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Tomas Grau

Tomàs Grau: “En algunas orquestas públicas la rutina ha sustituido a la pasión"

Director artístico y musical de la Orquestra Camera Musicae, Tomàs Grau desembarca estos días en Madrid con la gran clarinetista Sabine Meyer. Apenas cumplida una década de trabajo con este proyecto sinfónico, comparte aquí con nosotros sus inquietudes y sus ambiciones.

¿De dónde arranca su vocación por la dirección de orquesta?

Yo estudiaba piano y violín en el conservatorio de música de Barcelona. Con un amigo nos fuimos a ver un concierto de Daniel Barenboim y la Staatksapelle de Berlín en 1998, al Palau de la Música. Las entradas eran caras para dos estudiantes de grado medio y compramos dos localidades, una con visión parcial y otra más normal. Y nos turnamos para ver cada uno una mitad: mi amigo vio el Concierto para piano no. 3 de Beethoven y yo la Sinfonía no. 5. Y fue ver a Barenboim trabajando y tenerlo claro: yo quería dedicarme a eso. Y cambié mi orientación de la carrera de piano a la carrera de dirección. Hice el superior de dirección de coros y el superior de dirección de orquesta, esto ya en la ESMUC. Y estuve dos año en Viena estudiando con Salvador Mas Conde. 

Y el proyecto de la Orquestra Camera Musicae, ¿de dónde arranca?

Por azares de la vida, acabé residiendo con mi mujer en Tarragona y aquí coincidí con un buen amigo, David Molina, y vimos que había un vacío en la música orquestal en la provincia. Y así empezó todo, con la idea de facilitar de alguna manera que todas las poblaciones de la provincia tuvieran acceso a una orquesta en directo al menos una vez al año. Lo primero que hicimos, con una mano delante y otra detrás, fue un Bastian y Bastiana de Mozart que gustó mucho y con el que ganamos varios premios. La Fundación La Caixa nos compró la producción y en tres año hicimos más de treinta funciones de este espectáculo. Y a partir de ahí empezamos a ofrecer bajo demanda conciertos de la orquesta de cámara y después proyectos sinfónicos. Había sin duda una necesidad de música orquestal en directo en la provincia. Hicimos primero una temporada propia en Tarragona, después en el Palau de la Música, etc. Y ahora ya, once años después, esos inicios se han convertido en una estructura profesional con más de cincuenta conciertos al año.

Me imagino que en estos once años de evolución del proyecto todo ha sido complicado.

Sí, fuimos muy poco a poco, sumando iniciativas y proyectos concretos. Hemos tenido por ejemplo tres artistas residentes: el pianista y compositor Albert Guinovart, el flautista Claudi Arimany y ahora el violonchelista Lluis Claret. También hemos tenido directores invitados, primero fue Pascual Vilaplana, ahora está Jordi Mora y después vendrá Salvador Mas. Con los artistas invitados todo ha ido también evolucionando: empezamos con artistas más locales y ahora estamos ya ampliando a nombres internacionales incluso. Hemos tenido con nosotros a Judith Jáuregui, Asier Polo, Núria Rial, Àngel Òdena Patricia Kopatchinskaja, Alexandra Soumm, Stephen Kovacevich y Sabine Meyer.

La programación de la orquesta da un salto de cara a la próxima temporada.

En Tarragona hemos pasado de cuatro programas al principio a nueve para la próxima temporada, lo mismo en el Palau donde pasamos de seis a ocho. Y con artistas de la talla de Ainhoa Arteta, Alice Sara Ott, Avi Avital, Sara Blanch, Albrecht Mayer, etc. 

En origen Orquestra Camera Musical sería más una formación de proyecto y ahora es un conjunto digamos más regular y estable.

Sí, sin duda. Somos una orquesta privada con un presupuesto en el que sólo el 19% corresponde a ayudas públicas. El 15% es mecenazgo y patrocinadores y todo lo demás son recursos propios, bien ingresos por contratación, si nos contratan un concierto, o bien ingresos por venta de entradas. No obstante yo nunca he creído en una orquesta de proyectos en el sentido peyorativo del término, entendida como una orquesta de “bolo”. Tenga la temporada diez o cincuenta conciertos, siempre hemos pedido a nuestros músicos un compromiso par hacer al menos el ochenta por ciento de la programación. Eso garantiza una plantilla común y estable para casi toda la temporada. De manera que somos una orquesta estable que trabaja, eso sí, por producciones. Después de estos conciertos con Sabine Meyer pararemos dos semanas hasta el siguiente proyecto. La orquesta es un conjunto de músicos totalmente implicados, corporal, visual y anímicamente. Y eso se traslada a su sonido. Nos hemos acostumbrado un tanto a algunas orquestas públicas en las que la pasión por la música se ha visto sustituida por la rutina. En Camera Musicae eso no pasa nunca

Entiendo que su labor con la orquesta es doble, tanto la de dirección artística como la de dirección musical.

Sí, exacto, la doble vertiente. La dirección artística la llevo yo desde el principio pero mi gran preocupación en lo musical fue siempre contar con batutas invitadas. No me gustan los proyectos que tienen siempre al frente a la misma persona. Yo tenía claro que iba a dirigir como mucho la mitad de nuestra programación. Para crecer y renovarse es importante cambiar de batuta con frecuencia; eso garantiza frescura e implicación.

Y en su caso, al margen de Orquestra Camera Musicae, ¿tiene otros compromisos en agenda?

A decir verdad, no demasiados; ninguno estable o regular, desde luego. La labor de dirección artística es muy exigente. Han sido diez años de compromiso personal casi al cien por cien con este proyecto y eso requiere mucha dedicación. Quizá renuncié por ello un tanto a mi carrera en solitario como director. Ahora el proyecto está asentado, con objetivos todavía por cumplir y un crecimiento aún por delante. Pero eso me permite aceptar ya invitaciones como las que me han ido llegando de la Orquesta Nacional de Andorra, la Orquesta de Murcia o la Orquesta Santa Cecilia. En el futuro me gustaría repartir mi agenda al cincuenta por ciento entre Camera Musicae y mi propia agenda como director invitado. 

Ahora el proyecto Camera Musicae desembarca también en Madrid, con la gran clarinetista Sabine Meyer.

Sí, sin duda, ha sido una de las más grandes solistas del clarinete en las últimas décadas. Ella ha sido la referencia a nivel mundial. Y fue la primera mujer en entrar en la Filarmónica de Berlín, con los problemas que eso acarreo entre Karajan y la orquesta. Ella es un referente, un músico con mayúsculas. Tiene una sensibilidad increíble y un dominio técnico espectacular.

Hablando de referentes, ¿cuáles han sido los suyos, como director de orquesta?

Jordi Mora, mi maestro, fue durante dieciocho años alumno de Celibidache en Múnich. Él me transmitió todo el estudio de la fenomenología y la técnica propia de Celibidache para la comprensión del músico sobre el gesto. Yo después me quise formar en otras escuelas y complementar esa visión, por eso fui a Viena a estudiar con Salvador Mas que es más bien de la escuela de Swarowski. Pero claro, hay grandes referentes ahí fuera a los que es imposible no admirar, de Muti a Fürtwaengler pasando por Toscanini. Y por supuesto Carlos Kleiber es un director apasionante.

El tema del gesto en la dirección de orquesta siempre es complejo. Hay quien no lo valora quizá suficientemente.

Sí, yo creo que cuando el gesto es teatralidad no tiene sentido. La escuela de Celibidache precisamente plantea esto: el gesto tiene toda la información que el músico necesita en cuanto a dinámica, articulación, fraseo, etc. No hay nunca una sobreactuación porque el gesto es informativo no teatral. A mí particularmente ese punto teatral me molesta un poco en algunos directores. El gesto debe ser un recurso para recordar lo que se ha trabajado en los ensayos. 

 

 

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