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Hampson Wiener Palau

 

Vacaciones en el mar

Barcelona. 12/5/16. Palau de la Música Catalana. Obras de Franz Schubert, Antonín Dvorák, Arnold Schoenberg. Thomas Hampson, barítono. Orquesta Filarmónica de Viena (Rainer Honeck, concertino).

Que las calles de Barcelona se llenen de cruceristas que hacen turismo durante unas horas de escala es habitual. Que entre el público del Palau de la Música Catalana haya turistas que fotografían hasta el último rincón, tampoco es novedad. Que un crucero atraque en el puerto de Barcelona y desembarquen los músicos que ocuparán el escenario del Palau y el público que llenará la platea y el primer piso no es tan habitual. Esta era la situación el pasado jueves en el Palau, con un concierto atípico en muchos sentidos, promovido por la agencia de viajes que había organizado este crucero con conciertos a bordo y escalas musicales como la que hacía en Barcelona. Atípico también por la hora de comienzo, las diez de la noche, y porque el segundo piso del Palau estaba casi vacío. Las entradas de estas localidades se habían puesto a la venta para el público en general pero no parece que nadie se esforzara mucho en promocionar un concierto para el que ni siquiera se editaron programas de mano. El Palau, pues, se llenó de un público inusual, muy vestido, muy relajado, hablando en muchas lenguas, que no dejó por fotografiar ni un trocito de trencadís.

Los protagonistas musicales del evento, que es lo que importa más allá de la anécdota, eran la Filarmónica de Viena y el barítono Thomas Hampson, que ofrecieron un buen concierto, demostrando unos y otro su clase. El programa comenzó con Franz Schubert, que escribió su quinta sinfonía a los diecinueve años y lo hizo para una pequeña orquesta de aficionados en la que él mismo tocaba; el pequeño formato de esta obra la hacía muy adecuada para la versión viajera de la Filarmónica de Viena. La sinfonía, recorrida de principio a fin por melodías muy reconocibles, tiene una clara influencia mozartiana y, como piden también a menudo las obras de este compositor, pide intérpretes que se la crean y no se dejen arrastrar por su aparente simplicidad. Los músicos en el escenario (todos hombres, excepto una fagotista), dirigidos por el concertino Rainer Honeck, se la creyeron e hicieron una versión luminosa, con una sección de viento-madera cálida y una cuerda, precisa y con la intensidad necesaria. 

Después de la sinfonía de Schubert venía la menos vienesa de las obras del programa, las Canciones gitanas de Dvorák, en su versión original en alemán. Este ciclo de siete canciones se compuso para voz y piano y el arreglo para la orquesta que oímos es obra de la compositora checa Sylvie Bodorova, que lo hizo precisamente para la formación que oímos en el Palau, Thomas Hampson y la Filarmónica de Viena, hace algunos años. Las melancólicas canciones fueron bien interpretadas por Hampson, que quizá no acabó de encontrar el tono a la primera, Mein Lied ertönt, pero matizó perfectamente la tristeza de la tercera, Rings ist der Wald so stumm und still, antes de pasar a la pieza más conocida del ciclo, Als die alte Mutter y cantando una excelente In dem weiter, Breiten, luft'gen Leinenkleide, extrovertida, de carácter muy diferente de las dos anteriores. Si antes hablaba de la simplicidad aparente de la sinfonía de Schubert, merece la pena destacar aquí la aparente facilidad con que Thomas Hampson cantó este ciclo, implicado con la obra y la orquesta; una buena ocasión de escuchar interpretado por un barítono este ciclo cantado con más frecuencia para sopranos. Tras las Zigeunermelodien, Hampson y la orquesta ofrecieron como propina un retorno a Viena, la célebre Rheinlegendchen de Gustav Mahler, que nos dejó con ganas de seguir escuchando el barítono; si todo va bien, el público de Barcelona se reencontrará con él la próxima temporada, con la OBC y lieder de Mahler.

La segunda parte del concierto estuvo dedicada a una gran obra de juventud, la Noche transfigurada de Schoenberg; ahora ya sólo quedaban las cuerdas en el escenario, las lujosas cuerdas, debería decir. El principio de la pieza fue estorbado por las numerosas personas del público que llegaban tarde a sus asientos; el público crucerista comparte además con el resto de públicos la dificultad de disimular las toses y silenciar los móviles, qué le vamos a hacer. Más allá de estos pequeños percances, disfrutamos de la interpretación de la obra, con intensos diálogos entre los excelentes solistas, una de esas interpretaciones que te mantienen pendientes de cada nota hasta la última. Por último y como propina, un retorno al pasado, a la música de Mozart, con el andante de la Casación, KV 63. Y después de un buen concierto, a casa. O hacia el barco. 

 

 

 

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