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Powder her face Foto E Moreno Esquibel 

No sólo de pan vive el aficionado

Bilbao. 6/07/2016. Teatro Arriaga. Thomas Adés: Powder her Face. Olga Zhuravel (Duquesa, soprano), Alan Swing (Duque y otros, bajo), Heather Buck (Doncella y otras, soprano), Alexander Sprague (Electricista y otros, tenor), Orquesta BIOS. Dirección de escena: Carlos Wagner. Dirección musical: Diego Martin-Etxeberria

En la capital de la ópera italiana del XIX por deseo de la principal entidad organizadora de este arte en la capital vizcaína el Teatro Arriaga es una pequeña isla que, con una pizca de imaginación, es capaz de programar cada año algún título infrecuente por estos lares. Este último concepto no deja de ser peligroso de usar aquí porque Bilbao es una plaza operística “importante” donde, por ejemplo, jamás se han podido ver y escuchar Parsifal, Pelleas et Melisande o Wozzeck, por poner solo tres ejemplos de obras imprescindibles en la Historia de la Ópera

El Teatro Arriaga, hasta ahora bajo la responsabilidad de Emilio Sagi y tambien en épocas anteriores, nos ha permitido descubrir entre otros títulos Mirentxu, de Jesús Guridi, Elegy for Young Lovers, de Hans Werner Henze, Des Schauspieldirektor, de Mozart, Il mondo della luna, de Haydn, Les enfant terribles, de Philip Glass o el que provoca esta crónica, es decir, Powder her Face, de Thomas Adés.

Este tipo de títulos conlleva un riesgo por el conservadurismo de un público que apenas cruza los Alpes en esto de escuchar ópera aunque quizás ello no justifica que la campaña propagandística, necesaria por otro lado, se basara en una escena de la ópera que apenas dura veinte segundos, consistente en la aparición de un cuerpo masculino desnudo, por otro lado, brillantemente resuelto. Tampoco el hecho de que medios de comunicación generalistas hablaran de “ópera pornográfica” para presentar la obra de Adés.

En cualquier caso, la representación fue notable, con un acto II realmente brillante. La estructura de la obra se nos aparece clara: el primer acto es más bien descriptivo, donde las andanzas sexuales de la Duquesa de Argyll aparecen desmenuzadas tanto desde el foso como en la excelente puesta en escena de Carlos Wagner. En esta primera parte prima lo expositivo, lo extrovertido y, por lo tanto, lo más “escandaloso” en el aspecto escénico, con simulaciones de felación, masturbación y otros ejemplos de actividad sexual.

El acto segundo, sin embargo, es introspectivo, reflexivo y cubierto de un patetismo que empuja a empatizar con una mujer que, entre otras cuestiones, es severamente juzgada por un mundo de hombres y por una sociedad puritana. Aquí, la Duquesa se nos aparece de carne y hueso, la misma que en acto anterior era de carne y sexo. La última escena, con una Duquesa enajenada y sus labios deformadamente maquillados es brillante. 

Carlos Wagner demuestra conocer bien la obra sintiéndose libre ante ella y empujándonos a los espectadores a las andanzas sexuales de la protagonista a través de imágenes que, para más de un espectador, conlleva la desazón y la incomodidad. Eso sí, algunos que asisten al final de Pagliacci sin pestañear se revuelven en sus asientos al ver un hombre desnudo ante sí. 

Muchos son los papeles de la ópera pero ya advirtió el compositor que con cuatro cantantes era suficiente. Así, la soprano ucraniana Olga Zhuravel, habitual en este rol, quizás esta falta de mayor peso vocal para diferenciarla más fácilmente de su compañera, pero nos dibujó una Duquesa elegante, necesitada de compañía y amor y patética en un final muy logrado. La otra soprano, la estadounidense Heather Buck fue su doncella, además de varios otros papeles menores, y lo hizo de forma brillante. Una voz lírica bien proyectada y una capacidad actoral notable ayudaron a redondear una buena actuación.

Ellos fueron el tenor inglés Alexander Sprague, electricista y periodista en la ópera y que secundó de forma adecuada a su compañera Buck, pues ambos dos forman durante la obra una sociedad casi permanente. Por último, sobresaliente el bajo irlandés Alan Swing, en los papeles de Duque, juez y jefe de hotel, describiendo perfectamente la estulticia del primero, la hipocresía del segundo y la implacabilidad del último. El cantante está obligado por Adés a nadar entre notas extremas –especialmente en la zona grave- y de buscarle un pero podríamos apuntar la tendencia a clarear en la zona aguda.

Brillante la labor de Diego Martín-Etxeberria al frente del grupo de cámara de la BIOS (Orquesta Sinfónica de Bizkaia) al desmenuzar la minuciosa por descriptiva partitura del británico. En cuanto a la puesta en escena solo podemos aplaudir la propuesta de Carlos Wagner. Una gran escalera que se estrecha según asciende, domina todo el escenario, estando a la derecha del espectador una polvera gigante que es ora la habitación de la duquesa ora su hogar. Ella, a modo de perla en su concha, se refugia en ella cuando le descubren su vida licenciosa o cuando el juez la condena. De ella también surgirá el joven desnudo en un momento escénico brillante por original.

A pesar de algunos agoreros las deserciones en el descanso fueron mínimas. La reacción del públicoal final de la representación fue entusiasta y algunos nos quedamos con las ganas de acercarnos a Emilio Sagi, presente en la sala que hasta ahora ha dirigido y darle las gracias. Ahora llega la época de Calixto Bieito y los que deseamos comer algo más que pan, por muy bueno que este esté, deseamos no decaiga la imaginación.

 

 

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