En los comienzos de su carrera, allá por los años ochenta, coincidió con los grandes rossinianos como Horne, Ramey, Blake, Merritt. Todos ellos protagonizaron una suerte de "Rossini renaissance". ¿Qué recuerdo guarda de aquellos años?
Qué gran generación fue aquella que cita... Curiosamente no coincidí nunca en escena con Marilyn Horne. Pero sí con tantos otros, los que citaba pero también L. Cuberli, R. Raimondi, L. Valentini-Terrani... Qué tiempos aquellos. Bruce Ford y yo éramos ya buenos amigos en aquellos años, en nuestros comienzos, y nos fascinaba constantemente poder escuchar a menudo a esos grandes. Tener cerca a enormes cantantes como Blake, día tras días, fue como un regalo. Fue una suerte ser la generación inmediatamente posterior a todos ellos. Seguramente el más históricos de todos sea Samuel Ramey, porque reinventó desde cero la vocalidad del bajo rossiniano. Ruggero Raimondi hacía un buen trabajo con los roles de bajo buffo, pero los papeles serios, como Assur o Maometto, nadie los había cantado como lo hizo Ramey. También Pertusi ha hecho un gran trabajo con ese repertorio. Ramey logró sumar la perfección técnica, la autoridad dramática, lo tenía todo. Y fue el primero en hacer en escena, seguramente desde el siglo XIX, cuando se estrenaron, algunas escenas o papeles para bajo que antes, directamente, se cortaban. ¿Quién recuerda, por ejemplo, el bajo en la Semiramide de Sutherland y Horne para DECCA? Por desgracia nadie se acuerda, de tan poco interés como se tenía por esos papeles para bajo. Ramey hizo en ese sentido un trabajo histórico.
¿Se está viviendo ahora una segunda ola de esa "Rossini renaissance", con cantantes como Flórez y usted mismo?
Sí, creo que es una cierta continuación de aquella gran ola. Y el proceso tiene que ver, también, con un cambio importante en los intereses de los cantantes jóvenes, que ven a Rossini como algo que deben saber cantar desde el principio de sus carreras. Recuerdo que en mis inicios, en la universidad, se nos indicaba que debíamos empezar cantando Mozart y cosas conocidas como Traviata... pero poco más. Pero hoy los estudiantes se enfrentan a Rossini desde el principio, y no por casualidad. Mozart demanda una tesitura mucho menor que Rossini. Mozart apenas va más allá del La y el Sib. Pero ¿cómo puede un tenor renunciar desde el principio a cantar un Re? Eso no sucede si comienzas cantando Rossini, porque antes o después estás obligado a buscar un Re. Por eso muchos cantantes que comenzaban cantando Mozart pasaban de allí directamente a cantar Puccini, sin haber llegado nunca a manejar la coloratura y las notas más altas. Si puedes cantar Rossini, puedes cantar Mozart. Al revés, no funciona. Por eso digo que hay que comenzar cantando Bach, Haendel y Rossini: para dominar la línea y la coloratura. Es fascinante ver centenares de alumnos cada año deseando entrar a formar parte de la academia del maestro Zedda. Es fantástico que prosiga ese interés por Rossini, porque además está justificado, hay motivos sobrados para ello. Y por supuesto, el protagonismo de alguien tan grande como Flórez también ha contribuido a todo este proceso.Su reciente aunque progresiva reorientación del repertorio no tiene que ver con una crisis vocal.
¿Cuál ha sido entonces su principal motivación y cómo se ha el proceso planteado para que no le pase factura?
La clave está en lo que comentábamos antes: de un modo u otro todo mi repertorio sigue siendo belcanto. Ahora, cante el Otello de Verdi o cante Il Pirata, canto belcanto, con sus variantes, pero sin perder la consistencia de la frase, el lirismo, etc. Cuando canto Arrigo me siento casi como cantando Puritani o L´elisir d´amore.