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JUAN CARLOS FERNÁNDEZ-NIETO: "LA PASIÓN POR LA MÚSICA ES LO QUE LLEVA AL TALENTO"

El pianista salmantino Juan Carlos Fernández-Nieto tuvo su debut oficial a los 16 años, de la mano de Mozart, Josep Pons y la Orquesta Ciudad de Granada. Desde entonces ha paseado su talento por todo el mundo, especialmente en Estados Unidos, donde vuelve ahora al Carnegie Hall de Nueva York. Le esperan además conciertos en El Salvador, Honduras, Argentina o Sudáfrica con un programa de lo más ecléctico. Sin atarse a etiquetas, Fernández-Nieto es un pianista del presente que vive su talento con auténtica pasión.

Usted debutó muy joven, a los 16 años, nada menos que con el 20 de Mozart y la Orquesta Ciudad de Granada.

Efectivamente, estaba ya estudiando con Claudio Martínez y debió recibir una llamada de Josep Pons, que estaba buscando alguien joven… ¡aunque no sé si tan joven!, para tocar Mozart. Dio la casualidad que ese concierto es uno de mis favoritos, uno de los que me aprendí desde pequeño. Pons me hizo la audición cuando yo aún tenía 15 años.

¿Cómo vivió todo aquello?

Sinceramente, si lo pienso ahora, hubo bastante inconsciencia. (Risas). La típica de cuando uno tiene quince años, vamos. A mí me dijeron: ve al Monumental que te va a escuchar Pons… y allí toqué, también la Rapsodia Húngara de Liszt que estaba estudiando en aquel momento. Llegué y me puse a tocar… y desde el patio de butacas Pons me decía: “Pero, ¿así sin calentar ni nada te vas a poner a tocar?”. Pues sí… con 15 años y esa inconsciencia… ¡no sentía ni que necesitase calentar! Y así surgió todo. Pons me pidió una cosa a cambio de tocar con él y con la Orquesta Ciudad de Granada: que me siguiese formando como persona y como músico. Le tengo un gran respeto y una gran admiración.

Lo de los niños prodigio… ¿es una realidad? ¿cómo vivió usted su infancia junto al piano?

Sinceramente, creo que hay bastante desinformación sobre lo que es el concepto de prodigio, por lo menos en España. Yo considero que, personalmente, he tenido mucha facilidad. Primero de todo porque me gusta muchísimo la música y esa pasión es lo que te lleva al talento. No tengo claro hasta que punto uno puede nacer con él… habrá parte, claro, pero para mí ha sido algo natural el crecer rodeado siempre de música. ¡De hecho, mi hermano es mucho mejor músico que yo! ¡Tiene mejor oído que yo, aunque no haya hecho una carrera musical! Volodos dice que cuando tienes pasión no te hace falta técnica. Su concepto quizá es algo extremo, porque quizá a los demás sí que nos hace falta la técnica, pero lo del concepto de niño prodigio en mi casa no se ha tenido nunca en cuenta.

Mozart parece haber sido una constante en su carrera desde entonces…

Es una constante, quizá, un poco extraña, en el sentido de que no me considero un músico especialista en Mozart, sobre todo habiendo gente tan grande tocándole como Pires, Barenboim… sin embargo es un compositor que, junto con Bach, es el número uno. Es totalmente necesario, tanto para un niño como para un músico adulto, estar tocando siempre Mozart. Tiene una dificultad añadida: tocarlo en público. Según uno va creciendo, Mozart se va volviendo más complicado. Con la OCG, en el Carnegie Hall, con la OCRTVE… siempre ha sido una constante y me gustaría que, en cierto sentido, pueda seguir siéndolo, aunque por supuesto también me dedique a otros compositores.

¿Tendemos a catalogar muy rápido a los intérpretes?

En ese sentido nunca he tenido problema… porque afortunadamente, creo, tampoco me han colgado etiquetas. Cuando uno toca un par de veces ciertas cosas o a un compositor como de seguido, sí es cierto que rápidamente hay quien te cataloga, aunque sea para memorizarte. Es más cosa de los otros que de los propios artistas… en realidad las etiquetas no son ni buenas ni malas, aunque unas ayudan y otras no tanto. Yo no me considero mozartiano, como tampoco me considero de Rachmaninov, de Prokófiev o de Beethoven; simplemente me gusta muchísimo la música y me gusta tocar de todo.

Antes ha hablado de Mozart y Bach como dos grandes. Entiendo que es cuestión de cada persona, pero ¿qué compositores considera como vitales para dotar de vivencia y experiencia a un pianista?

Bach y Mozart. Es impensable la música occidental sin ellos. Beethoven, por supuesto. Es un compositor que toco poco, pero es porque le tengo un respeto grandísimo. Tiene un tormento dentro, siempre latente, que me da incluso miedo. De los románticos, imagino que depende de gustos, efectivamente, aunque Chopin, Schumann y Liszt siempre han de estar presentes. Con Schumann, por ejemplo, yo he aprendido a medir. Contratiempos, síncopas… tan loco como genio. En cualquier caso, si le digo la verdad, he aprendido mucho más de piano con la música orquestal que con las obras puramente pianísticas. No me refiero al sentido más técnico, sino a las texturas y a las sonoridades.

¿Y de algún compositor más actual?

Pues en cuanto al siglo XX, he de decir que cada día descubro más a un compositor fabuloso como es Hindemith, que fue profesor en Yale. Aunque es una música muy “extraña”, me llama muchísimo la atención. Si con Schoenberg hay un atonalismo libre, con Hindemith yo diría que hay un tonalismo libre. Las cuerdas pueden estar en una tonalidad y al mismo tiempo los vientos en otra, o incluso en una tonalidad muy cercana, pero haciendo algo completamente distinto. Es un genio que conocía muy bien las diferentes texturas y los sonidos que proyecta cada instrumento (uno de los pocos compositores, sino el único, que tiene una sonata escrita para cada uno de ellos), por lo que en la orquesta suena todo balanceado y perfectamente. Al transportarlo al piano, ¡puede ser terrible!

¿Cómo es el piano de Hindemith?

Mi contacto con él comenzó con su Sonata para trombón. ¡La cantidad de notas que puedes encontrar en el Tercero de Rachmaninov y en esta sonata es casi la misma! (Risas). Recuerdo el tercer tiempo, “la canción del pirata”, en un ritmo ternario, absolutamente tonal, muy fronterizo… ¡interesantísimo! Desde aquel momento, aun con todo lo denso que es, me cautivó. Y como decía mi maestro Berman con cierto sarcasmo: ¿¡Cuántas veces tiene uno la oportunidad de tocar con un trombón!?

Entiendo que, entre todos sus maestros, Berman tuvo un papel importante.

Siempre digo que todos mis profesores me enseñaron algo, tuve mucha suerte con ellos. De cada uno de ellos me he llevado algo especial. Mi primera profesora, Julia Díaz, me enseñó básicamente el amor por la música y la técnica del piano. Con Claudio aprendí a analizar. Ver una partitura con él, es verlo absolutamente todo. Y Berman me enseñó a pensar. Con esto no estoy diciendo que mis otros profesores no me enseñaran a pensar, pero con él aprendí a apañármelas, a aprender por mí mismo, a pensar. Es un regalo muy importante para cualquier persona, le estoy muy agradecido por ello.

Como decía Bartók, ¿los concursos son para los caballos?

En cada concurso que he hecho, tanto si me ha ido bien como si me ha ido mal, lo he terminado pensando; en el sentido en que tiene mucha razón porque son totalmente antinaturales. Uno cuando va incluso de gira, si me apura, tiene dos o tres programas diferentes aun con muchos días entre medias, dejando siempre algo en común. Un concurso es absolutamente contrario. Repertorio completamente distinto en un ritmo que difícilmente se puede aguantar. Quizá también sean algo antimusicales, en el sentido de que se busca un patrón, algo generalizado y no un especialista, por ejemplo. El que tiene algo que perder en los concursos, siempre es el intérprete, porque el jurado no está buscando el mejor, sino el más sólido; el que menos razones les de para el no, y no el que les de una razón para el sí.

Otra de sus facetas es la música de cámara, que a menudo los pianistas solistas no desarrollan tanto. Usted ha tocado por ejemplo con el Quiroga o con el mítico Tokyo Quartet.

Efectivamente, toqué con ellos el año antes de que anunciasen su retirada. Fue en el Festival de Northfolk, en Estados Unidos. Recuerdo que en aquel momento me acababan de comunicar que otro festival para el que también había hecho pruebas no me cogía, por lo que estaba muy enfadado conmigo mismo y justo Berman me dijo que me aceptaban para tocar con ellos. ¡El mundo se paró para mí! De esos conciertos que, antes de empezar, ya estás deseando que termine, pero que cuando estas en pleno concierto no quieres que se acabe nunca. Son experiencias que agradezco infinitamente. No sólo con ellos, sino también con los Quiroga, sí, con quienes toqué Dvorák en Santander.

¿Vivir en Nueva York le ha enseñado algo? No sólo sobre interpretación, sino sobre la música o su negocio en general, me refiero.

(Reflexiona). Sí es cierto que vivir en Nueva York, para un músico, tiene muchas cosas buenas y muchas cosas malas. Malas en cuanto al precio de las cosas, por ejemplo, puesto que en ocasiones uno tiene que estar preocupado por cuestiones que deberían ser triviales para la música. Luego, por otro lado, el mercado está muy liberalizado. En cualquier esquina o iglesia puede haber una programación de conciertos. Oportunidades para ponerte a prueba, por lo tanto, hay muchas. Una sobrestimulación que puede ser negativa, pero también muy positiva. Te obliga a estar al día, a estar en forma, a vivir el negocio sí o sí. Ese dinamismo se pierde fuera de Estados Unidos. Es un ciclo diferente que hace que los circuitos de clásica en Europa, por ejemplo, sean todavía más tradicionales en cuanto a la programación de música o intérpretes.

Vuelve ahora, de hecho, a Nueva York.

Eso es, el 6 de junio tocaré en el Carnegie Hall y el 7 en la Adelphi University, en Long Island. Tocaré el Concierto para piano de Vaughan Williams. Una obra tan complicada como fantástica. El tercer tiempo, por ejemplo, es un fugato con la orquesta, una cosa que sorprende muy gratamente. Tiene un gen común con Holst, Walton… incluso Elgar… con una sonoridad muy británica. Luego en agosto volveré a América, a El Salvador y a Honduras. También a Argentina, donde regresaré en noviembre a cerrar la temporada. Seguramente mezcle Debussy, Saint-Saëns, Rachmaninov y Schumann, además de una selección de Las estaciones de Tchaikovsky. Intento siempre que el público pueda reflexionar con la música que interpreto, pero que al miso tiempo, en el mismo programa, disfrute, se entretenga.

 

 

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