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Rosenkavalier Munich16 

La antecámara del Paraíso

Múnich. 17/07/2016. Bayerische Staatsoper. Strauss: Der Rosenkavalier. Anja Harteros, Daniela Sindram, Hanna-Elisabeth Müller, Günther Groissböck y otros.Dir. de escena: Otto Schenk. Dir. musical: Kirill Petrenko

Richard Strauss se siente como en casa en Múnich. Y de todas sus óperas, Der Rosenkavalier ha sido la más emblemática en este teatro durante los últimos cuarenta años. La razón tiene un nombre: Carlos Kleiber, que en 1972 estrenó esta producción, entonces una nueva versión (con bellísima escenografía de Jürgen Rose) de una producción vienesa de 1968 (allí con escena de Rudolf Heinrich). Durante casi veinte años Carlos Kleiber dirigió esa producción, convirtiendo a Múnich en un punto de peregrinaje para aficionados de toda Europa. La producción como tal ha continuado su propia historia, ya sin Kleiber, si bien el actual intendente de la Bayerische Staatsoper, Nikolaus Bachler, se planteó renunciar a reponerla más, pensando en un nuevo encargo a Luc Bondy. Dicho proyecto no llegó a concretarse y por eso todavía hoy, 44 años después de su estreno, Múnich sigue exhibiendo este mítico Rosenkavalier que, a decir verdad, no ha envejecido nada mal: es un trabajo de precisión casi quirúrgica con los personajes, con los gestos y asimismo con cada mínimo detalle de la escena, sobre todo en los dos primeros actos, que se antojan verdaderamente memorables. Cada vez que se repone, la producción vuelve a ser objeto de admiración, como si fuese un monumento. Hasta tal punto que el público aplaude la producción a escena abierta, cosa rarísima en Múnich, cuando se levanta el telón para el segundo acto. Pero si esta producción evoca tiempos memorables, el público en esta ocasión se había congregado también para escuchar a Kirill Petrenko en el foso, al frente de un reparto ciertamente excepcional, presto a recoger el testigo kleiberiano.

La Mariscala de Anja Harteros es singular: además de tener una voz excepcional, sin asperezas, con notas a pleno volumen que no buscan el más mínimo exhibicionismo, recrea un personaje vivo, joven, enérgico; no tiene nada de esa Mariscala melancólica que mira el tiempo pasado con nostalgia. En el primer acto no sólo demuestra autoridad sino incluso rebeldía al recorrer los años pasados; y es capaz asimismo de mostrar una auténtica y fuerte desesperación cuando al final no ha besado a Octavian; también explota con violencia cuando sorprende a Ochs en el tercer acto. Su Mariscala es pues una mujer que vive plenamente el momento presente, en consciencia plena de su artes seductoras, en la flor de la vida. El personaje de Harteros maravilla porque ciertamente resulta verosímil que Octavian pueda dudar entre ella y la joven Sophie. Y si esta Mariscala deja escapar a Octavian, lo hace con más consciencia que nunca, no por sentir que su tiempo a pasado sino con la certeza de que llegaran otras conquistas. Raramente se ha escuchado el monólogo del primer acto con tal justicia. Petrenko, atento a las palabras y a los diálogos imbricados en la música, permite que el discurso se desarrolle con libertad, encontrando Harteros espacio para un arte único en el decir, con una expresividad y un manejo de los colores ciertamente único.

Frente a ella, el Octavian de Daniela Sindram. Quizá algo pálida en el primer acto, ante semejante Mariscala, la voz sin embargo es cálida, redonda, sin acidez alguna, sin forzar la emisión, con un volumen bien regulado: el suyo es un canto inteligente que encuentra mayor desarrollo en el segundo acto; y su presencia escénica gana enteros en el tercer acto, donde plantea un Octavian conmovedor y elegante, camino a la madurez. Imposible olvidar la Zdenka de Hanna-Elisabeth Müller, en Dresde con Thielemann o en Múnich con Jordan, la pasada temporada. Voz fresca, juvenil y enérgica, redondeaba allí un personaje ideal, como sucede ahora con su Sophie, que sigue los mismos pasos, con una voz algo más consistente y fuerte (quizá demasiado incluso, al inicio del duetto), pero sostenida en una técnica de hierro, al servicio de una expresividad conmovedora y una dicción extraordinariamente clara. Su personaje tiene una corporeidad natural, espontánea, luminosa, incapaz de esconder sus sentimientos. En el terceto final, su voz combina perfectamente con la de la Mariscala de Harteros, convirtiendo el momento en uno de los instantes inolvidables de la velada, casi digno de leyenda.

Günther Groissböck era de nuevo Ochs, lo mismo que hace unas semanas en la Scala de Milán con Mehta. El Ochs construido allí por Kupfer parecía hecho a su medida. Es interesante verlo ahora los ropajes de un Ochs tradicional, concebido según las reglas de otro tiempo. Groissböck se ajusta y renuncia a representar a un señorito de campo, mostrando en su Ochs al típico maleducado y brusco de siempre. Ciertamente, Ochs no es un cortesano burgués, si bien Groissböck le añade un cierto aire distinguido, aristocrático, propio de alguien que no se ha acostumbrado a las nuevas usanzas de la ciudad pero que conoce hasta cierto punto los modales, esos mismos que desafía y se salta. Hay una cierta simpatía en el Ochs de Groissböck, que llega a conmover cuando es burlado en el tercer acto. Desde un punto de vista vocal, su labor es impecable, tanto por la proyección del instrumento como por la solidez de los graves, lo mismo que por la expresión y la adecuación al ritmo teatral: por momentos su Ochs recuerda a Sachs e incluso a Falstaff (parece difícil que el mismo Strauss no haya pensado en esas referencias). De nuevo Petrenko cincela aquí la música hasta un punto en el que parece suspenderse. Martin Gantner compone un Faninal en la linea tradicional, un poco ingenuo, de bella emision, algo envejecido, como lo pide la dirección de escena. Todos los comprimarios rinden a la altura de la situación, destacando el elegante cantante italiano de Yosep Kang o los excelentes Valzacchi y Anna, aquí Ulrich Reß y Heike Grötzinger.

Pero quizá este reparto no sería tan valioso de no contar con el empuje de un increíble Kirill Petrenko en el foso, que va aquí más allá incluso de lo que ya hiciera en Viena hace dos años. Por un lado Petrenko privilegia como siempre el teatro y la comedia para hacer de la música un eco de la palabra. Como en el Ring o en los Meistersinger, su dirección está condicionada por el ritmo teatral, por las palabras mismas, haciendo emerger sonidos hasta entonces escondidos, pero perceptibles, que enriquecen el discurso. Es el caso del discurso de la Mariscala en el primer acto y también de la intervención de Ochs en el segundo acto, que se revelan como dos de los momentos más excepcionales e este teatro musical, donde la música sigue atentamente la expresividad de la voz. Una vez más se demuestra hasta qué punto Petrenko es un excepcional director de ópera, un verdadero maestro de la Gesamtkunstwerk.

En su versión musical se escuchan además sugerentes diferencias de ritmo y de tiempo, poniendo de manifiesto el contraste entre un primer acto más dilatado y lento y un segundo acto más ágil y dinámico, con diferencias de volumen, subrayando por ejemplo la ligera tensión del duetto inicial entre Octavian y Sophie. En el tercer acto el arte de Petrenko es ciertamente singular: en un preludio donde a menudo los directores hacen alarde de su técnica y su arte, en cambio Petrenko sorprende por un contraste drástico entre un inicio brutal y fortísimo, seguido de un momento casi en sordina que da paso a un ambiente misterioso, salpicado por las violentas intervenciones de las maderas (extraordinarias), que recuerdan a Berlioz pero también al Beethoven de la Pastoral. Petrenko juega también con la música en escena, a la que se muestra muy atento, buscando resaltar contrastes entre los planos sonoros. En conjunto la lectura se asemeja un sabbat misterioso y jubiloso, en torno a un misterio que no cabe tomarse en serio: serio o no serio, ser o no ser. Otro momento en el que el tiempo parece suspenderse es el consabido terceto final, con un consumado equilibrio entre las voces y con un arte transparente que permite escuchar hasta el más mínimo detalle de la partitura, dejando al oyente boquiabierto. Esta aleación de energía y dinamismo, por un lado, y libertad al sonido para que los cantante puedan expresarse, crea intermitencias emotivas que no son sino las intermitencias mismas del corazón. Y por eso se llora inevitablemente con este Rosenkavalier

 

 

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