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DonGiovanni CarlosDaza Sabadell 

Un milagro para el día de difuntos

Un milagro! Un milagro que ya dura 35 años. Sólo como tal se puede calificar la trayectoria de Amics de l'Òpera de Sabadell. Un proyecto que nació con la idea de descentralizar los espectáculos operísticos de Barcelona y que ha evolucionado hasta convertirse, no sólo en el segundo teatro de ópera de Catalunya (Teatre de la Farándula de Sabadell), sino en un proyecto transversal que ofrece funciones operísticas de calidad a precios populares en muchas localidades catalanas y en uno de los principales viveros de voces jóvenes de España. Y es que, tras 15 años de existencia, la AAOS se animó a crear la Escuela de Ópera de Sabadell. Un proyecto del que el Gran Teatre del Liceu o el Teatro Real, por citar sólo los principales centros operísticos españoles (el Palau de les Arts de Valencia, de la mano de la defenetrada Helga Schmidt y Plácido Domingo, impulsó un Opera Studio), deberían tomar nota.

En un país como el nuestro, de nulo interés por la cultura (menos aún por la música) por parte de la administración y donde predomina el petardeo de las pseudo políticas culturales institucionales, un proyecto a largo plazo, como el que lidera Mirna Lacambra, es una lección sin parangón que no debería caer en saco roto. Un trabajo paciente y sostenido que ha cristalizado en un progresivo aumento de la calidad, como se ha podido comprobar con el Don Giovanni que ha inaugurado, brillantemente, la 35ª temporada y que se podrá ver en siete localidades catalanas.

Don Giovanni es, sin duda, uno de los títulos operísticos más fascinantes y complejos de la historia del género. Una obra de exigencia musical y teatral máxima, cuya estructura se puede derrumbar como un castillo de naipes si alguna pieza chirría. Requiere de un director que mantenga el pulso dramático de la representación, una orquesta de máxima flexibilidad, transparencia y calidez sonora, un equipo de cantantes compacto de altísimo nivel tanto vocal como teatral y, finalmente, un director de escena con ideas pero que no se pierda en el inabarcable laberinto psicológico de los diversos personajes. Una conjunción de factores que hace muy difícil una representación de Don Giovanni enteramente satisfactoria. Pero, con luces y algunas sombras, la ópera de Sabadell rozó el milagro.

Y lo consiguió gracias a un triángulo mágico que tiró de la representación con energía y talento. Un triángulo formado por el director musical, Daniel Gil de Tejada, el Leporello de Toni Marsol y el Don Giovanni del barítono Carlos Daza. Daniel Gil de Tejada lleva años mostrando su capacidad de trabajo y su talento en Sabadell, donde se ha consolidado como Director Musical. Pero lo más interesante es que muestra una evolución constante que ya le ha llevado al Gran Teatre del Liceu en alguna ocasión. Y debo decir que su desempeño en este Don Giovanni me ha parecido excelente. Afrontar esta obra con una orquesta como la del Vallès y en una sala de acústica poco agradecida para el conjunto instrumental es todo un reto. Y Gil de Tejada lo superó con nota, dotando a la representación de un impulso musical y dramático que prácticamente no decayó del primer al último cuadro. Eligió siempre tempi racionales, en la más estricta tradición interpretativa, que en sus manos adquirieron coherencia y sentido teatral. Dotó a su discurso de una lógica estructural muy sólida, concertó con detalle y pulcritud los números de conjunto, corrigiendo pequeños descuadres con mano de hierro en guante de seda, mimó (en general) a las voces y se permitió interesantes aportaciones en ambos sextetos del segundo acto, con trabajadas y sutiles modificaciones de tempo que aportaron mayor densidad dramática a la representación. Sin duda, Mozart es un autor que se le da bien. Y ese es un elogio muy infrecuente.

Por poner algún pero, sorprendió la palidez en el ataque de la primera escena de Zerlina y Masetto (Giovinette, che fate all'amore), la excesiva premura en Dalla sus pace, que no permitió un fraseo más detallado, o la falta de contrastes en el número final, cantado, inexplicablemente, todo en forte. Puede que esto último se deba más al entusiasmo de la compañía que a la dirección pero, en cualquier caso, no se corrigió desde el foso. De todos modos, la dirección de Gil de Tejada fue el motor sobre el que pivotó la función y eso siempre es buena señal.

El triángulo mágico lo completaron amo y criado. Carlos Daza es un barítono de timbre lírico con una elegancia natural en el fraseo poco habitual. La técnica de emisión es canónica, y la voz bella y bien proyectada pese a no ser de gran volumen. Pero lo mejor del intérprete es su inteligencia, que le hace evolucionar a cada papel que interpreta. Esta evolución le ha llevado a afrontar por primera vez este gran rol con total solvencia técnica y muy buena prestación teatral. Daza se siente muy cómodo en los recitativi, que borda por naturalidad y expresividad, y musicalmente es de una pulcritud y precisión remarcable. Dominó la escena con autoridad, sin histrionismos, y cantó con elegancia aristocrática, especialmente en momentos de lucimiento como la Serenata, ese sutil canto onanista al amor, que Daza fraseó con gran clase, diferenciando bien las dos estrofas. Llegó a la gran escena final en plenitud vocal y dio el resto culminando un debut remarcable. Evidentemente, su Don Giovanni, uno de los personajes más complejos de la historia de la ópera desde un punto de vista dramático, debe evolucionar. Por ahora, el Don de Daza es excesivamente simpático, más 'galantuomo libertino' que perturbadoramente diabólico.

El contrapunto lo puso un energético Toni Marsol como Leporello. El barítono de Cervera se mostró en total plenitud vocal. Si en algunos momentos de su carrera la emisión mostraba un vibrato característico, en esta ocasión fue de una solidez y una proyección modélica. Su Madamina fue una exhibición de estilo y expresividad, como todo el resto del papel, y la compenetración con Daza a nivel escénico, total. Los muchos recitativi entre ambos personajes fueron una auténtica delicia que mantuvieron el pulso teatral de la representación. Precisamente, a nivel teatral, la evolución del Leporello de Marsol fue curiosa e interesante. Empezó derrochando energía en exceso, y poco a poco se fue aposentando y afinando, como si el mismo personaje hubiese madurado durante el drama. Si en las primeras escenas se percibía una cierto histrionismo, en las últimas mostró una madurez teatral de primer orden, brillando, como Carlos Daza, en el humor y el patetismo de la escena de la caída del Don.

El resto del reparto, sin llegar al del triángulo mágico, estuvo, en general, a buen nivel. Muy destacable la Zerlina de Sara Blanch, chispeante, extraordinariamente bien cantada, llena de sensualidad. Blanch tiene una luz especial en escena y, si mejora algún pequeño detalle técnico, que hace que su emisión, en algún momento, tenga un punto gutural, será una extraordinaria cantante. Cualidades las tiene todas y su Zerlina podría escucharse en cualquier primer teatro del mundo. David Alegret fraseó con su elegancia habitual al sosaina de Don Ottavio. En el precioso dúo inicial con Donna Anna estuvo espléndido, en Dalla sus pace, como hemos dicho, el concepto desde el foso le perjudicó, mientras que en Il mio tesoro lució coloratura pero pasó de puntillas por el registro agudo. A nivel teatral su actuación fue un tanto desconcertante ya que en la primera escena pareció enfocar el personaje con cierta ironía, pero este concepto no se desarrolló del todo para acabar ofreciendo la lectura tradicional del personaje.

En general el elenco masculino fue superior al femenino, algo previsible en una obra que, si tiene dos personajes vocalmente difíciles, son Donna Anna y Donna Elvira. La primera es, probablemente, el personaje femenino más complejo de toda la producción mozartiana. Un personaje lleno de contradicciones, impulsado por una mezcla de deseo y sed de venganza insondables. Para ilustrarlo musicalmente, Mozart escribió para ella algunas de las arias más sutiles, hermosas y difíciles de todo su catálogo. Núria Vilà asumió el papel con valentía y buenos medios vocales, pero Donna Anna es mucha Donna Anna y a la soprano aún le queda camino para dominar el personaje. La voz es de muchísima calidad y soportó bien las inclemencias de la escritura vocal. El reto mayúsculo de Non mi Dir, al final de la obra, fue superado con solvencia, que ya es decir. Pero Donna Anna es algo más, y debe tener más peso vocal y dramático en la obra. 

Más problemas tuvo Eugénia Montenegro con Donna Elvira. Empezó bien en Ah chi mi dice mai!, centrando adecuadamente el personaje desde un punto de vista dramático, pero a partir de ahí la voz perdió progresivamente armónicos y en algunos momentos la emisión fue un tanto inestable. Es una cantante expresiva, con carácter y buenos medios, que ha hecho una enorme evolución en los últimos tiempos que debe consolidar. Finalmente, el rústico Masetto de Juan Carlos Esteve, adoleció de cierta opacidad en la emisión, mientras que el Commendatore de Sinho Kim cumplió en un personaje para especialistas.

Capítulo aparte merece la dirección teatral. Así como la Ópera de Sabadell ha afinado, con el paso de los años, en la elección de cantantes y en la mejora de la orquesta (el coro sigue siendo amateur), la vertiente teatral es más discutible. La apuesta es clara y consiste en producciones sencillas y convencionales. Es una opción, pero no estaría de más dar oportunidades a directores con un poco más de gancho que los habituales de la casa. En este caso, Pau Monterde firmaba una producción pulcra y convencional en los movimientos escénicos, pero fea estéticamente y sin ninguna idea destacable. Por no ahondar demasiado en el asunto, en la vertiente positiva cabe destacar algún detalle original, como la insinuación de trío sexual entre el Don, Elvira y Zerlina o la inocente, pero resultona, escena de sadomaso en zapatillas en el Batti batti oh bel Masetto

Un Don Giovanni, pues, más que interesante, y que irá a más con el paso de las funciones. Don Juan irá al infierno, no hay duda, pero Mirna Lacambra, la AAOS y todo el equipo artístico, merecen el cielo.

 

 

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