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Fabio Armiliato: "Nunca se está preparado para cantar Otello"

 

El tenor italiano Fabio Armiliato regresa a España tras varios años de ausencia, para prestar su voz al Otello de Verdi en Valladolid. Conversa con Platea Magazine acerca de sus treinta años de trayectoria y sus referencias de ayer y de hoy.

Creo que tiene una relación especial con España, a donde regresa con este Otello de Valladolid después de varios años de ausencia.

Sí, con España tengo un vínculo de gran afecto. He cantado mucho aquí, sobre todo durante unos años no hace mucho, frecuentando a menudo el Teatro Real y el Liceo, pero también las temporadas de ópera de Bilbao, Oviedo, Sevilla… La primera vez que canté en España fue de hecho en Palma de Mallorca. Tengo por descontado un grandísimo afecto por el público y por la cultura de España.

Es la segunda vez que se enfrenta al Otello de Verdi, si no me equivoco.

Sí, lo debuté en 2011 en Lieja, y fue aquella de hecho la única vez que lo he cantado, hasta ahora que lo retomo en Valladolid. Tras el debut decidí esperar un poco para volverlo a cantar. Es un papel que requiere una madurez particular. Creo que no se está nunca preparado para cantar Otello. Es el papel más exigente que pueda encontrarse para un tenor. No conviene a un tenor demasiado joven pero tampoco puede esperarse demasiado. Requiere una intensidad vocal y escénica como en ningún otro.

¿Qué es lo que hace tan especial y exigente la parte del Otello de Verdi?

Creo que los roles de ópera son todavía más importantes cuando tienen detrás un soporte literario tan importante como sucede con Shakespeare y Otello. Con esta música Verdi pone en escena, en forma de ópera, un drama de valores universales, sean los celos, la traición, el amor, el odio… Todos estos valores y sentimientos están ya en la escritura vocal del papel y esa es la mayor exigencia.

Tras aproximadamente treinta años de carrera, ¿cuál ha sido la evolución de su voz y su personalidad como intérprete en este tiempo?

Siempre he intentado profundizar en mi destreza con la técnica y con la interpretación y creo que se puede seguir una evolución en ambos sentidos a lo largo de mi carrera. En 2011 tuve el fantástico encuentro con Woody Allen en el cine, con A Roma con amor, una ocasión extraordinaria que me dio gran popularidad y me permitió conocer más de cerca un mundo tan fascinante como el del cine, que en tanto que show business tiene mucho que ver con la ópera tal y como la entendemos hoy. 

Su instrumento, ¿es ya el de un lírico spinto o ha sido siempre más bien el de un lírico pleno?

Nací como tenor lírico, siempre hice es cierto un repertorio un poco borderline respecto a las capacidades naturales de mi voz (risas). Tengo un temperamento generoso, soy un hombre de entrega en escena y así es como con un instrumento más lírico creo que he sabido y podido acercarme al verismo y al repertorio de la Giovane Scuola como Andrea Chénier, Francesa da Rimini y por supuesto todos los roles de Puccini. Todos estos papeles requieren una cierta fuerza en la emisión para poder pasar la orquesta; he tenido la fortuna de tener siempre una voz que corre en teatro y por eso, sin ser un tenor propiamente spinto o dramático, he podido mantener este repertorio conmigo todo este tiempo.

Creo que su agenda experimentó algo así como un parón casi súbito hace apenas tres o cuatro años. ¿A qué se debió? 

Sí, como decía antes a partir de 2011, con esta película con Woody Allen, tuve la sensación de que era momento para pararse y reflexionar, también porque se sumaron algunos problemas personales y algunas dificultades que tienen que ver con cómo ha cambiado el mundo de la ópera en estos años, especialmente en Italia, donde hay tantos teatros con problemas económicos que no pagan o pagan muy tarde. Tuve la sensación, y aún la tengo, de que los artistas no somos considerados con justicia, sobre todo en casos como el mío o el de mi esposa Daniela Dessì; los dos nos hemos entregado con generosidad a esta profesión, tanto en nuestro país como fuera de él. De modo que después de tantos años me sentí en la obligación, ante esa coyuntura, de mirar dentro de mí y decidir realmente qué quería hacer y qué no, dejando la inercia a un lado y tomando la situación como una ocasión para orientar mejor mi vida y mi carrera profesional.

En Italia son demasiados ya los teatros que no pagan o pagan tarde y se han vivido otro tipo de situaciones ciertamente incómodas, incluso trágicas, como la que vivió la Ópera de Roma con la salida de Muti. Parece que en Italia la ópera ya no se toma con la misma consideración que antaño desde las instituciones.

Sí, así es, y es por esto que le decía que mi reflexión en torno a 2011 tuvo también que ver con esto: no parece sensato estar dispuesto a darlo todo cuando los propios teatros te demuestran que no están por la labor de hacer lo mismo. Cuando percibes esa distancia y esa falta de respeto se vuelve mucho más difícil entregarse con generosidad. Y no hablo sólo del aspecto económico, puesto que el nuestro no deja de ser un trabajo, sino de la dignidad misma con la que se considera el mundo de la ópera de un tiempo a esta parte.

Mencionaba antes la película con Woody Allen y es invitable mencionarle la memorable escena con usted cantando dentro de una ducha en mitad del escenario. Tuvo que ser una experiencia formidable dar forma a todo ello.

Sin duda. Creo que Woody (Allen) me regaló un papel muy especial, ya que con mucho humor pero también con mucho respeto ofrecía una lectura muy irónica sobre el mundo de la lírica, crítica o satírica también con algunas direcciones de escena de los últimos tiempos.

¿Cuánto hay de Fabio Armiliato en ese personaje que nos muestra Woody Allen?

Yo canto también bajo la ducha (risas). Le puede preguntar a mi mujer (risas) Siempre que estudio nuevos roles, la ducha es una gran compañía para mí. Todo el mundo suena mejor en la ducha, de hecho (risa). 

Hace apenas unas semanas nos dejaba Ettore Scola, un personaje del cine con el que usted y su esposa tenían una relación importante.

Sí, una relación bellísima, me parece imposible que nos hay dejado. Hicimos con él Laa bohème en 2014. Ettore era un hombre de una enorme profundidad; de hecho, era tan profundo como ligero, un gran personaje de la cultura y del arte en nuestro país y en nuestro tiempo.

De las referencias del pasado, creo que tiene un singular aprecio por la figura de Tito Schipa, al que de hecho rindió un homenaje no hace mucho, por el 50 aniversario de su fallecimiento.

Sí, a decir verdad tengo tres grandes referencias en el pasado si incluimos también a Franco Corelli, mi maestro, con el que trabajé tanto en los 90. Los otros dos serían Schipa y Gigli, dos personajes clave en mi infancia, con los que he crecido también como cantante. El personaje de Schipa está ligado también a mi pasión por el tango, un mundo que me viene fascinando desde hace ya muchos años. Descubrí en su día que Schipa fue el maestro de canto de Gardel. Así que por un lado Gardel, actor de cine y cantante, y por otro Schipa, cantante y también actor de cine. Me ha sido inevitable sentirme identificado con estas coordenadas, como cantante y actor. Para el 50 aniversario de Schipa preparamos el espectáculo Recitar cantango, buscando resaltar la raíz belcantista del tango, esta vena melódica que Gardel infundió después a su arte.

Mencionaba antes a Corelli, del que personalmente he sido siempre un enorme admirador. ¿Cuál fue su relación con él y qué le transmitió exactamente?

Franco [Corelli] fue para mí verdaderamente un ejemplo en todos los sentidos. Antes incluso de conocer era ya para mí una inspiración. Incluso por su físico, alta figura, con ese cuello esbelto. Como decía Gino Bechi de Tita Ruffo, de alguna manera las características de la voz vienen ya marcadas por el físico del cantante. De modo que al físico de Corelli le correspondía esa voz también esbelta. Y por eso yo también me sentía más próximo a Corelli que las figuras de Gigli o Schipa, más bajitos y gruesos. Cuando trabajé con Corelli me transmitió su pasión sin igual por la técnica vocal. Era un gran estudioso de la técnica, casi de un modo obsesivo; siempre encontraba en sí mismo algo que mejorar. Y eso es algo que me transmitió desde el principio: dónde producir el sonido, dónde proyectarlo, cómo imaginarlo, cómo acompañarlo con el fiato para hacerlo más fácil y libre… Esa era la clave de Corelli, lo decía siempre: “Tienes que sentirte libre cuando cantas”. Cuando la voz le dejó de responder como él quería, dejó súbitamente de cantar; y lo hizo ciertamente pronto, tenía apenas cincuenta y cuatro años. Su última representación fue La bohème en Torre del Lago en el 75. Era verdaderamente joven y tenía todavía mucho que ofrecer, pero era en verdad más exigente consigo mismo de lo que cualquier otro pudiera serlo.

¿Cuáles son los próximos compromisos de su agenda?

Me estoy dedicando con pasión, como le decía, a este espectáculo con el tango, con el que tenemos varios conciertos. Y continuaré también haciendo Otello; tengo de hecho ya un compromiso en Croacia y otra oferta más que estoy valorando. Creo que es un papel en el que conviene insistir, para ir ganando en profundidad en la interpretación, y por eso valoro mucho estas funciones en Valladolid. Por cierto, he sido muy crítico en el pasado con algunas propuestas escénicas de los últimos años que alejan al público más apasionado y auténtico, y en este sentido debo reconocer el mérito que tiene la producción que tenemos en Valladolid, clásica en su concepto pero moderna en su realización, respetuosa con el público, con los cantantes y con la música.

 

 

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