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Fin de partieMiguelLorenzo MikelPonce

Ópera para el fin de los tiempos

Valencia. 29/10/2020. Palau de Les Arts. Kurtág: Fin de partie. Frode Olsen (Hamm). Leigh Melrose (Clov). Hilary Summers (Nell). Leonardo Cortellazzi (Nagg). Orquesta de la Generalitat Valenciana. Pierre Audi, dirección de escena. Markus Stenz, dirección musical.

Cuando todo ahí fuera vuelve a tomar el aspecto de un perfecto apocalípsis, más propio de un guión cinematográfico que de la cruda realidad, el Palau de Les Arts de Valencia afrontaba el reto de alzar el telón de su temporada 20/21, tras un Così fan tutte de circunstancias que servió de apertivo hace ya algunas semanas. Y para la ocasión, ópera contemporánea, en una clara, valiente y decidida apuesta de Jesús Iglesias por la creación de nuestros días, sumándose así a esfuerzos anteriores, en este mismo teatro (La bella y la bestia de Philip Glass, 1984 de Lorin Maazel, Café Kafka de Francisco Coll).

Fin de partie es la única ópera del compositor húngaro György Kurtág (1926). Tras un largo proceso de creación -empezó a escibirla en 2010-, que postergó su estreno en varias ocasiones, la partitura vio la luz finalmente hace ahora dos años, en noviembre de 2018 en el Teatro alla Scala de Milan. Tras su paso también por Ámsterdam, el título ha recalado ahora en la capital del Turia, antes de hacer lo propio -si la pandemia no lo impide- en Nueva York y en París. A partir del texto homónimo de Samuel Beckett, publicado en 1957, el propio Kurtág elaboró un libreto para esta ópera en un acto, concebida y presentada como una sucesión de escenas y monólogos, a medio e incierto camino entre el expresionismo y el surrealismo, bordeando por momentos el teatro del absurdo.

En estas semanas de acuciantes restricciones, lo cierto es que Les Arts ha tenido la fortuna de contar en cartel con un título que requería escasos efectivos en escena (cuatro solistas, sin coro) si bien un nutrido plantel de instrumentistas en el amplio foso del teatro. Los cuatro solistas, además, pueden guardar entre ellos las correspondientes distancias de seguridad: uno de ellos (Hamm) pasa todo el tiempo en su silla de ruedas y otros dos (Neill y Nagg) viven sin piernas en el interior de dos cubos de basura.

Hay que reconocer a Kurtág una manifiesta inspiración a la hora de poner música a este drama carente de acción, cuyo estatismo es su rasgo más característico. Realmente el texto original de Beckett se antoja reluctante a cualquier tentativa de trasponer su lenguaje al de la música, pero el compositor húngaro da con la clave. No puede decirse que el espectáculo resultante seduzca por su intensidad dramática pero sí es evidente que inquieta y revuelve la conciencia del espectador, al menos de quienes sostienen el pulso y aceptan el reto de ver la función hasta el final.

Y digo esto porque las sucesivas deserciones del público -incluído el ministro Uribes, quien dijo que iba a estar, pero luego no estuvo- en las breves pausas para cambios escénicos, dieron muestra de hasta qué punto esta propuesta está lejos de convencer al perfil medio del espectador de la temporada lírica valenciana. Pero no todo van a ser Traviatas y Bohèmes... para recoger, hay que sembrar, y ese parece ser el espíritu que anima la propuesta de Jesús Iglesias, quien a buen seguro no había pensado en estos tiempos de pandemia cuando programó este título. Sin haberlo pretendido, Les Arts -que presenta su temporada como una reflexión sobre la resiliencia- ha puesto en escena una genuina mirada sobre el confinamiento, no el literal y físico que hoy nos atenaza, sino el interior y psicológico, intrínseco a la condición humana. 

Poco hay que añadir sobre la labor de los cuatro solistas, los mismos que estrenaron la obra en la Scala de Milán: Frode Olsen (Hamm), Leigh Melrose (Clov), Hilary Summers (Nell), Leonardo Cortellazzi (Nagg). Todos ellos resultan ejemplares en su compromiso con la música de Kurtág y con el espíritu de la obra de Beckett. No es nada fácil moverse con familiaridad y firmeza por el singular recitar cantando que concibe Kurtág para esta pieza, de endiablada dificultad técnica por tiempos, ritmos y dinámicas. Los cuatro personajes son una alegoría perfecta de nuestro mundo, en dependencia recíproca unos de otros, como si fuesen una escogida muestra de lo que quedará de nosotros tras el apocalipsis, resguardados en una sombría cabaña.

Al frente del foso, Markus Stenz fue también el responsable de estrenar esta partitura en Milán, en 2018. Repite aquí una labor escrupulosa y nítida, que contribuye a dotar a la obra de transparencia y fuerza. Su gesto es elocuente y minucioso, moviéndose por la obra con evidente familiaridad. La música de Kurtág está cuajada de ecos, de Debussy a Bartók pasando por Messiaen o Berg, sin olvidar a Monteverdi, y Stenz logra resaltar todos esos influjos con buen tino. Fue nuevamente un placer escuchar a la Orquesta de la Generalitat Valenciana, con un sonido sobresaliente, de extraordinaria resolución técnica y haciendo gala de un compromiso extraordinario con la obra.

Pierre Audi, responsable de la dirección de escena, plantea un escenario de inquietante pesadumbre, de austeridad desoladora, con escenografía y vestuario de Christof Hetzer e iluminación de Urs Schönebaum. El regista franco-libanés plantea sobre todo un homenaje al espíritu creativo de Beckett y Kurtág; no pretende contarnos nada en paralelo, tan solo iluminar y disponer la creación de ambos desde el respeto y la admiración. 

Foto: © Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

 

 

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