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¡Eleganza extravaganza!

Barcelona. 06/05/21. Gran Teatre del Liceu. Donizetti: Anna Bolena, Maria Stuarda y Roberto Devereux. Gemma Coma-Alabert, mezzosoprano. Marc Sala, tenor. Carles Pachón, barítono. José Luis Casanova, tenor. Dimitar Darlev, bajo. Sondra Radvanovsky, soprano. Orquesta y Coro del Gran Teatre del Liceu. Rafael Villalobos, propuesta escénica. Riccardo Frizza, dirección musical.

Category is: ¡Eleganza extravaganza! Las reinas, reconocidas o no, siempre han estado de moda. Ahora, afortunadamente, más que nunca. Todas ellas. Durante las décadas de los 60 y 70 las belcantistas encontraron, quizá, su época de esplendor. A partir de los ochenta fueron excluidas en buena medida del circuito oficial, hasta que han terminado encontrando su constante en la corriente mainstream de la lírica. Algo similar al recorrido, de ahí mi velado homenaje, Paris Is Burning, Pose y la reina entre las reinas, RuPaul. Y es que parte de ello se ha podido conectar en la noche que Sondra Radvanovsky ha dedicado a las reinas Tudor de Donizetti, en el Gran Teatre del Liceu.

Primero de todo porque, a día de hoy y a mi entender, la soprano canadiense, de origen estadounidense, es la soprano de sopranos. No sólo ya por su instrumento, sino por encabezar, por guiar una nueva ola de cantantes (de su cuerda y otras) que conectan con el presente, carismáticos, con sus nuevas formas, con la cultura pop que también les da razón de ser. Nombres como los de Lisette Oropesa, Javier Camarena, Joyce DiDonato, Nadine Sierra, o las cinco sopranos españolas que protagonizaron nuestra portada del pasado mes de enero. También, además, por la propuesta presentada en esta ocasión, sustentada en potentes colores, vivos y encendidos, en una amalgama entre Rothko y el catálogo Pantene, además de un vistoso vestuario, a medio camino entre una comedida Vivienne Westwood y una semifinal de DragRace, elegante, vistoso, narrativo, firmado por Ruben Singer. Todo un éxito, su apellido parece decirlo todo para dedicarse a vestir cantantes.

Con todo, la propuesta escénica firmada por Rafael Villalobos, parece un acierto. Certera, directa, sustentada en el konzept, yendo a la vuelta, a la búsqueda del más allá. Lugares comunes, bien presentados, algunos más accesorios, como las imágenes de la soprano a cámara hiperlenta, al principio de cada título. Si bien parecen describir de forma sencilla a las tres reinas (con el matrimonio de Bolena, la religión en Stuarda, la mujer tras la corona en Elisabetta -Io sono donna alfine-), recordaban peligrosamente al mal gusto de Davide Livermore con su videoarte. El momento más efectivo (y efectista) se encuentra en la Plegaria de Maria Stuarda y, a mi parecer, el más errado en el caricaturesco figurín de Elisabetta en Roberto Devereux, además de la anecdótica figura de la muerte soltando purpurina dorada, festejando su saber hacer. Todavía recuerdo, igualmente, los cuervos cabezones en la Bolena de Edita Gruberova en el mismo teatro, hará 10 años atrás. En ambos casos, realmente, nada importa cuando se tiene sobre el escenario a cantantes de esta talla vocal. Villalobos, aunque se ha permitido ser el mismo con ciertos destellos, ha respetado el protagonismo de Radvanovsky en todo momento. Eso es lo importante tratándose de un concierto como este.

Valiente, hay que ser muy valiente, para independientemente de tu calidad vocal, presentarte en cualquier lugar del mundo con un recital dedicado a tres de las reinas donizettianas (no olvidemos la Elisabetta de Il Castello di Kenilworth). Hay que serlo aún más para hacerlo en el Liceu, las cosas como son. Porque, aunque se recalque siempre mucho más la tradición wagneriana del coliseo barcelonés, también ha sido lugar de feliz encuentro para el bel canto. En la última década, por ejemplo, aquí han podido escucharse casi una decena de títulos donizettianos, cinco bellinianos y otros tantos rossinianos, frente a 13 citas líricas wagnerianas. Todo un mano a mano, en realidad. Y sin entrar en detalles, por lo general siempre servidos con voces excepcionales... y siempre con la gran Montserrat Caballé en el recuerdo de estas paredes. Una de las pocas figuras de la ópera (junto a Sills, Gencer o la propia Radvanovsky) que quiso y consiguió cantar Bolena-Stuarda-Devereux. Regreso al comienzo de este párrafo: y hacerlo con estos tres grandes personajes de la ópera, protagonistas de tres obrones indispensables, vitales, de mujeres cercenadas, negadas, obligadas, estranguladas por la historia que dibujaron los hombres. Son tres joyas, tres imanes que hipnotizan a cualquier soprano. Muchas de ellas, en la actualidad, se "lamentan" de no cantar estos roles, en vez de aquellos que, también felizmente, les proponen los teatros. En nuestras latitudes, cantantes como Saioa Hernández y Berna Perles han mostrado su interés por ellas, pero también, incluso, Carmen Romeu ha declarado querer cantar a sus antagonistas.

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Anna Bolena supuso para Donizetti el cambio de tendencia, el primer paso definitivo hacia el olimpo del reconocimiento. A mi entender, uno de los máximos logros de esta ópera radica, precisamente, en su final, alcanzando por primera vez la creación de un drama in crescendo donizettiano, insuflado el clímax, donde el oyente puede sentirse identificado con la protagonista y, por supuesto, bañado de genuinos recursos belcantistas. Estrenada por Giuditta Pasta, una de las máximas exponentes del bel canto del XIX, la escritura de la soprano presenta numerosas dificultades. No olvidemos que Pasta también estrenó, por ejemplo, La Sonnambula de Bellini y que poseía, al parecer, un inusitado rango vocal. Para todo ello, Sondra Radvanovsky presentó su instrumento, siempre mórbido, brillante, contundente, de cierta sonoridad gutural, en un timbre luminoso y oscurecido, oh belleza de oximoron, con alguna pequeña dificultad al atacar ciertos agudos (y omitido el tradicional sobreagudo final). Maravillosa en Al dolce guidami, con ese sabor tan belliniano, tan aparentemente desnuda ante su público, y especialmente acertada en Cielo a' miei lunghi spasimi (sin miedo a unas fantásticas notas bajas en su cierre), que convierte este aria bipartita en tripartita y muy inteligente en la consiguiente cabaletta, Coppia iniqua, seguramente la parte que le presenta más incomodidades de todas las páginas presentadas.

Sublime, no puedo calificarla de otro modo, su Maria Stuarda. Emocionante en la Preghiera, maravillosa en el declamato final, ya camino de la muerte, con pianissimi y agudos seguros, emocionantes, pletóricos. Para Devereux, lo ya apuntado en la sobrecarga dramática de su Elisabetta, que pudieron en cierto modo caricaturizarla. Se echó en falta algo más de variedad, de imaginación, en el fraseo de su entrada, pero siempre, en todo momento, desplegó un canto homogéneo, de vibrato controlado, siempre brillante, emocionante y sublime, que dibujaron a la perfección a la mujer atormentada, hostigada por el devenir de la historia: "que no se diga en la tierra, que a la reina de Inglaterra se le ha visto llorar".

Junto a Radvanovsky, sobre el escenario, unos correctos secundarios en las voces del tenor Marc Sala, la mezzosoprano Gemma Coma-Alabert y el barítono Carles Pachón. Estupendo el Coro del Liceu, mejor a medida que la noche avanzaba. Acompañó con extrema elegancia, extrema elegancia, que eso en el bel canto es decirlo casi todo, Riccardo Frizza a la batuta. Elegancia que se divide en oficio, belleza y pulso tomado al drama. Alguien que sabe lo que tiene entre manos, no sólo demostrado en el cuidado otorgado a la soprano, sino también en las correspondientes oberturas con las que felizmente se completó la noche. Bajo su mano, la Orquestra del Liceu brilló a gran altura, especialmente las maderas. Pondré como ejemplo la lectura de Bolena, con un sublime corno inglés, pero también compases antes el oboe y, antes aún la flauta, quienes desarrollaron un sobresaliente trabajo durante toda la noche. Al igual ocurrió con el clarinete en Maria Stuarda, donde Frizza equilibró a las mil maravillas todo el contraste con el que Donizetti carga a la orquesta, manejado con absoluta maestría ese crescendo, ese camino hacia el clímax final que surge a partir de Ah! Se un giorno. Para Roberto Devereux, el director italiano propuso una Obertura degustada, sin prisa, sin atropellos, como por desgracia es habitual escuchar aquí, solamente intensificada en tempo a partir de la entrada del corazón de Devereux, con esos urgentes timbales que bombean una sangre encendida. La orquesta al servicio de la voz, en todo momento. No se puede pedir mucho más a la batuta. Aún lamentándome que las huelgas parisinas nos dejaran sin aquel Pirata belliniano de finales de 2019, con Frizza y Radvanovsky, cada encuentro de estos dos grandes artistas ha de ser lugar de peregrinación para los amantes de la lírica.

Hail, Hail to the Queen!

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Fotos: Paco Amate.

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