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Boheme Liceu 1

El eterno retorno

Barcelona. 19/06/2016. Gran Teatro del Liceo. Puccini: La Bohème. Tatiana Monogarova (Mimí), Mattew Polenzani (Rodolfo), Nathalie Manfrino (Musetta), Artur Ruciński (Marcello), David Menéndez (Schaunard), Paul Gay (Colline) y otros. Dir. escena: Jonathan Miller. Dir. musical: Marc Piollet.

Una sensación de sempiterno déjà vu se tiene cuando comienzan las primeras notas de La Bohème, una de las óperas más vistas y representadas en el Liceu, nada más y nada menos que 257 veces, a las que habrá que sumar las catorce funciones de la producción actual. Es la tercera vez que se ve en el teatro de las Ramblas, desde su reinaguración en 1999, las otras dos veces en la producción clásica de Giancarlo del Monaco, festiva y espectacular, y la presentada esta vez, con varios alicientes, entre ellos el no poco remarcable debut de los cuatro protagonistas principales, más la dirección escénica en el Liceu, del mítico Jonathan Miller, quien este próximo mes de julio cumplirá 82 años. Apostar por La Bohème es pues un recurso fácil, pues es uno de los títulos más amados por el público, es un gancho para la taquilla, y ofrece la posibilidad de aumentar el glorioso historial de los cantantes que la han protagonizado en este teatro. Si los apriorismos estaban claros, los resultados no han sido tan halagueños. Recurrir por tercera vez a La Bohème, habiendo títulos como La Fanciulla del West o La Rondine que todavía no se han visto en este siglo XXI, en Barcelona, debería justificarse por un valor artístico extra añadido, pero ni el debut del mítico Miller, con una producción de nuevo clásica, con un velo de ‘modernidad’ con la excusa de las fotografías de Cartier-Breson o Brassaï y un contexto años 30, ni las cuatro voces debutantes, justificaron la reincidencia del título, ópera que por cierto cumple ciento veinte años desde su estreno en el Teatro Regio de Turín, en 1896.

Jonathan Miller es una institución en la Gran Bretaña, además de ser un nombre clave en la historia de la dirección de escena inglesa y por ende mundial. El trabajo teatral es limpio, bien definido y efectivo, la trama se sigue con claridad y los personajes se desenvuelven con frescura en una producción donde la escenografía giratoria y decorados convierten Montmartre en un cuadro viviente efectista y reconocible. La cuestión es que no se percibe valor añadido a la historia, un sello propio en la presentación de la idea, cambiar a los años treinta ¿es solo una justificación estética?, acercar la trama a una realidad más fotográfica y por lo tanto cinematográfica, exige de los cantantes un extra actoral que no llamó la atención, si bien el trabajo existe y funciona, no deja de parecer otra Bohème más, clásica, pero con la sensación de ya vista, ya conocida y digerida.

Del múltiple debut vocal en el Liceu, destacó con luz propia el Rodolfo del tenor estadounidense Matthew Polenzani, quien además debutaba en el rol y lo hizo con gallardía, elegancia y belleza tímbrica. La voz suena fresca y bien proyectada, si bien el color es claro y algo ligero, la tesitura está trabajada e interiorizada de manera que Marcello suena totalmente identificado con la vocalidad del cantante, sumando una naturalidad del sonido muy atractiva. Sin duda alguna, tanto en su aria inicial, como en sus dúos con Mimí, Polenzani triunfó por técnica, color y desenvoltura escénica, la riqueza de matices y expresividad mejorarán con el lógico paso de las funciones, un grato debut en el Liceu. De Tatiana Monogarova (Moscú, 1967), poco se sabía, por lo que que podría haber sido la sorpresa de la doble pareja de protagonistas. La soprano rusa posee una voz de color oscuro atractiva y personal, pero de poca italianità, además de una dicción más que mejorable. El registro gana enteros en la zona media y sobretodo en los graves, que llegan a sonar mezzosopraniles, densos y generosos, por lo que ganó enteros en su Donde lieta usci y sobretodo en la escena final, a pesar de una expresividad todavía escueta y tímida.

El barítono polaco Artur Ruciński, actual cantante de gran proyección internacional a la sombra de su compatriota, el mediático Marius Kwiecien, cantó un Marcello algo rutinario en lo escénico, merced a un instrumento atractivo de color varonil, con el punto característico de las voces eslavas que les da una personalidad vocal extra. De dicción y articulación correctas, brindó uno de los mejores momentos de la noche en su precioso duettino con Rodolfo del última cuadro, donde empastó a las mil maravillas con la voz extrovertida de Polenzani. El debut de la soprano francesa Nathalie Manfrino, como Musetta pareció algo descafeinado, la verdad es que viendo su curriculum y roles, parecía más destinada a ser Mimí, papel que ha cantado en varias ocasiones, siendo Musetta ya un papel demasiado ligero para una voz con mayor cuerpo central y un registro superior pesado que tiene a vibrar y a afear la ligereza y espontaneidad del rol. Tampoco demostró tener una especial química con el Marcello de Ruciński, por lo que el personaje quedó algo desdibujado y difuso sin pasar de una presencia escénica atractiva y poco más. Bravo por la nobleza del fraseo y color del barítono asturiano David Menéndez como Schaunard, quien destacó sobremanera por la limpieza del fraseo y la atención a una articulación y dicción que brilló por su ausencia entre la mayoría del resto del reparto. El bajo barítono francés Paul Gay, también debut en el Liceu, no supo aprovechar ese regalo en forma de caramelo que Puccini escribió para Colline al final de la ópera, siendo su Vecchia zimarra un aria casi más de trámite que de estelar momento personal.

Parte del desencanto general de esta función de estreno pudo provenir del poco carisma a la batuta del francés Marc Piollet. Recordado por su debut en esta casa, en la temporada 2010/2011 con la Carmen firmada por Calixto Bieito, donde allí pareció haber un repulsivo musical desde la batuta en paralelo al dinamismo y fuerza de la producción, aquí el hiperrealismo de espíritu fotoperiodista de la producción de Miller, se transformó en una lectura más bien rutinaria y poco estimulante. Ese espíritu de dinamismo inicial en la buhardilla de los bohemios, brilló por su ausencia, esa riqueza sonora del cuadro de Momus, con los colores y el vals irresistible de Musetta sonó más hueco que intenso, y las brumosas atmósferas del cuadro tercero fueron más insinuantes que estimulantes, mejorando en el tercero con un lirismo más evocador y melancólico con la muerte de Mimí, quizás demasiado tarde. La orquesta respondió con un sonido redondo y sin fallos remarcarles, continuando con el trabajo de mejora in crescendo que esta temporada ha tenido su cenit con el Götterdämmerung dirigido por Josep Pons, así como la limpieza del trabajo del coro, con la firma de Conxita Garcia como señal de calidad asegurada. Puede que la magia de la Bohème evidente en la partitura, siempre exista en el imaginario del espectador y que la escena refleje por momentos, como en este caso, destellos del genio pucciniano, pero la emoción fue más cerebral que epidérmica y eso dejó un poso de rutina que se reflejaron en los aplausos más mecánicos que emocionados del público.

 

 

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