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Tosca Munich Harteros Kaufmann

¿Quién da más?

Múnich. 01/07/2016. Bayerische Staatsoper. Puccini: Tosca. Anja Harteros, Jonas Kaufmann, Bryn Terfel, Goran Juric, Christoph Stephinger, Kevin Conners. Dir. de escena. Luc Bondy. Dir. musical: Kirill Petrenko.

La confluencia en Múnich de Kirill Petrenko, Jonas Kaufmann y Anja Harteros es uno de los mayores regalos que nos ha hecho la historia de la lírica en muchos años. En solitario o reunidos por vez primera en escena, como en esta Tosca, los tres se han convertido en faros destacados de la propuesta artística de la Bayerische Staatsoper, que no en vano se yergue hoy como el primer teatro de ópera del mundo.

Anja Harteros ya había cantado la parte de Tosca anteriormente, en un par de ocasiones desde la temporada 2013/2014. Ahora, sin embargo, demuestra haber interiorizado el papel de una manera admirable, con un compendio de gestos, actitudes y acentos que recuerdan a las más grandes, incluso a una Maria Callas, por qué no decirlo. Hay por supuesto alguna nota más destemplada aquí o allá, pero en todo caso peccata minuta ante un retrato de semejante riqueza y verdad. Con un inteligente afectación, perfectamente medida y dosificada, Harteros es de principio a fin de la representación la ideal diva devota y caprichosa, presa de los celos y que profesa no obstante un amor por Cavaradossi que apenas ella misma alcanza a explicarse. Cantó aquí la soprano alemana con un grave terso y bello, con un centro que es pura poesía y mostrando un agudo que si bien no descolla, estaba en muy buena forma en estas funciones. Harteros posee hoy en día un magnetismo que no tiene parangón. Si no cancela y está en buena forma, su hacer es imbatible e incomparable.

El canto de Jonas Kaufmann es el perfecto compendio de los nobles ideales románticos que empujan el hacer de Cavaradossi, en una apuesta sin concesiones por la belleza y la libertad. En un estado de forma sobresaliente, Kaufmann frasea con mucha más naturalidad este repertorio italiano ahora que hace apenas tres o cuatro años. No siendo una voz italiana, consigue sin embargo unas dosis de musicalidad que arrebatan. La filigrana en frases como el “Qual´occhio al mondo” o el “O dolci mani”. Resolvió con soltura y seguridad las páginas más exigentes, los esperados “Vittoria!” del segundo acto y el “La vita mi costasse” del primer cuadro. En el “adiós a la vida”, absolutamente memorable, Kaufmann firma unos filados que casi recordaban a lo mejor de Fleta y Corelli, salvando todas las evidentes distancias. El feeling con Harteros y con Petrenko elevó aún más si cabe la temperatura de la sala durante la representación, que sin duda es una de las más memorables que se recuerdan en mucho tiempo. Escuchar un Cavaradossi tan refinado, tan sutil, tan hermoso en suma, es algo que se agradece sobremanera en un repertorio maltratado a menudo por voces que no aspiran siquiera a modular 

Bryn Terfel presentó seguramente el Scarpia más refinado que le hemos visto hasta ahora. Violento y procaz, libidinoso por descontado, pero al mismo tiempo sibilino, con una línea de canto mucho más cuidada de lo acostumbrado. Su Scarpia es más un Iago de acentos mefistofélicos; fiero pero capaz también de filigranas con la acentuación del texto, en perfecta comunión con la batuta de Petrenko. Desusadamente flojo en este caso fue el nivel de los comprimarios, sobre todo el de un insostenible Christoph Stephnger como Sacristán, en claro contraste con el buen hacer de Kevin Conners como Spoletta y sobre todo de Goran Juric como Angelotti.

Kirill Petrenko ya había dirigido Tosca anteriormente en Frankfurt, en enero de 2011, en una nueva producción firmada por Andreas Kriegenburg, con quien ha trabajado después estrechamente en Múnich (Die Soldaten, Des Ring der Nibelungen, etc.). Su pulso es aquí, como ya va siendo usual, subyugante de principio a fin: un sonido nítido, con iguales fluidez y transparencia; un fraseo detallista e imaginativo. Como ya sucedera con su Lucia di Lammermoor, sólo una batuta como la suya consigue que obras de repertorio, mil veces escuchadas, parezcan redescubrirse bajo sus manos, con una constante oleada de sonidos antes inéditos -maravilloso el inicio del tercer acto, estremecedor el acompañamiento en “E lucevan le stelle”, etc.-. Petrenko entiende perfectamente además que la orquesta en Puccini no acompaña a las voces, ni siquiera se limita a subrayarlas: el foso es un personaje más y el entramado sinfónico asume e incorpora a las voces, en un complejo balance que su batuta maneja con verdadera genialidad.

Poco imaginativa y austera en recursos, la producción de Luc Bondy no es el fondo otra cosa que una Tosca de mimbres clásicos, sin el oropel y exceso de un Zeffirelli, y sin el menor encanto, apenas funcional para reponerse con facilidad en teatros como el Met, la Scala o la Bayerische Staatsoper, donde es coproducción. Parece que Bondy pretendiese hacer de esa austeridad de medios una clave discursiva en sí misma, pero lo cierto es que tal argumento no conduce a ninguna parte, habida cuenta de al realización concreta, con esa escenografía y esa dirección de actores, que en realidad queda por completo en manos de los artistas.

Al margen de la producción, pues, una Tosca incandescente, de antología, con un trío protagonista de órdago y con una batuta en estado de gracia. Dicho lo cual, ¿alguien da más?

 

 

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