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Plácido Domingo, más que un tenor. Medio siglo en el Liceo

Por mis circunstancias vitales, que coinciden bastante con las del tenor Plácido Domingo, he podido vivir la totalidad de su carrera en el Gran Teatre del Liceu, que fue el primer coliseo operístico europeo que pisó cuando todavía se daba a conocer como tenor mexicano, y he podido seguir sus actuaciones en dicho teatro, además de presenciar muchas de sus actuaciones en otros teatros del mundo, especialmente en el Metropolitan de Nueva York.

Los comienzos, desde México

Yo asistí como abonado a la función del 1 de enero de 1966, que fue la de su debut como tenor principal de las tres óperas mexicanas que, procedentes del Teatro de Bellas Artes de México, se presentaron en el Liceu aquel día de Año Nuevo: La mulata de Córdoba, de José Pablo Moncayo (1912-1958), Carlota, de Luis Sandi (1905-1996) y Severino, de Salvador Moreno (1916-1999), compositor que estos años residía en Barcelona y probablemente fue el impulsor de la original iniciativa del empresario Pàmias, que tan bien sabía combinar en sus temporadas el repertorio deseado por el público y los títulos más insólitos que él tan bien sabía “colar” en los abonos de los aficionados, por lo general poco dados a las “aventuras”.

En aquel momento recuerdo perfectamente haber percibido que la figura más destacada de los conjuntos de las tres óperas era el joven tenor, que ejercía más o menos de protagonista en las tres obras, con una personalidad indudable, pero nunca imaginé que algunos años más tarde acabaría siendo uno de los grandes pilares de la ópera mundial.

Después de esas tres funciones de su debut (1, 3 y 8 de enero), Plácido Domingo se fue para emprender el rumbo ascendente de su carrera  y no tardaría mucho en regresar a Barcelona, pero ahora ya en la ventajosa posición de líder operístico, cantando el Des Grieux de la Manon Lescaut de Puccini (18, 22 y 25 de diciembre de 1971 –¡oh años insólitos en que se daba función el día de Navidad por la noche!). El propio Plácido Domingo ha mencionado estas funciones más de una vez como uno de los momentos culminantes de su carrera vocal; su éxito fue inmenso y el ya mencionado empresario del Liceu no lo dejó “escapar”,  confiándole varios títulos en las seis temporadas siguientes (hasta la 1977-78), en unos momentos bastante críticos para el Liceu en el que la presencia de Plácido Domingo, formando pareja varias veces con la soprano mundial Montserrat Caballé, aseguraban la subsistencia del Liceu sobre el cual se cernían densos nubarrones que acabarían superándose sólo gracias a su apoyo. Además, la presencia de estos cantantes reforzaba el prestigio del Liceu en el ambiente operístico internacional. La vinculación de Plácido Domingo a Barcelona fue tan destacada que el tenor incluso adquirió un apartamento en la ciudad (en la actualmente llamada Avinguda Pau Casals),  donde residió varios años.

Una célebre Aida

Uno  de los grandes hitos de aquella época fue la célebre Aida de fin de año –de la que se dieron cuatro funciones , que congregaron en el escenario del Liceu a Plácido Domingo como Radamés, a Montserrat Caballé como Aida, a Gianpiero Mastromei como Amonasro, al bajo galés Gwyne Howell como Gran Sacerdote, a Bianca Berini como Amneris y al casi debutante Joan Pons (que aún cantaba como bajo) en el papel del Rey. Josep Ruiz era el Mensajero. Dirigía la orquesta el muy capaz Gianfranco Masini. Se habían programado cuatro funciones (como siempre que el título era susceptible de atraer más público del normal) y el reparto realmente excepcional de aquellas sesiones congregó verdaderas oleadas de público.  

Al llegar la cuarta y última función, la de la noche del 5 de enero la demanda de entradas era tan enorme que la empresa decidió hacer ”la vista gorda” respecto a la venta de las llamadas entonces “entradas de palco”. Existía entonces la costumbre de que los dueños o los que habían adquirido  palcos del teatro recibían un número de entradas limitado (seis los de primer piso, cinco los del segundo, y sólo cuatro los de tercer piso), pero si querían añadir alguna persona más como invitada a su recinto, ésta podía comprar una “entrada de palco” para tener acceso al mismo. Sin embargo, siempre había habido la costumbre de que algunas personas compraran una “entrada de palco” sin tener a nadie conocido, con lo que podían entrar en la sala y se quedaban de pie en los accesos de platea, a veces en cantidad  bastante notable. Yo mismo había hecho uso de esta posibilidad en muchas ocasiones, aunque oficialmente no fuera tolerado, pero en la noche de aquella Aida se permitió que se vendieran todas las entradas que se solicitaron en taquilla y como muchos sabían que era el único modo de acceder al interior del teatro, la cantidad de entradas “de palco” sin palco fueron tantas que no sólo se llenaron hasta los topes las bocas de los pasillos de la platea, sino la empresa permitió que la gente sin localidad se sentara en los pasillos laterales y central de la platea, hasta la altura de la fila 10 u 11 por lo menos. En aquella época la legislación de teatros no debía estar “actualizada” todavía y las razones de seguridad  que hoy día harían imposible un lleno semejante no evitaron este exceso de público. Por supuesto que también los palcos fueron ocupados por todas las personas que podían contener (había palcos con 12 y 13 asientos, aunque seis o siete no tuvieran la menor visibilidad, y sin duda el teatro superó esa noche los 4000 espectadores.  Fue una de las funciones inolvidables que Plácido Domingo y todo el equipo contratado por Pàmias dieron al Liceu de esta época.

Durante esos años, Plácido Domingo pasó a residir en Barcelona, porque se había vuelto imprescindible en las temporadas del Liceu y actuó en varias ocasiones solo o formando pareja estelar con Montserrat Caballé, y como solían coincidir en las fechas navideñas pronto la ilustre pareja se convirtió en el punto central de las temporadas, con afluencia de público del extranjero atraído por tan sensacionales repartos. Así había ocurrido en 1973, por ejemplo, con Un ballo in maschera, que contó además con la mítica presencia de un Renato ilustre, Cornell MacNeil, cuya fama discográfica era inmensa. 

En esa misma temporada 1973-74 tuvo lugar el debut de Plácido Domingo como director de orquesta con un Verdi infrecuente, Attila, con el bajo portorriqueño Justino Díaz como protagonista. Más tarde Plácido Domingo tomaría de nuevo las riendas de la orquesta en una función especialmente emotiva para él: una Doña Francisquita, de Amadeu Vives, el 11 de enero de 1974, con sus padres en el reparto: Plácido Domingo Sr. como Don Matías y Pepita Embil como Aurora. 

Una Carmen de lujo

Es algo bien sabido que para los amantes de la ópera, no hay como ver los repartos de años pasados para admirar el historial de los teatros. En la función de Año Nuevo de 1975, en que el Liceu estaba conmemorando el centenario del estreno de Carmen, de Bizet, Pàmias programó a un tercer reparto para esta ópera con la figura hoy mítica de Elena Obraztsova como protagonista y con Plácido Domingo como espectacular Don José. (En la primera había cantado el tenor Richard Tucker en la que fue su última función, porque murió nada más llegar a los Estados Unidos después de su actuación liceísta).  Y en la cuarta y última (el día 4 de enero) se distinguirían Pedro Lavirgen con la temperamental Grace Bumbry, complementados con la elegante y sensible Micaela de Mari Carmen Hernández.

En estos años también había buenas temporadas en el Teatro Principal de Valencia y no faltaron momentos estelares de las actuaciones de Plácido Domingo en dicho teatro, a cargo de una Asociación Valenciana de Amigos de la Ópera que dirigía D.José Torres Murciano.

También es justo consignar que el primer homenaje que se tributó a Plácido Domingo (en el Saló dels Miralls del Liceu) se lo dedicó la entidad operística Fra Diavolo, que en tantas ocasiones ha viajado a distintos teatros para presenciar sus actuaciones.

Más con Montserrat Caballé

Mientras tanto el empresario Pàmias había encontrado un vehículo especial para la programación de las fiestas Navideñas, y elegía cada año un título o dos de relieve que permitieran la actuación conjunta de los dos máximos divos del país jntos.

Y así, para esa pareja estelar de las Navidades de 1975 el empresario Pàmias “desenterró” un Verdi muy conocido pero casi olvidado: Las vísperas sicilianas, que en aquella época supusieron además la presencia por primera vez, de una directora norteamericana en el podio, la célebre Eve Queler, y la programación íntegra del ballet verdiano de Las Cuatro Estaciones (algo que hoy en día sería casi impensable). Sin embargo, en una de estas funciones hubo algún pequeño desajuste en el dúo de la Caballé con Plácido, que fue protestado desde las alturas del teatro. Ese fue el principio del final de la colaboración liceísta entre ambos, a pesar de que todavía quedaba un reparto histórico de los dos cantantes cuando en noviembre-diciembre de 1977 reaparecieron ambos en una famosísima recreación de L’Africaine de Meyerbeer, un antiguo “caballo de batalla” de épocas anteriores y que el Liceu no había programado desde 1949. Joan Pons aparecía en el rol de Don Diego, y Plácido cantó un espectacular Vasco Da Gama, mientras que Montserrat Caballé, debidamente maquillada, hacía de Selika, la mítica Africana de la historia. Fue otra gran aportación de ambos cantantes a la historia increíble del teatro de la Rambla.

Mientras tanto, el Liceu había abierto sus puertas para la presentación aquí de Plácido Domingo en uno de sus roles míticos: el de Otello, el 5 de febrero de 1977, secundado por el Yago de Guillermo Sarabia, bajo la dirección de Giuseppe Morelli. Plácido no escatimaba sus colaboraciones, y cantó de nuevo esa misma temporada con Virginia Zeani, que se despidió de la afición liceísta con su Fedora, cuyo Loris Ipanov fue espléndidamente realizado por Domingo. Su “Amor ti vieta” detuvo la función inaugural durante varios minutos, como era de prever. 

En la nueva etapa del Liceu

La estabilidad del Liceu sufrió lentamente los embates de la crisis suscitada por la muerte de Franco. Hubo algaradas y empujones en la Rambla y algunos ataques aislados a los asistentes al teatro, que no tuvieron gravedad, pero que asustaron a los pusilánimes y a los poco fieles a la ópera  que dejaron de acudir al teatro.  Por otra parte el empresario Pàmias tuvo problemas de todo tipo en el teatro, y uno de ellos con Plácido Domingo, que con Caballé había dado su apoyo al Liceu cobrando unos “cachets” muy inferiores a los suyos normales, y se molestó  cuando  se enteró de que otros cantantes no habían tenido este mismo gesto para eon el Liceu y no obstante seguían siendo contratados por el empresario.

Pero la muerte el empresario Pàmias, en mayo de 1980 cambió la gestión del teatro, y con la creación del Consorci del Liceu volvió Plácido Domingo en 1982 al mismo cantando una Bohème en el ahora nuevo “Festival de Pro Musica” del nuevo empresario Lluís Portabella, y en el de 1983 redondeó su presencia con una magnífica Tosca. Pero lo más espectacular fue La fanciulla del West de Puccini, en el Festival de 1984, con una producción procedente del Covent Garden y en el que Plácido Domingo cantó un Johnson realmente sensacional. 

En 1988 estaba cantando de nuevo la Fedora de Giordano con Renata Scotto, cuando en la segunda función supo que se hallaba en el Liceu el tenor Josep Carreras, recién superada su terrible leucemia. Generoso como siempre, Plácido hizo aparecer a Carreras en el escenario, en un descanso, y lo hizo aparecer para que saludara desde el escenario al público maravillado del teatro (4 de marzo de 1988).  

El rey del Metropolitan

En los años siguientes tuve la oportunidad de viajar con frecuencia a Nueva York. En estos años el rey del Metropolitan, el inmenso nuevo teatro del Lincoln Center, era Plácido Domingo, cuya obra más apreciada era Otello, la ópera de Verdi que mucho tenores han deseado cantar y que Plácido Domingo es de los pocos que ha logrado incorporar a su repertorio. 

Además de esto, Plácido logró ser el primer tenor español que ha cantado en el Festival wagneriano de Bayreuth. El público de este Festival no es muy adicto a los grandes nombres de la lírica, y el primer Lohengrin que cantó Plácido los dejó indiferentes, e incluso con comentarios un tanto menospreciativos debido a su pronunciación mediocre del alemán (Plácido sólo había grabado entonces el Oberon de Weber en ese idioma). Pero el año siguiente, cuando volvió a dicho Festival, la cosa había cambiado de aspecto, y Plácido cantaba en un alemán mucho más correcto. 

Sin embargo, los responsables del Festival de Bayreuth de aquellos años, que habían pensado en él para otro título en el verano siguiente, finalmente le mandaron una carta (que yo vi sobre el despacho del director, antes de cursarla) en la que le agradecían su interés por cantar allí, pero añadiendo que con su régimen de ausencias durante la época de ensayos consideraban su colaboración como incompatible con el Festival. Plácido insistió en volver y se adaptó a las exigencias de Wolfgang Wagner y finalmente fue programado en el papel central de Parsifal.

Precisamente, el año en que debutó allí en este título recuerdo haberlo ido a entrevistar, previa cita con la oficina de prensa, pues su retorno al Festival en este nuevo rol era de un interés evidente. En la verja de entrada a la sección de los cantantes me franquearon el paso (única persona admitida) ante la admiración de docenas de personas que esperaban en vano poder ir a saludar al tenor protagonista. Una vez dentro vi enseguida a Plácido aún vestido para la escena (con Berndt Weikl, que cantaba Amfortas). Era un 31 de julio, y su función anterior había sido el día 26. Lo saludé y le dije: “Plácido, esta vez sí habrás podido descansar con esos cinco días de margen!” Y me respondió: “Nada de eso; después de la función anterior me desplacé en avión a Los Angeles donde canté y después tuve una función en San Francisco antes de volver aquí”. Teniendo  en cuenta las distancias de las ciudades californianas respecto de Europa, no hace falta insistir más en la brevedad de su descanso que, como el mismo suele explicar, consiste, sobre todo, en dormir en los desplazamientos de avión.

Al margen de su actividad constante, hay que señalar la intensa dedicación de Plácido Domingo al mundo del disco, no sólo con las obras más transitadas de su repertorio de tenor spinto (e incluso con alguna incursión fuera de él), sino en títulos tan poco conocidos como L’amore dei tre re, de Italo Montemezzi, que grabó junto a Anna Moffo en 1977,

Muchas veces he presenciado actuaciones de Plácido Domingo en estos años, no sólo en los papeles wagnerianos (recordemos su Parsifal con Waltraud Meier en el Liceu) sino en sus roles baritonales (Orestes, de la Iphigénie en Tauride, en Valencia, en el homenaje que le tributó recientemente el Teatro Real, así como en el Simon Boccanegra de Verdi en Berlín –Teatro Schiller-, en el Liceu de Barcelona y otros lugares; su aclamada aparición multitudinaria en la Arena de Verona) y su labor en el Teatre de les Arts de Valencia, por citar nada más que una pequeña parte de su incansable actividad. En el momento de firmar estas líneas tengo en perspectiva presenciar una nueva actuación de Plácido Domingo en el Liceu, donde después de cincuenta años de actuaciones, logra todavía poner en pie a los espectadores que aclaman al tenor más impresionante de todos los tiempos.

 

 

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