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Cosi Aix 

¿Dónde se fue la sutileza mozartiana?

Aix-en-Provence (8/07/2016) Patio del Palacio del Arzobispo. Mozart: Così fan tutte. Lenneke Ruiten (Fiordiligi), Kate Lindsey (Dorabella), Sandrine Piau (Despina), Joel Prieto (Ferrando), Nahuel di Pierro (Guglielmo) Rod Gilfry (Don Alfonso) Coro de la Ópera de Ciudad del Cabo. Orquesta Barroca de Friburgo. Dirección de Escena: Christophe Honoré. Dirección Musical: Louis Langrée.

Si en la crónica de la nueva producción de Pélleas et Mélisande, dentro del Festival de Aix-en-Provence,  hablaba de una producción honesta y estéticamente muy bella a cargo de Katie Mitchell y a la que, aunque no compartiendo su planteamiento, le reconocía todos sus aciertos y el tremendo y concienzudo trabajo que llevaba detrás, no se pueden hacer las mismas afirmaciones de la también nueva producción que Christophe Honoré presenta en el Festival para Così fan tutte de W.A. Mozart. Honoré traslada la acción a la Italia fascista, concretamente a su colonia africana de Abisinia, la actual Etiopía. Desde el principio el director deja claro cuál es su apuesta: crear, propiciado por el momento histórico, por ese lugar olvidado de la metrópoli, un ambiente marginal, donde el sexo, el desprecio por la población local y hasta la degradación de los propios colonos y las tropas abandonadas allí sean el caldo de cultivo ideal para el juego de engaños y traiciones que encierra la ópera. Nada más natural en esta sociedad corrompida que la ligereza en el amor de las mujeres, la inconstancia de sus sentimientos. Así nos aparecen, por una parte, un Ferrando y un Guglielmo (sobre todo este último) de una moral podrida, abusadores como hombres, torturadores como militares. Por otra parte Fiordiligi y Dorabella están muy lejos de ser unas inocentes burguesas. Son dos blancas que en un mundo de negros ejercen su superioridad sin muchos miramientos, novias de los dos soldados pero que igualmente podrían serlo de cualquiera otro hombre de la guarnición. Despina no es una sirvienta (por mucho que el libreto de Da Ponte se empeñe), es una colega, una amiga de las dos chicas que tiene sus propios intereses sexuales con la población masculina local y que ejerce más bien de consejera-celestina. Don Alfonso es el típico personaje sin patria de cualquier bar del trópico: descreído, cínico, quizá alcohólico. Él lanza la trama y de todos es el personaje que más encaja con lo indicado por el libretista de Mozart.

Repito, este es el planteamiento y a partir de ahí… poco más. Esa presentación de cómo ve Honoré a los personajes ocupa el primer tercio del primer acto, el resto de la producción reincide constantemente en esas características con una mezcla de acciones y figurantes que no aportan absolutamente nada a la esencia de Così y que tampoco desarrollan la idea general del principio. Es Da Ponte y Mozart los que salvan la situación con su libreto y su música, los que dan sentido a todo lo que pasa en escena, por muy absurdo que a veces esto sea. Tampoco nada destacable en la escenografía: Todo el primer acto se desarrolla en las puertas de una cárcel-cuartel-casa de las protagonistas sin más interés que el de situarnos adecuadamente en una colonia africana. En el segundo acto aparece el interior de la casa de las hermanas también creando un ambiente adecuado para la época (aunque chirría una sala de baño con ducha en medio de la estancia). Correctos la iluminación de Dominique Bruguière y el vestuario de Thibault Vancraenenbroeck.

Mucho más atractivo fue el aspecto musical. Una obra tan coral como Così exige un nivel equilibrado en la calidad de los protagonistas y en esta ocasión se consiguió sin problemas. Lenneke Ruiten fue una convincente Fiordiligi que demostró moverse sin dificultad por la parte más exigente de toda la partitura. Ya en Come scoglio, y pese a la localización poco adecuada impuesta por el director, demostró sus cualidades con un agudo fácil, bien emitido (quizá falto de ese brillo que siempre se desea) y, sobre todo, con un bellísima línea de canto y estilo mozartiano. Valores estos últimos que destacaron aún más en Per pietà, ben mío, perdona excelentemente cantada pese a esa recorrido infernal por toda su tesitura al que obliga a la cantante (que se notó menos segura en los graves). En el resto de concertantes y dúos estuvo siempre en el lugar prominente que la partitura le exige. Muy grata sorpresa fue Kate Lindsey como Dorabella. Con un timbre muy personal y con un color plenamente de mezzo, sus intervenciones se contaron entre lo mejor de la noche. Tanto en Smanie implacabile como en È amore un ladroncello hizo gala de una voz perfectamente proyectada y de apreciable potencia y que sabe matizar cuando el momento lo exige. Un lujo disponer de una Despina de la categoría de Sandrine Piau. Avezada voz mozartiana, siempre cantó con ese gusto, con ese agudo limpio y prístino que hace admirar sin paliativos a esta cantante, a la que se hurtó alguna escena de lucimiento como la famosa del chocolate. Quizá el regista pensó que no tenía mucho sentido en su planteamiento ésta clara alusión de Da Ponte a la separación de las clases sociales del Antiguo Régimen cuando su idea, siempre recalcada, era la igualdad social, y también moral, de todos los protagonistas.

También a muy buen nivel el Ferrando de Joel Prieto, poseedor de un bello timbre y de todas las características que engalanan al tenor mozartiano clásico. Lució legato perfecto, pianissimi de excelente factura y una estimable línea de canto. Todo ello brilló en una excelente Un aura amorosa,  seguramente el momento musical más destacado de la noche. Correcto, pero a un nivel más bajo que el de sus compañeros, el Guglielmo de Nahuel di Pierro. Poseedor de una voz claramente baritonal aunque de emisión un poco velada. Como actor fue el más destacado de todo el elenco. Mejor de lo que suele ser habitual el Don Alfonso de Rod Gilfry que tuvo un empaque vocal adecuado y una presencia como actor que no llevó a su personaje al histrionismo de otros cantantes. Brindó junto a sus compañeras un bello y siempre esperado Soave sia il vento. Muy bien el Coro de la Ópera de Ciudad del Cabo en sus intervenciones. Se le antoja a este comentarista que la elección de este conjunto (sin dudar de su calidad), formado por cantantes de raza negra, sea una exigencia de Honoré para dar más verosimilitud al grupo de nativos abisinios que acompañan a los protagonistas.

Se esperaba mucho más de una formación de tan reconocida fama como la Orquesta Barroca de Friburgo. No debió ayudar nada el alargado y estrecho foso del escenario montado en el Patio del Arzobispo de Aix, que dispersa a los músicos, pero la formación sonó poco empastada, con evidentes desajustes sobre todo en las trompas y sin ese lustre que se espera en la orquesta mozartiana. Quizá Louis Langrée, que dirigía esta representación, no supo unir todos los elementos musicales aunque sus tempi fueron adecuados, dúctiles y adaptados al devenir de la excelente partitura mozartiana. Siempre muy atento a sus cantantes le faltó la garra suficiente para llevar a la orquesta a una actuación más puntera y adecuada al nivel que este Festival demanda.

 

 

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