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El mejor Verdi a trompicones

Madrid. 12/07/16. Teatro Real. Temporada 15-16. Verdi: I due Foscari. Plácido Domingo (Francesco Foscari). Michael Fabiano (Jacopo Foscari). Angela Meade (Lucrezia Contarini). Roberto Tagliavini (Jacopo Loredano). Mikeldi Atxalandabaso (Barbarigo). Miguel Borrallo (Miembro del Consejo de los Diez). Susana Cordón (Pisana). Francisco Crespo (Siervo). Coro Intermezzo. Orquesta Sinfónica de Madrid. Pablo Heras-Casado, director musical.

"No estaba en lo cierto al decir que Verdi tenía talento, aunque "I due Foscari" le muestre en su mejor momento… a trompicones".

¡Cómo era este Donizetti! Y todo porque en 1845 a la ópera de Viena se le ocurrió, como representación de la ópera italiana, abrir la temporada uniendo a la exitosa Ernani la nueva creación verdiana, estos I due Foscari sobre los que Donizetti podría no dejar de tener cierta razón, si bien es cierto que nosotros ahora juzgamos desde el después, cuando hemos visto y oído lo que Verdi sería capaz de componer. Tal vez si Donizetti hubiese escuchado la función de ayer, cambiaría ahora de opinión, quién sabe. O no, al verla sin decorado alguno. Lo cierto es que hoy en día al menos hemos aprendido que cuando la ópera es ópera, sostenida por uno de sus pilares fundamentales, el canto, todo sabe diferente, todo lo demás se vuelve secundario. Ayer en el Teatro Real pudimos comprobar cómo la voz puede sobrevivir sin la escena, aunque esta pueda no ser suficiente si no se cuenta con aquella. Y en cualquier caso, si este es Verdi "a trompicones", hemos asistido al mejor Verdi a trompicones.

Al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid el Principal director invitado del teatro, Pablo Heras-Casado, que en la presente temporada tan sólo ha dirigido estas tres funciones en versión concierto. El granadino sacara oro de una partitura tan de transición para Verdi, que tanto recoge del bel canto, del romanticismo donizettiano y tanto siembra para su propia cosecha posterior. Es difícil escapar a veces del estruendo que salpica la obra, concertantes y coros particularmente, pero Heras desglosa, desde una clara mirada analítica, una lectura tensa, vibrante y dramática. Para muestra la breve obertura, donde dio aire al drama interior de los personajes en las maderas sobre la cuerda para introducirse a continuación en las sombras del drama político. Así como en los pasajes característicos con los que Verdi dota de drama a cada personaje: el agitado de Lucrezia, el camerístico de Francesco, el halo romántico de Jacopo. Todo en su sitio y sobre todo, en su medida.

Debutaba Michael Fabiano el rol de Jacopo Foscari. Un papel nada sencillo al que Verdi regala, ya de salida, toda una página de extrema belleza pero que expone a cualquier cantante a destapar sus virtudes… o sus carencias. En esta ocasión el tenor de Nueva Jersey demostró muy buenas virtudes, tirando más de formas spinto que plenamente líricas, con una voz bien timbrada, de pegada en el agudo en una línea de canto muy homogénea a la que tal vez se le podría requerir una mayor imaginación en las repeticiones y delicadeza en las páginas mas introspectivas. En cualquier caso, un tenor a seguir, con tan sólo diez años de carrera y con muchas posibilidades a recorrer tal y como ha contado a Platea en su última entrevista en exclusiva con nosotros.

Escuchando a Plácido Domingo cada vez uno tiene más claro que nos acabará dejando con las botas puestas. Y quedaremos huérfanos de unos modos y una voz irrepetibles. La ópera tendrá que medirse como A.D y D.D (antes de Domingo y después de Domingo) y muchas generaciones de afortunados diremos aquello de “yo le escuché cantar y aquello sí que…”, tengamos razón o no. Tal y como nuestros mayores lo hacen con figuras irrepetibles que marcaron un antes y un después en la lírica, léase Callas, Pavarotti o a cada cual el suyo. Esa es la diferencia, que cada cual tenemos los nuestros, pero Domingo es de todos. Y quien le niegue, niega al padre. Que la voz es la que es a estas alturas del partido ya todos lo sabemos, que sigue sonando a tenor (en ocasiones de forma casi descarada) y no a barítono, también. Que es ya hombre sabio y trucos tiene mil en el bolsillo para subir, bajar y llegar inmune al final, y que son todos disfrutables, también. Que su voz sigue timbradísima, proyectadísima, matizada y dramática si quiere, también. Que es un imán, que en este Foscari no encuentra fisura alguna y que su presencia sobre el escenario hace girarse hasta la estatua de Isabel II que hay en la plaza, también. Sólo un pero salvable: que le restara drama a esta versión concierto al necesitar mirar de forma continuada la partitura, tal y como le ocurría, en menor medida, a Fabiano.

Lo de Angela Meade es un derroche vocal pocas veces escuchado sobre un escenario. Una seguridad apabullante, unos medios rotundos. Sus formas son, efectivamente, las de la vieja escuela. Lo maravilloso de Meade es que es una artista que no se hace concesiones. Porque no quiere hacérselas y porque con semejante portento de voz es capaz de sacar adelante una Lucrezia tal cual está escrita. Lo de su página de salida Tu al cui sguardo onnipossente… lo tuvo todo: agudos, graves, filados, coloraturas, pianissimi, juego de declamado en “tutta forza” como reclama Verdi en la parola scenica de La clemenza?... D’ingiustizia… Y no sólo eso, además estuvo atenta de cuidar a barítono y tenor en sus respectivos duos, puso drama a sus líneas y, ya digo, derrochó voz allá por donde pisó. Desde ayer, cada vez que escuche ese Allegro agitato sobre la cuerda con el que Verdi anuncia prácticamente cada entrada de Lucrezia, esperaré ver y escuchar a la Meade. Y si no es la Meade, no será Lucrezia. Madrileños, una cosa les digo: en octubre la tienen aquí de nuevo cantando Norma. Están tardando en sacarse entradas, para todas las funciones.

Completó la noche un buen plantel de comprimarios entre los que es obligado destacar el Loredano de Roberto Tagliavini, quien estos días canta en el Real un también estupendo Giorgio en I Puritani.

Cuando la ópera es ópera, nadie tiene prisa por levantarse, que si se le va el autobús o que si luego hay cola en el parking. Y si uno se levanta es para aplaudir de pie, tal y como sucedió anoche. Un público entregado. Cuando la ópera es ópera, uno se olvida hasta de toser.

 

 

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