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Turandot real javier del real

Un fingidor

Madrid. 11/12/18. Teatro Real. Giacomo Puccini: Turandot. Oksana Dyka (Turandot). Roberto Aronica (Calaf). Miren Urbieta-Vega (Liù). Giorgi Kirof (Timur). Raúl Giménez (Altoum). Joan Martín-Royo (Ping). Vicenç Esteve (Pang). Juan Antonio Sanabria (Pong). Gerardo Bullón (Un mandarín). Coro Intermezzo. Orquesta Sinfónica de Madrid. Robert Wilson, dirección escénica, escenografía e iluminación. Nicola Luisotti, dirección musical.

"Sólo los individuos superficiales tienen conviciones profundas. Aquellos que no reparan en las cosas, que casi ni las ven para no topar con ellas, siempre tienen la misma opinión, (...) Sólo cuando una humanidad libre de prejuicios sobre la sinceridad y la coherencia se haya acostumbrado a sus sensaciones, a vivir de forma independiente, pordrá obtenerse algo de belleza, elegancia y serenidad de la vida". - Fernando Pessoa.

Decía también Pessoa que el poeta es un fingidor. Hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente... Tírenme piedras, pero los críticos a veces somos antítesis o calco del poeta portugués. O fingimos y callamos... o hablamos todo. Y así nos va, que hagamos lo que hagamos no parecemos gustar a los que se describen en el párrafo precedente. De ello saben muy bien el Teatro Real, ¿verdad? Este que escribe no es capaz de disimular dolor cualquiera, por pequeño que sea... pero no quiero desviarme de la música que aquí me trae, por mucho dolor que uno sienta.

Puccini también era, a su manera, un fingidor. Un teatrero han dicho en muchas ocasiones, pero oigan, qué teatrero más bueno. Esa forma de jugar con el espectador, con lo que él sabe, pero sus personajes no, ese giro argumental que no nos es inesperado, nos llega a lo más hondo del corazón. Ocurre en todas y cada una de sus grandes óperas... excepto, seguramente, en su última aventura: Turandot. En el Teatro Real de Madrid, el Turandot de Robert Wilson responde, como todos sus trabajos, a una visión propia, a un universo estético personalísimo, no singularísimo, pero sí muy delimitado, pensado y trabajado, que se muestra redondo en cuanto a concepto. Cuando uno gusta de poder apreciarlo, el goce está prácticamente asegurado. Personalmente, aún me atormentan los sueños que me produjo su trabajo con Vida y muerte de Marina Abramovic, al que siguieron varias noches en las que Willem Dafoe me hablaba con una parte de su cuerpo con la que, créanme, es imposible hablar. No creo que fuera ese el poso o el mensaje que Wilson (y Abramovic) quisieran enviar, pero algo de su verdad había, porque es incuestionable que Wilson tiene verdad y discurso propio.

Un universo de luz y geometría particular que se expande ahora hacia China. Cierto es que Turandot es una ópera que se presta a los grandes despliegues, de masas, de oropeles y que la propuesta de Wilson, una vez más, tiende hacia el estatismo, pero no menos cierto es que esa aparente acinesia de algún modo encaja de manera proverbial en la inamovilidad de unos personajes abocados a un destino del que no parecen siquiera querer escapar y, al mismo tiempo, canaliza el camino propio de Puccini entre estos pentagramas, que parecían llevarle a un camino sin retorno - y en cierto modo sin sentido - hacia la redención por amor de sus protagonistas. Un amor forzado, autoimpuesto, frío... no es el Puccini de una ardiente Tosca o un desesperado Des Grieux, ni siquiera el del amor sincero entre bohemios o el inconsciente de una joven japonesa; es un Puccini que quiere trascender hacia la liberación del hombre por amor, pero que queramos aceptarlo o no, pierde en la profundiazión del drama, de la pasión, del teatro. Se pone el foco en Calaf cuando el drama está en Turandot, ella misma lo cuenta. Mucho más estético y estático que dramático. Y en eso concuerda muy bien con Wilson.

Roberto Aronica es un Calaf que al final de su supuesto dolor, opta por "la tercera vía", abandonando a la gélida Turandot, pero haciéndole antes ver qué significa eso del amor (también hay teatro entre la estética). Quizá él también sea un fingidor. En el apartado vocal, se mostró con la emisión algo turbia, pero de encomiable proyección y agudos recios y penetrantes. A su lado, la princesa de Oksana Dyka dibujó una gran protagonista, sin problema en el agudo y estupenda dicción. Les acompañaron el Timur de Giorgi Kirof y una excelsa Miren Urbieta-Vega como Liù, lo mejor de la noche, con una línea de canto matizada y bella. Completaron el plantel unos secundarios muy bien presentados por Gerardo Bullón como Mandarino y el excelente trío Ping, Pang, Pong de Joan Martín-Royo, Vicenç Esteve y Juan Antonio Sanabria respectivamente. 

Con todo, la protagonista de la noche fue sin duda la Orquesta Sinfónica de Madrid que, junto con el Coro Intermezzo, elevaron esta Turandot a grados superiores de calidad. El foso del Real, comandado por Nicola Luisotti, sono denso y suntuoso, mágico por momentos. Contundente, terso, atento a los detalles y recursos que plantea no sólo Puccini sino también Alfano, y fue siempre respetuoso con todo lo que acontecía sobre el escenario. Ahí abajo no se pudo pedir más.

Foto: Javier del Real.

 

 

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