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Birgit Nilsson, una fuerza de la naturaleza

En el centenario de su nacimiento

Cada generación tiene sus mitos, sus voces de referencia para cada papel. Pero no todas las generaciones tienen la suerte de encontrarse con voces fuera de lo común. Los años 70 constituyeron un momento de transición generacional, mientras cantaban todavía algunas de las estrellas de las décadas pasadas, pero cuando el canto wagneriano aún no había encontrado su generación de recambio, con la excepción de algunas voces femeninas: Gwyneth Jones, Deborah Polaski o Hildegarde Behrens; y más tarde Waltraud Meier. En el lado masculino la situación era mucho más pobre. De hecho hubo que esperar al cambio de siglo para encontrar voces verdaderamente capaces de satisfacer las exigencias de algunos papeles como Tristan o Siegfried.

Birgit Nilsson era una de aquellas estrellas que marcaron a toda una generación. Tuve la suerte de escucharla desde 1973 hasta el final de su carrera. La soprano sueca tenía ya 56 años la primera vez que la vi, en Orange, en el famoso Tristan un Isolde junto a Jon Vickers y Karl Böhm. Yo entonces era un joven apasionado por Wagner y empezaba a sentir fascinación por las voces. Afirmaré desde ya una convicción que atraviesa todo este artículo: no he escuchado jamás una voz semejante a la de Nilsson, nada comparable. Su voz lo tenía todo: potencia y volumen pero también lirismo y fraseo. La potencia en verdad era tal que parecía no ser algo humano. Con todo el respeto y admiración por los grandes cantantes de nuestros días en Wagner y en Strauss, nadie está apenas cerca de poderse comparar con lo que suponía escuchar a la Nilsson, quien causaba estupefacción en el oyente apenas abría la boca. Quizá el lector que no ha tenido la fortuna que yo tuve no termine de creer lo que afirmo, que sonará exagerado. Lo cierto es que los discos no captan ni mucho menos la grandeza de la Nilsson en teatro. Los gustos también han cambiado, es innegable, pero lo cierto es que en décadas como espectador jamás he vuelto a encontrarme con una voz que imprimiera tal impacto físico en el oyente. La Nilsson bordaba lo increíble.

La soprano sueca inició su carrera en los años cuarenta, cuando contaba apenas con 29 años de edad. Durante una década, aproximadamente, desarrolló su actividad en Estocolmo, hasta que Bayreuth la contrató para asumir la parte de la soprano en la Novena de Beethoven del Festival de 1953, bajo la batuta de Paul Hindemith. Un año después, en 1954, asumiría el rol de Ortlinde en Die Walküre con Josef Keilberth y Elsa en Lohengrin con Eugen Jochum y el citado Keilberth. Nilsson cantó en Bayreuth desde 1953 a 1970, pero en realidad empezó a cantar allí “sus papeles” (véase Isolda) a partir de 1957. Durante 10 años cantó Isolda y Brünnhilde, sus dos roles fetiche, de forma alternativa o contemporánea.

Pero el repertorio de Birgit Nilsson incluía también roles italianos que hoy pudieran antojarse ajenos a su personalidad, como la Amelia de Un ballo in maschera que llegó a grabar con Georg Solti, maestro con quien hizo también el Anillo, Tristan un Isolde, Salome y Elektra. Más acorde con su instrumento era el papel protagonista en Turandot, que grabó con el gran Björling en 1960. Es precisamente a partir de esa década, los años sesenta, cuando Nilsson se convierte en una estrella lírica de resonancia internacional. Fue particularmente fiel al Metropolitan de Nueva York, donde cantó de forma continuada entre 1959 y 1981; y a la Ópera de Viena, donde fue una cantante casi estable desde 1954 a 1982, paseando por allí incluso algunos de sus roles más infrecuentes, como Lady Macbeth de Verdi o la Tosca de Puccini, al lado de Brünnhilde o la Tintorera de Die Frau ohne Schatten. Como muchos artistas en su época, Nilsson escogía su repertorio con prudencia. De hecho, a partir de los los años sesenta, su repertorio abarcaba apenas una quincena de papeles.

Personalmente, escuché a Nilsson en el ya citado Tristan de Orange, en 1973; en Elektra en 1974 y 1975, en París; en La mujer sin sombra en 1977, en Viena; y en dos recitales, uno en Viena en 1979 y otro en París a comienzo de los años ochenta. Toda actuación de la Nilsson era algo muy particular, pues como apuntaba antes su voz tenía la capacidad de generar una gran impresión física en el oyente, al que dejaba boquiabierto con su voz inmensa. Recuerdo haber llevado conmigo a varios amigos a la Elektra de París, incluyendo a algunos amigos no especialmente aficionados a la lírica, y todos sin excepción salieron del teatro estremecidos por la experiencia. Hasta tal punto que todos me citan aquel evento cuando volvemos a hablar de ópera hoy en día. Tal era la excepcionalidad de la Nilsson: vista una vez, nunca se la olvidaba.

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