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Bach opus 111

Barcelona. 26/5/2016. Palau de la Música. Palau 100 Piano. Obras de Bach y Beethoven. Lars Vogt, piano.

Desde ese inicio, siempre mágico y recogido del Aria inicial de las Variaciones Goldberg, Lars Vogt (Düren, Alemania, 1970), demostró un carisma y una sensibilidad especial. Ligereza en el tacto del teclado, respiración con los acordes, claridad en los trinos…con la primera variación el sonido y el equi-librio arquitectónico de la partitura comenzó a dibujarse en el aire como si de un engranaje perfecto se tratara. La asimilación del tempo, la aparente simplicidad y grandeza de la composición se fue desarrollando con la sensación de obra aprendida y aprehendida, fluyendo cada una de ellas como si de unas cuentas de un precioso collar musical se tratara. Juego de intensidades (Var. nº 3), ritmo y nervio (Var. nº5), creación de una atmósfera suspendida en el aire (Var. nº 7), juego de notas en espejo (Var. nº 11), para llegar a ese corazón espiritual que parece la variación nº 13, donde Vogt se recreó sobremanera, creando un sonido que pareció ir dibujando el silencio. La suavidad y tersura del teclado llegó a momentos de una abstracción hedónica que hipnotizó al público transformando sus casi cinco minutos, en una alarde de recreación temporal del sonido. El viaje de las Goldberg, casi setenta minutos de un Aria, 30 variaciones y un Aria da capo, suponen un viaje musical de una complejidad y exigencia única. El grado de concentración y perfección técnica es muy elevado, y Lars Vogt demostró tener la llave y madurez de mostrar un trabajo denso y reflexivo, basado en los contrastes de tempo, digitación vertiginosa y pureza del sonido de la Variación número 14. Pero también control de lo volúmenes como demostró en esa Variación, la nº 15, donde las notas parecían difuminarse en el espacio… pequeña pausa en medio de la obra, respiración y de nuevo inmersión en el mundo Goldberg con la Obertura de la Variación nº 16. De nuevo, el mostrar de un microuniverso de notas, y formas musicales barrocas varias, canon, fugas, ornamentaciones y dificultad interpretativa, fueron solventadas, mejor dicho sería decir, recreadas y construidas, por un intérprete que sabe medir la obra y desarrollarla con magnificen-cia y serenidad. Articulación y capacidad de mostrar como un juego, la dificultad de una variación como la nº 23, siempre con un sonido homogéneo y limpio, sin sensación nunca de emborronamiento, y siempre con buscado equilibrio y reflexión interna. Vogt no repite la partitura, ni siquiera emula o parafrasea en modo lectura, o a la manera de, sino que hace suya la obra, acariciando notas con sensibilidad extrema pero también con la capacidad de un cirujano de modelar a su antojo las notas de las variaciones con calidez y profundidad. Al llegar a la Variación nº 25, la más extensa, Vogt volvió a marcar estilo y transformó los algo más de siete minutos en una respiración continua del piano a través de sus manos, con un sonido casi fotográfico pues pareció querer mostrar la capacidad musical de Bach para crear mundos sonoros únicos, donde la música y el silencio se crean y desvanecen casi al unísono. Después de ese sobrenatural Adagio, la ejecución prosiguió con la frescura de una obra que llega a su conclusivo final y da capo con el Aria inicial, un eterno retorno al inicio, a los orígenes y a una forma de amar y entender la música por un intérprete maduro y profundo. Inolvidable.

¿Hacía falta una segunda parte después de unas Variaciones Goldberg como las ofrecidas?, ¿hace falta saltar de siglo y de estilo, a la última sonata beethoveniana?… seguramente tanto el público como el intérprete, hubieran agradecido tener en la memoria las últimas notas del Aria final da capo de las Goldberg, pero en el programa, propuesto por el mismo Vogt, al parecer, se ofreció esa sonata inclasificable y única que es la número 32 opus. 111. Así pues pareció algo brusco el enérgico espíritu con que sonó los primeros acordes del Maestoso-Allegro con brío ed appasionato. De desbordante intensidad y algo acelerado, ¿fue más por el contraste con el Parnaso creado anteriormente con las Goldberg?. Vogt recondujo su interpretación sobretodo en el segundo movimiento, la Arietta (Adagio monto semplice e cantabile). La cascada sonora de la paleta beethoveniana, que aquí parece anticiparse al jazz, que juega con los límites de la sonoridad pianística de la época y que anuncia no ya al siglo posterior sino al mismo siglo XX y casi más allá, fue acometida por el pianista alemán con personalidad y ataques sanguíneos, control y de nuevo, ese sonido puro y filigranesco que mostró con Bach. El final sonó a continuación suspendida y casi a pregunta, ¿qué hay después? Quizás volver a Bach y así un eterno retorno sin final.

 

 

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