalla gigante, en el Palacio Euskalduna y con la interpretación en directo de la música de esta obra, concierto de la Orquesta Sinfónica de Bilbao y del que dejamos pertinente crónica. Y releyéndola, me doy cuenta que muchas de las cuestiones allá citadas me veo obligado a repetirlas pues las circunstancias apenas han cambiado.

También conozco la obra de la mítica grabación que para Deutsche Grammophon hizo el compositor con las voces protagonistas de Kiri Te Kanawa y Josép Carreras, grabación que ganó todos los premios imaginables y que acercó al mundo operístico más clásico una obra diseñada para otras formas interpretativas. Este conocimiento de la obra condiciona de forma palmaria mi aproximación al concierto que nos ocupa, como descubrirán en líneas posteriores.

Lo reconozco: tras cuatro décadas escuchando –casi- solamente música clásica, esta función ha sido mi primer musical en directo. Habrá quien considere mi actitud pecado de soberbia y no le faltará razón. Sin embargo, como un servidor firma la reseña considero importante en este caso infrecuente en mi caminar como aficionado a la música dar pistas previas de por dónde va a ir el asunto.

¿Me gustó la función? Pues es disfrutable siempre y cuando se eliminen de la cartera de prioridades algunas cuestiones que en el ámbito clásico son imprescindibles. Vayamos por partes.

El programa de mano recoge los intérpretes de todos los papeles y en el caso de los principales, hasta los cuatro nombres de los artistas que se alternan. Aparece también más de veinte nombres de personas responsables de aspectos técnicos, que van desde el responsable de sonido o la de vestuario hasta el del profesor de lucha escénica. Perfecto. Pero, ¿y la orquesta? Ni una línea. Y lo peor es que en estos momentos de escritura precipitada soy incapaz de aclarar al lector qué oímos ayer.

Por ejemplo, conviene señalar que en la parte superior del escenario estaba situado un quinteto de metales que interpretó algunos de los números danzables de la primera parte. Junto a los instrumentos de viento era palpable, evidente y notoria la presencia sonora de percusión (al menos, una bateria) mas yo… no la vi. Ocurre lo mismo con el grupo instrumental incrustado en el foso orquestal que, por cierto, estaba muy tapado: la presencia de la percusión en la obra es importante (en la reseña del concierto de octubre de 2018 menciono la presencia de siete maestros solo en esta sección) pero un servidor no vio un solo instrumentista. Y me pregunto una vez más: ¿qué hemos oído? ¿Cuánto hay de directo y cuánto de manipulación de grabaciones? Y lo más importante, ¿por qué no se aclaran estas cuestiones al público que ha pagado un precio nada despreciable?

En cuanto a las voces, poco que decir. Admito tener deformación “clásica” pues son ya varios cientos de funciones las que he podido vivir pero en este caso es difícil comentar nada de las mismas dada la amplificación utilizada, excesiva en opinión de quien firma. Intuyo dos voces interesantes con cierta capacidad de empaste y capacidad de afrontar notas ajenas a la zona central con cierta solvencia, a saber, la de Talía del Val (María) y, sobre todo, la de Silvia Álvarez (Anita). Del resto puede vislumbrarse una forma “popera” de cantar, con agudos muy abiertos y pianos confundidos con suspiros que simulan canto, ausencia de empaste y de proyección. Ello tuvo como principal consecuencia el notorio desequilibrio entre la pareja de enamorados en las escenas más románticas, en detrimento de él.

Por lo que a la actuación se refiere el tono general fue de estilo espasmódico, abusando de los gestos forzados y las exclamaciones en grito, confundiendo enfatizar con gritar o convulsionar. Sobre todo los momentos más dramáticos pecaron de esta circunstancia, a la que no es ajena, todo sea dicho de paso, el mundo lírico que me es más cercano.

Reconozco mi ignorancia absoluta en materia de danza aunque los números tuvieron cierta calidad y lo que es muy evidente es que el espectáculo viene más que rodado.

Otra cuestión sujeta a discusión debería ser la lengua en la que se ofrece la obra. Teniendo en cuenta los medios técnicos de los que disponemos hoy en día, donde la traducción simultánea está perfectamente encardinada, puede aceptarse la traducción de los textos hablados, importantes en este musical, pero escuchar ¡Al fin! en lugar de Tonight! no deja de ser una pérdida.

La puesta en escena es muy clásica, ágil y eficaz. Las continuas transiciones entre la habitación de María, el café de Doc o las calles de Manhattan se hacen con habilidad y sin demora alguna en el desarrollo de la historia.

Ya se sabe que en determinados momentos la aprobación o no se manifiesta en base a pequeños aulliditos que suplen a los convencionales ¡bravo! de toda la vida. Pues bien, durante la función apenas se aulló y al final, dentro de un reconocimiento y aprobación general, tampoco puede decirse que el clamor (es decir, el volumen de los aullidos) fuera importante.

Y si ahora cualquier de ustedes me preguntaran por la recomendabilidad o no del espectáculo, yo les animaría a ir, más allá del nivel de los precios. Y es que, por encima de todo, brilla como una luminaria la partitura de Leonard Bernstein, la gran triunfadora de la noche. Y así se nos caerá la cara por la vergüenza a aquellos que siquiera por un momento tildamos a Bernstein de “menor” por componer obras tan maravillosas como West Side Story. En el remordimiento llevamos la penitencia.

Al comienzo de estas líneas les pedía comprensión y benevolencia. Espero que haya sido así. 

 

 

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