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Nello Santi Toni Suter Opernhaus Zurich 

La vieja escuela

Obituario en recuerdo a Nello Santi

Como bien apuntaba ayer Fortunato Ortombina, responsable artístico de La Fenice de Venecia, con Nello Santi concluye una tradición histórica, todo un árbol genealógico de batutas, que se retrotrae hasta el siglo XIX, con las figuras de Angelo Mariani y Franco Faccio, continuada después por Toscanini y más tarde por Tullio Serafin. Nello Santi (Adria, 1931 - Zúrich, 2020) era el último maestro italiano de la vieja escuela, el útimo eslabón de una cadena que concluye con él y de la que formaron parte asimismo ilustres maestros italianos como Antonino Votto o Francesco Molinari-Pradelli.

Debutó en 1951 con Rigoletto, en la ciudad de Padua. Pocos años después, en 1958 y tras bregarse en multitud de teatros italianos de provincias, comenzó a dirigir en la Ópera de Zurich, que sería el teatro más importante durante toda su trayectoria profesional. Vinculado a él durante más de seis décadas, fue su director titular desde 1958 hasta 1969. De hecho, seguía manteniendo allí una agenda más o menos intensa, aunque cada vez más espaciada en los útimos dos o tres años. Durante los sesenta, debutó asimismo en todos los grandes teatros internacionales, desde la Staatsoper de Viena al Festival de Salzburgo pasando por el Covent Garden de Londres o la Staatsoper de Hamburgo, sin olvidar el Metropolitan de Nueva York, donde dirigió la friolera de cuatrocientas funciones. Su relación con la Scala fue casi anecdótica: regresó allí en 2017, para La Traviata con Anna Netrebko, pero tan solo habia dirigido allí antes en una ocasión, en 1971.

Durante los años sesenta y los setenta del pasado siglo coincidió con una generación dorada de solistas que comenzaban su andadura precisamente durante esos años: Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Sherril Milnes, Luciano Pavarotti, Katia Ricciarelli, Mirella Freni, Raina Kabaivanska, Leo Nucci, José Carreras... Pero Santi también había trabajado con la generación anterior, la de Callas, Tebaldi, del Monaco y Bergoniz. Y trabajaría después con los cantantes de hoy en día, como nuestros tenores Celso Albelo e Ismael Jordi, quienes lamentaron ayer su pérdida con sendos mensajes en las redes sociales.

Santi sabía respirar con los cantantes pero era mucho más que un acompañante. Era un guardián de la tradición, pero no en un sentido reaccionario y gris. Santi representaba el oficio, desde el conocimiento cercano de la partitura y desde la atención a las voces. Conocido como Papa Santi, era una suerte de pater familias, un auténtico padrone, entrañable y admirado, el último heredero de una escuela que ya no tiene más continuadores. Era un profundo conocedor del repertorio italiano, singularmente en el caso del belcanto y el catálogo verdiano, aunque en sus comienzos había manifestado fascinación por Brahms y sabía admirar el genio compositivo de Wagner.

Dirigía siempre sin partitura, consciente de que llegado un punto lo más importante sucedía ante sus ojos y no por debajo de sus manos. Era un maestro concertador de los de antes, capaz de recomponer a un solista despistado con un solo gesto. Su autoridad en el foso era palpable, con una mirada firme y magnética. Le recuerdo muy bien, dirigiendo a la orquesta durante mi primera visita a la Ópera de Zurich, hace más de quince años. Me sorprendió. Desde entonces, no me defraudó ni una sola vez cuando le vi dirigir allí. Un grande, el último de una especie que se acaba con él. 

Foto: © Toni Suter / Opernhaus Zürich

 

 

 

 

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