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Puritani Albelo Gimadieva 

Los latidos del belcanto. Parte I

Madrid. 06/07/2016. Teatro Real. Bellini: I puritani. Celso Albelo (Arturo), Venera Gimadieva (Elvira), George Petean (Riccardo), Roberto Tagliavini (Giorgio), Cassandre Berthon (Enriqueta), Antonio Lozano (Bruno), Miklós Sebstyén (Gualtiero). Dir. de escena: Emilio Sagi. Dir. musical: Evelino Pidó.

Hay algo de indudable morbo en el belcanto. De alguna manera la audiencia disfruta percibiendo el riesgo medido que corren los solistas afrontando partes tan exigentes como Elvira o Arturo, que apenas cabe cantar sin forzar las costuras, casi pisando la línea roja, como un equilibrista. I puritani es aún más si cabe una ópera de extremos, con una concatenación sin fin de escenas de sumo virtuosismo. 

Escuchando únicamente el consejo de su propia voz, desoyendo a quienes con desdén le tildaban de mero imitador de Kraus o a quienes cuestionaban su ampliación de repertorio, Celso Albelo ha terminado por labrarse su propio camino, por pura justicia.  ¿Cuántos tenores a lo largo de la historia han mantenido en repertorio el Arturo de Puritani durante doce años? Muy pocos. Señoría, no hay más preguntas.

Dicho lo cual, no es menos cierto que en la representación que nos ocupa su Arturo fue de menos a más. Tras un destemplado “A te o cara”, en el que las dinámicas de Pidò dificultaron un tanto el remate, Albelo brilló por descontado en un tercer acto impetuoso, plagado de firmeza y belcanto, singularmente en el “Credeasi misera” (Fa incluido, marca de la casa), pero pasando asimismo por las medias voces de buena factura con que cuajó la canción del peregrino; el dúo con Gimadieva tuvo asimismo el voltaje esperado, ahondado de nuevo en ese belcanto vibrante que consigue acelerar los latidos de los espectadores.

Al lado de Albelo, fue una grata sorpresa encontrase con la Elvira de la joven soprano rusa Venera Gimadieva, que desarrolla un belcanto distinguido y elegante. Esbelta en escena, de refinada línea de canto, no recurre al más mínimo artificio ni a la más mínima exageración, resultando sumamente verosímil en el retrato de una Elvira angélical y herida, como completamente ajena a cuanto la rodea. Vocalmente intachable, con unos medios homogéneos y atractivos, posee una agilidad bien resuelta y si acaso cabría pedirle algo más de expansión en el canto spianato, algo menor para tratarse de su debut con la parte. En ausencia de un instrumento espectacular o de un virtuosismo descollante, lo que más cabe celebrar en su caso es su musicalidad, precisamente lo que no abunda a menudo en quienes se acercan al belcanto con un acento meramente instrumental. Su Elvira convenció precisamente por llegar al teatro a través de la música, cosa infrecuente ya digo en este repertorio.

Como Riccardo, sustituyendo a Nicola Alaimo, originalmente previsto en estas funciones, encontramos a George Petean más fatigado que en Zurich, seguramente por el trajín de los desplazamientos entre Suiza y España. Más convincente fue en cambio la labor como Giorgio del bajo italiano Roberto Tagliavini, de afortunado color, de línea dúctil y perfectamente acorde al estilo belcantista. Un tanto destemplada se antojó la Enriqueta de Cassandre Berthon, a la sazón esposa de Ludovic Tézier, el Riccardo del otro reparto; sobre todo porque sus medios son antes los de una soprano que en puridad los de una mezzo, que es la vocalidad que pide el rol. 

En lo que compete a la producción, lo cierto es que fatiga un tanto en Emilio Sagi la recurrencia constante a un mismo código teatral, que va a menudo poco más allá del plano visual, sosteniendo apenas un discurso estético, de hueca dramaturgia. Elegante, sí, pero falto de tensión, contemplativo en exceso; en suma, falto de drama, cuando el libreto lo reclama a manos llenas. Apenas sobresale un tanto más la escenografía de Daniel Bianco -quien por cierto ha puesto ya su nombre en el logo del Teatro de la Zarzuela, como si hubiera arrendado el teatro-, afortunada en dos o tres aspectos, a lo sumo, como el marco de paredes negras que retrata a una asfixiante corte puritana, o el cortinaje de arañas de luz que copan el protagonismo en varias escenas principales.

En el foso, Evelino Pidò desarrolla un belcanto minucioso, con un gesto casi histérico, buscando resaltar casi cada nota, casi cada inflexión, con un discurso tan detallado que termina por ser restrictivo. Demasiado estricto por momentos con tiempos y dinámicas, en ocasiones deja apenas espacio a los solistas para expresarse con libertad. La respuesta de la orquesta titular del Teatro Real es un tanto anónima, con un color tremendamente genérico, eficaz en la ejecución, sí, pero sin apenas encanto. El coro, bajo dirección de Andrés Máspero, no está aquí tan afortunado como en otras ocasiones, generalmente falto de empaste, con una tendencia generalizada a cantar todo en forte y sin encontrar un color propio.

 

 

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