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SamsonDalila Berlin19 MatthiasBaus

Peplum a la hebrea

Berlín. 30/11/19. Staatsoper Unter der Linden. Saint-Saëns: Samson et Dalila. Brandon Jovanovich (Samson), Elīna Granca (Dalila) Michael Volle (Sumo Sacerdote de Dagon) Kwangchul Youn (Abimelech). Coro de la Staatsoper. Staatskapelle Berlín. Dirección de escena: Damián Szifron. Dirección musical: Daniel Barenboim.

En los cines de barrio, y en mi caso, en el cine de los claretianos, vi, en mis tiempos jóvenes, un buen número de películas centradas en la antigüedad, en la Biblia, Roma o Atenas. Más adelante supe que a ese género de serie B se le denominaba “peplum” en alusión a la vestimenta de los protagonistas. Sospecho que el cineasta argentino Damián Szifron es aficionado a este género, y ha visto en la versión cinematográfica de Sansón y Dalila protagonizada por Hedy Lamarr y Victor Mature una fuente de inspiración para la nueva producción de la ópera de Camille Saint-Saëns, Samson et Dalila que ha estrenado la Staatsoper de Berlín. Pero está claro que su visión del teatro operístico no es lo que se dice actual. Hay producciones clásicas en todos los teatros que siguen funcionando cuando se reponen porque conservan la esencia de la ópera y gustan a un público poco proclive a las nuevas experiencias teatrales. Aún así, es bastante difícil encontrar ahora un trabajo que recuerde más a producciones de hace treinta años o más que a las actuales. La de Szifron no es una producción que homenajee a los clásicos, simplemente a mí me parece viejuna (expresión poco ortodoxa pero que refleja lo que pienso). Sobre todo el primer acto tiene nulo atractivo y repite lugare comunes propios de esas películas peplum de que hablábamos gracias a una dirección escénica errática (los coros van y vienen por el escenario sin un sentido lógico, el buey que arrastra Sansón al que luego le arranca un cuerno para matar filisteos, Dalila embarazada del juez hebreo, la aparición de dos retoños más tarde...), la terrible escenografía de Étienne Pluss y a una iluminación poco acertada de Olaf Freese. Las cosas se enderezan un poco en el segundo acto, centrado en una cueva de cartón piedra y en el tercero con sus dos partes, tanto en la prisión de Gaza como en el templo de Dagon. Aún así la producción nunca remonta totalmente el vuelo y aunque tengamos en cuenta que ésta no es una ópera fácil de escenificar, Damián Szifron ha pinchado en hueso.

Musicalmente las cosas pintaron mucho mejor aunque tampoco fue una velada completamente redonda, teniendo en cuenta las grandes figuras que se habían reunido para esta ocasión. También es verdad que tendemos a ser tremendamente exigentes con algunos nombres y que todos no podemos estar al cien por cien siempre. La gran triunfadora de la noche fue Elīna Garanča, una voz, una presencia escénica, una cantante que se da con mínima frecuencia en cada generación. Su timbre es de una belleza deslumbrante y se mueve por toda la tesitura con una facilidad y una seguridad pasmosas. Ni el agudo ni el grave son problema para ella y tiene un centro completamente arrebatador. Estuvo espectacular en cada una de sus intervenciones, por su puesto en la celebérrima Mon coeur s’ouvre à ta voix, llena de sexualidad y magia. Pero personalmente creo que fue en el aria que cierra el primer acto, Printemps qui commence, donde la sutileza, las medias voces, la extensión y potencia de de su voz, todas sus cualidades que hacen a esta mezzo única se mostraron de una forma apabullante.

Brandon Jovanovich nos brindó un Samson que fue de menos a más. Si no estuvo especialmente arrebatador en el primer acto, sí que la cercanía con Dalila en el segundo mejoró su trabajo para llegar a un tercer acto que defendió con gran seguridad pese a ese agudo final terrible con el que acaba la obra que no salió especialmente bien. Pese a ello su voz es atractiva, tiene volumen y se entrega actoralmente y estuvo muy convincente es su aria de la cárcel, estupendamente cantada. Michael Volle es un valor seguro en cualquier reparto y lo volvió a demostrar en su papel del Sumo Sacerdote de Dagon. Volle es otro de esos cantantes que dominan el escenario con su presencia, su potente y bien timbrada voz y un canto que convence, en este caso con esa mezcla de maldad y mando que requiere el personaje. Estupendo. Kwangchul Youn, es un cantante que merece todos los respetos por una carrera impecable en su cuerda, pero aunque su voz sigue corriendo bien por el teatro, su excesivo vibrato deslució su breve intervención como Abimelech. También fue de menos a más el excelente Coro de la Staatsoper, menos compacto en el primer acto y muy bien en el tercero.

Sería estúpido ponerse aquí y ahora a desgranar las cualidades que han hecho de Daniel Barenboim un director de referencia en el mundo operístico y sinfónico. Es de los grandes, grandes y en eso no hay discusión ninguna. Pero esta no fue la mejor noche de su batuta que no tuvo ese brillo tan especial y personal tan característico del director. Por supuesto su Samson es exquisito, elegante, detallista. Pero le falta carácter, personalidad, algo que haga al oyente decir: “ese es Barenboim”. De cualquier otro director diríamos que es una excelente dirección. A las estrellas siempre le pedimos más, esa es su cruz. Impecable, como siempre esa orquesta totalmente rendida y adaptada a la mano de Barenboim que es la Staatskapelle de Berlín. Su calidad hace que el foso berlinés este entre los más altos de los teatros mundiales y una vez volvió a demostrar por qué.

Entre las puestas incomprensibles que sólo puedes seguir con audioguía que te explique cada acción que pasa en el escenario y que parece ajena a la obra y lo que vimos en este Samson, con una dirección directamente pegada a la tierra y con aroma de los años ochenta, hay muchas cosas, muchas producciones que comprendan el cambio que la escenificación operística ha sufrido pero que respeten a la vez al compositor, a la música y a los cantantes. Esperemos que la próxima vez se acierte más en este difícil equilibrio.

Pd. Mientras escribo estas líneas me he enterado de la muerte del gran Mariss Jansons, vaya para él este pequeño tributo, una ínfima parte de lo que le debemos a un director único.

Foto: Matthias Baus.

 

 

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