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BARBIERE PALERMO rosellina garbo 1

Volver a la infancia

Palermo. 23/09/2019. Teatro Massimo di Palermo. Rossini: Il barbiere di Siviglia. Vincenzo Taormina (Figaro). Chiara Amarù (Rosina). Levy Sekgapane (Almaviva). Marco Filippo Romano (Don Bartolo). Carlo Lepore (Don Basilio). Piera Bivona (Berta). Entre otros. Orchestra e Coro del Teatro Massimo. Pier Francesco Maestrini, dirección de escena. Joshua Held, animación. Gianluca Capuano, dirección musical.

Rossini sabía hacer reír. Y sabía hacerlo muy bien. También ponerse serio. Ahí mismo, en una de las salas del Massimo, está colgado el cartellone de una mítica Elisabetta Reghina d'Inghilterra (con Leyla Gencer) cuya música "autoplagió" el compositor en Il barbiere di Siviglia, su obra más conocida y uno de sus mayores estallidos de color. El rossini cómico es siempre, su música obliga, un estallido de color... que ha de saberse canalizar y exponer para que la amalgama resulte satisfactoria. Pocas veces recuerdo haberme reído tanto en un teatro como con L'italiana in Algeri que firmaron Comediants. O por ir centrándonos, con el también reciente Barbiere de Moshe Leiser y Patrice Caurier en la Royal Opera House de Londres. Ambas producciones en clave colorista. En realidad, la música de Rossini ya se vale por sí sola para colorear escenarios y se pueden recordar apuestas muy bien hechas incluso con la predominancia del blanco y negro (al fin y al cabo, también son dos colores) como las de Martin Lyngbo o Emilio Sagi. Lo que sí que no parece casar muy bien con el espíritu del rossini cómico y en concreto del Barbiere, es el gris propiciado por la aparente falta de ideas.

Esta es la sensación que transmite la propuesta de Pier Francesco Maestrini en el Teatro Massimo de Palermo, donde se ha jugado la baza del video y la fusión de este con el escenario, sin que se haya logrado una homogeneización y un concepto único que una pantalla y escenario de forma continuada (a años luz aquí de La flauta mágica de Barrie Kosky). A través de unas animaciones  de Joshua Held no siempre acertadas, no siempre con un lógico sentido, se introduce al propio Rossini travestido de todos y cada uno de los personajes de la ópera, en un aparente apoyo de lo que va sucediendo en la escena. El gran problema es la contínua "desconexión" de la pantalla, yéndose al gris o utilizando este color como fondo de unos trazos simples y unas formas demasiado básicas para una animación que acaba por perder su gracia, máxime a medida que avanza la función y los gags parecen ir repitiéndose en su similitud. A esto se suma la utilización de efectos sonoros en cualquier momento de la partitura (arias incluidas), que terminan por dotar de cierto aire infantil a la propuesta; como si estuviéramos asistiendo a una función escolar. Bueno, ¿quién no quisiera regresar a la infancia, aunque sea por una noche? El color se trasvasó con justicia y tino, hay que decirlo, a un divertido vestuario de Luca Dall'Alpi, que quien escribe se tomó, además, como una reivindicación del cuerpo. Del cuerpo que cada uno tenga, que es lo que menos importa para cantar.

No obstante, sigue siendo Rossini y se muestran golpes de efecto muy acertados, en su mayoría referentes al personaje de Rosina, con alusiones al cine o a otras óperas, así como un maestro de música llamado Pavarotto, que encuentra en la comicidad e imitación de Levy Sekgapane a un gran aliado. El tenor sudafricano, quien acaba de lanzar su primer álbum dedicado al bel canto, mostró una coloratura aseada, como es habitual en él, con elegantes variaciones y un agudo desenvuelto, en una voz que parece haber adquirido algo más de cuerpo, siempre en un timbre de por sí pequeño. Todo ello en un músico sensible y atento que desplegó sus mejores formas en Se il mio nome y el dueto con la mezzosoprano, además de en un muy aplaudido Cessa di più resistere final, en tantas otras ocasiones cortado, pero que aquí pudo disfrutarse gracias a una edición de la partitura muy completa. 

Por su parte, Chiara Amarù mostro un timbre denso y homogéneo, con facilidad en las coloraturas y un registro grave que encontró mejor forma a medida que avanzó la noche. Rossini necesita de la complicidad y descaro de los cantantes, por encima de direcciones de escena, y en Amarù encontró el compositor una buena amiga en su frescura y soltura sobre el escenario. Vincenzo Taormina, palermitano también como la mezzo, cantó un Figaro desenvuelto, implicado en la escena y admirable en lo vocal, cuadrando un círculo de voces graves de elogiable resultado junto al Don Basilio de Carlo Lepore y el Bartolo de Marco Filippo Romano. Voces muy italianas, de clara dicción y precisa proyección que, junto a la buena prestación de los comprimarios, hicieron de los cantantes la mejor baza en esta apuesta.

Ayudó también al balance positivo la labor de Gianluca Capuano al frente de la Orchestra del Teatro Massimo di Palermo, una batuta que ya va convirtiéndose en habitual del Festival de Salzburgo (para este pentecostés volverá con Don Pasquale y Orphée) y que ha hecho del bel canto, Mozart y el Barroco sus caballos de batalla. Capuano supo exprimir, vuelvo de nuevo, color a una orquesta que siempre puso intención. Tensión y brío se sumaron, cuando en Rossini son tanto garantía como necesidad. De todo ello hubo, felizmente, en este "volver a la infancia".

Foto: Rosellina Garbo.

 

 

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