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Grands Ballets Canadiens de Montréal 1 

Homenaje a los clásicos

Barcelona, 15/09/2019. Gran Teatre del Liceu. Obras de Pergolesi y Beethoven. Les Grands Ballets Canadiens de Montréal. Edward Clug, Uwe Scholz, coreógrafos. Orquesta del Gran Teatre del Liceu. Dina Gilbert, dirección musical.

Abre estos días el Gran Teatre del Liceu su temporada de danza con una compañía canadiense: Les Grands Ballets Canadiens de Montréal. Es un conjunto de buen nivel que presentó dos coreografías diametralmente distintas y también con resultados muy diferentes. La primera parte la ocupaba el trabajo del bailarín rumano Edward Clug sobre el precioso Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi. Clug nos plantea su versión de la Pasión de Cristo en la que, a través de las distintas coreografías, se va representado el sufrimiento y el dolor que a madre e hijo le supone su sacrificio por los hombres. La idea, sin ser original, no es desacertada, pero la bellísima música de Pergolesi no tiene reflejo en los movimientos pensados por Clug que son eminentemente mecánicos y faltos de esa emoción de la que deberían estar impregnados para conseguir el objetivo planteado. Apoyado en unos largos bancos móviles que sirven como asiento a los bailarines-espectadores del drama, como cruz donde muere Jesucristo o como sepulcro donde se depositan sus restos, sólo una iluminación (responsabilidad de Marc Parent) de tonos pastel muy difuminados sirven de apoyo a los bailarines que realizan un buen trabajo técnico pero que no engancha ni entusiasma. La música discurre sin que el espectador se vea involucrado en el espectáculo dejando al final una sensación de distanciamiento y frialdad, todo lo contrario de lo que el Stabat Mater significa. Dina Gilbert dirigió a unos músicos de la Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu nada familiarizados con este repertorio y eso tuvo sobre todo su reflejo en las prestaciones de las cuerdas. Aún así los tiempos y la intención de Gilbert (muy profesional toda la tarde) fueron los adecuados salvando medianamente la parte musical, que se completaba con las voces de la soprano Kimy McLaren y la mezzo Maude Brunet, mucho más acertada esta última en sus intervenciones, aunque el conjunto del trabajo de ambas, sin ser sobresaliente, puede calificarse de correcto.

Radicalmente cambiaron las cosas, en el plano coreográfico, con la versión que presentó el ballet de la Séptima Sinfonía de Ludwig van Beethoven firmada por el fallecido Uwe Scholz (y adaptada ahora por Ivan Cavallari). Los grandes maestros clásicos (Petipa, Balanchine….) reciben un hermoso homenaje por parte de Scholz, que crea una coreografía llena de belleza, de pasos que se hunden en la gran tradición de este arte, enlazados con movimientos más contemporáneos, pero también con guiños evidentes (a través de figuras  de conjunto y vestuario) a esas bellas coreografías acuáticas de las películas de Esther Williams. Una fusión que funciona a la perfección y que emociona por la entrega tanto de solistas como del conjunto (aunque este muestre algún desajuste evidente, rápidamente olvidado por el esfuerzo mostrado y la dificultad de la coreografía) en unos movimientos que requieren una gran preparación técnica. El anclaje entre música y danza  se mostró aquí mucho más palpablemente: la alegría, la luz, la energía, que transmite (para mi la más bella obra sinfónica de Beethoven) tuvieron reflejo en unos movimientos precisos, estimulantes, tan académicos en su belleza, en los que brillaron los distintos solistas (nombraré alguno de ellos aunque todos merecen un amplio e intenso aplauso: Yui Sugawara, Doddy Dobble, Maude Sabourin, Dane Holland Mai Kono, Stephen Satterfield, Rachele Buriassi, Raphaël Bouchar, Matthew Cluff, André Santos…). Pese al buen trabajo a la batuta de Gilbert, la Sinfónica del Liceu, esta vez sin la excusa de no ser un repertorio poco transitado por ella (caso de Pergolesi) volvió a mostrar deficiencias impropias de una orquesta de este nivel. Sobre todo las cuerdas (con unos violines que nunca estuvieron a la altura de la música de Beethoven) y los vientos dejaron una impresión muy pobre, sobre todo en comparación a la hermosa coreografía. 

Sirva esta crónica para volver a romper una lanza (sin mucha esperanza, la verdad) para que nuestros dos teatros más emblemáticos tengan una compañía de danza propia, algo que está extendido en los grandes centros operísticos y también en otros teatros que no tienen el renombre del Real o el Liceu. Nunca estarán en el primer nivel sin contar con un buen conjunto estable que ofrezca una temporada de danza. Mientras tanto, sin ser extraordinario, se puede disfrutar de espectáculos como el que comentamos, que nos acercan a una de las más excelsas Bellas Artes.

 

 

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