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Nozze Figaro Bayerische 16 

Cuando Mozart respira

Múnich. 13/11/2016. Bayerischen Staatsoper. Mozart: Le nozze di Figaro. Diana Damrau (La Contessa di Almaviva), Angela Brower (Cherubino), Mariusz Kwiecień (Il Conte di Almaviva), Alex Esposito (Figaro), Tara Erraught (Sussana), Alexander Tsymbalyuk (Bartolo), Heike Grötzinger (Marcelina). Dir. escena: Dieter Dorn. Dir. musical: Antonello Manacorda

El 13 de enero de 1794, poco más de 8 años después de su estreno en Viena, se levantaba por primera vez el telón en Múnich para acoger la primera representación en la capital de Baviera de Le nozze di Figaro. No es una historia de amor inusitada, pues la representación de este baluarte mozartiano ocupa y –por la respuesta del público-  seguirá ocupando un lugar preeminente en las temporadas de ópera de todos los teatros del mundo. La conjunción de Mozart y Da Ponte, una de las uniones más exitosas de la historia de la ópera (padres también de Don Giovanni y Così fan tutte), goza de los componentes necesarios para que, donde quiera que se represente, nos encontremos con un teatro lleno y un público deseoso de disfrutar y aplaudir. 

Dejar a Mozart respirar es siempre garantía de éxito y el escenógrafo austriaco Dieter Dorn asimiló esta aparente perogrullada ya en los años 80 con la puesta en escena de Così fan tutte (1984) y Le nozze di Figaro (1987). La sencillez escénica con la que Dorn nos sigue proponiendo el más exitoso de los desposorios, tan vacía como completa en sí misma, por la nítida luz que proyecta, provoca que el espectador focalice la atención en la trama, sin distracciones, con todos los elementos necesarios como para comprenderla e ubicarse y al mismo tiempo sentir que la música se desviste delante de nosotros. Algo tan sencillo como que no se alce el telón hasta que no concluya la Sinfonia es un “detalle” que no siempre se ha tenido en consideración; saber identificar cuando la música no necesita complementos ni artificios que nos perturbe la escucha no está por desgracia al alcance de todo director de escena. Ni el explícito sustantivo les ayuda, ay me.

En este sentido Antonello Manacorda ha seguramente siempre sido consciente de la oportunidad que brinda la escena de Dorn, y su lectura ha sido tan rica como pulcra, libre allá donde debía serlo, comedida allá donde se precisaba, acompañado por una orquesta y un coro que –como es casi costumbre– cumple con holgura su cometido.  Hasta los recitativos, acompañados por Fabio Cerroni, estuvieron siempre en su sitio, fluidos ajustados en su desarrollo. 

No cabe duda alguna que la parte más atractiva del casting era ver cómo se desenvolvía Diana Damrau como Contessa di Almaviva, por vestir de forma extraordinaria este traje. He de reconocer que su vibrato –para mi gusto ligeramente amplio para este repertorio–  me provocaba cierto escepticismo, sin embargo, fue comenzar la cavatina Porgi amor y automáticamente se resetearon todos mis prejuicios. El vibrato estaba ahí, pero la presencia escénica de la soprano alemana, con una excelente caracterización musical de su comprometido personaje, provocó que me centrase en disfrutar los momentos que nos regaló, en particular ejemplificados en su interpretación de –precisamente– Dove sono i bei momenti.

Hace justo una semana que escuchábamos a Mariusz Kwiecień como Alfonso en La Favorite (Donizetti), y la velada de ayer volvió a ser propicia para el barítono polaco. Si brilló entonces en una “insulsa escena”, un ambiente propicio como el que le circundaba provocó que brillase aún con más luz en la tarima. La misma “proyección agilidad, gusto y solidez” que señalé la semana pasada, se aderezó de nuevo con una excelente complicidad tanto con la Contessa como con Susanna. Tara Erraught Susanna, quien no olvidemos debutó como Susanna en este mismo teatro hace escasos meses de la mano de Ivor Bolton, es más que convincente y diría que un acertado contrapunto a las cualidades de la Contessa. Vocalmente no descubrimos nada, era puro talento cuando debutó y lo sigue manteniendo. Particularmente me alegra ver cómo las odiosas críticas que antaño la pusieron en el candelero cayeron en saco roto y sigue siendo una preciosa y potente voz en un hermoso envoltorio, que sabe dar vida a los roles que hasta la fecha decide encarar.

Angela Brower (Cherubino) desempeña un personaje tan cómico y técnicamente completo como el que seguramente Mozart tenía en mente, con una voz limpia, una buena proyección y un casi inusitado savoir faire en escena que provocó tantos aplausos como carcajadas. El barítono bergamasco Alex Esposito fue lo premeditadamente vulgar y vivaz en su ejecución como para dar vida a Figaro, cuyo timbre y color son también adaptos al papel diseñado por Mozart, oscureciendo la voz con una naturalidad convincente allí donde se requería.

Del resto del reparto destacaría a la jovencísima Paula Iancic, para mí desconocida hasta la fecha, una delicada Barbarina de pequeño tamaño pero brillante y nítida voz, parte del Opera Studio de la Bayerischen Staatsoper. Habrá sin duda que seguir su evolución.

Si en definitiva en el casting Damrau afloraba entre sus integrantes por obvias razones, la ejecución final ha supuesto de manifiesto un exitoso equilibrio entre sus integrantes, con tantas luces que despejaban las pequeñas sombras, aquellas que son siempre necesarias para que pongamos los pies en el suelo.

 

 

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