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Un Poulenc para el recuerdo

Barcelona. 22/07/2025. Palau de la Música Catalana. Obras de Lasser, Poulenc y Migó.  Martha Argerich y Alan Kwiek, pianos. Annie Dutoit-Argerich, narradora. Orquestra del Reial Cercle Artístic de Barcelona. Dirección musical: Glen Cortese. 

En 1999 David Lynch estrenó una película llamada The Straight Story (traducida como Una historia verdadera). Lynch era (hasta que nos dejó recientemente) un creador de atmósferas inquietantes y narraciones escabrosas así que un servidor, que asistió al cine a catar la novedad, estaba esperando durante toda la exposición de la cuestión que la cosa descarrilara en cualquier momento con alguna irrupción onírica o algun acontecimiento traumático. Sin embargo la obra se desarrolló en todo momento dentro de los cauces de la narrativa clásica. Lentísima, ciertamente, bella también, pero clásica. Algo así me sucedió el otro dia cuando sonaron los primeros compases del Vocalise de Philip Lasser. Al desconocer la idiosincrasia del autor y alertado por el hecho de que el autor estaba tan vivito y coleando que coleaba en la misma sala de los hechos, estuve un buen rato esperando algun pasaje dodecafónico, cierta ambiguedad tonal, ni que fuera alguna disonancia estrepitosa o algun pasaje furiosamente rítmico, la utilización de recursos inauditos de algun que otro instrumento... Y como en la película de Lynch, nada de eso sucedió ni tampoco se puede decir que se echara de menos. Vocalise está escrita en un lenguaje de aires modales, más bien propio de un autor francés o eslavo de cambio de siglo. Pero no del último cambio sino del anterior. Sin estridencias ni audacias la obra se desplegó amablemente, con la inestimable colaboración de la Orquestra del Reial Cercle Artístic, que si bien no expuso los primeros compases con la mayor pulcritud se estabilizó rápidamente en un nivel muy convincente que se mantuvo durante el resto de la velada. Lasser, que en su alegre juventud ingresó en la Ecole d’Arts Americaines que Nadia Boulanger dirigía en Fontainebleau, saludó ante un público aliviado por la politesse de la propuesta. 

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Después de una pausa inquietante por larga y desordenada apareció la jefa. Esa es la autoridad que emana de Martha Argerich a estas alturas. Una autoridad discreta, hay que decirlo. Sin aspavientos. Apareció junto a un pianista de aspecto jovial y larga figura llamado Alan Kwiek con el loable propósito de ejecutar el Concierto para dos pianos de Francis Poulenc, compositor egregio, sembrado de inspiración normalmente y también en este caso. Muy en consonancia con el tradicionalismo de la propuesta anterior, el mencionado concierto tiene un enfoque marcadamente neoclásico y una belleza sutil. El carácter neoclásico se puede rastrear en las texturas contrapuntísticas, el carácter extremadamente beethoveniano del tema principal después de la toccata del primer movimiento (Allegro ma non troppo), el tema central del Larghetto, muy mozartiano, y la estructura misma de este movimiento.

Este concierto no es nuevo ni para Argerich ni para Kwiek, con el cual no solo ya había interpretado esta obra sino también la Sonata para piano a cuatro manos del mismo autor. En el caso de este concierto la división del trabajo dejaba para Argerich los elementos más virtuosísiticos. La verdad es que la exhibición de la señora Argerich fue de quitarse el sombrero por la claridad, precisión y expresividad del fraseo, por los espectaculares pasajes líricos (el Très calme del primer movimiento), por los pasajes vitruosísticos del Allegro molto y también, porqué no decirlo, por una ausencia destacable de narcisismo poco frecuente en una concertista de su fama y prestigio. Concentrada, concreta y brillante, además de estupendamebnte secundada por Alan Kwiek y por la orquesta dirigida por Glen Cortese. Este fue un plato fuerte y sabrosísimo (aunque breve) que cerró la primera parte dejando una gran impresión.

Si en cierto modo el neoclasicismo había sido el eslabón que ligaba la obra de Lessner a la de Poulenc, sin duda el humor musical (tan propio de Poulenc) era el que ligaba la obra del maestro francés a la que iba a concentrar toda la segunda parte: el Carnaval de las Indias de Marc Migó, “un nuevo carnaval de los animales basado en criaturas mitológicas latinoamericanas. El texto, del dramaturgo y director del teatro Cervantes de Buenos Aires, Gonzalo Demaría, es maravilloso”. Un servidor no comparte el entusiasmo por el texto, bastante negligible en mi opinión, aunque necesario para sostener el equilibrio general de la obra, compuesta de miniaturas para orquesta y dos pianos introducidas por la narradora, que para la ocasión era Annie Dutoit-Argerich, la hija de la pianista. Con un notorio acento francés (al que el propio texto se refiere) introdujo una serie de animales mitológicos americanos producto de la fantasía de Demaría y de referentes culturales americanos. Cada pieza describía uno de esos animales con notable fantasía tímbrica y actitud juguetona. La última de ellas, brillante, introducía citas a Wagner (El holandés errante), Stravinski (La consagración de la primavera) y Debussy (Preludio a la siesta de un fauno). Fue esta la que sirvió como único bis de la velada, en la cual la obra de Migó (que está programada en Bufalo, Sarasota y Berlín) fue presentada con entusiasmo, intensidad y brillantez por la pareja de pianistas (otra vez Argerich y Kwiek) y la orquesta cerrando una sesión amable y divertida en la que las obras de Lasser y Migó envolvieron con éxito un Concierto para dos pianos de Poulenc que habrá que guardar en el recuerdo. 

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