Amaya_Quincena25_b.jpg© Quincena Musical- Iñigo Ibáñez

Solo han sido 27 años

Donostia. 9/08/2025. Quincena Musical Donostiarra. Auditorio Kursaal. Jesús Guridi: Amaya. Arantza Ezenarro (Amaya, soprano), Marifé Nogales (Amagoya, mezzosoprano), Gillen Munguia (Todosi, tenor), José Manuel Díaz (barítono, Miguel/mensajero), Juan Laboreria (bajo, Asier), Ainhoa Lopez de Munain (soprano, una voz), Lucía Gómez (mezzosoprano, Plácida/Olalla), Luken Munguira (tenor, un criado, pastor, Utxin), Julen García (barítono, un escudero, pastor), Darío Maya (bajo, un anciano). Easo Abesbatza. Euskadiko Orkestra. Dirección musical: Diego Martin-Etxeaerria.

En los días previos a este concierto distintos medios de comunicación, generalistas y especializados, han escrito sobre Amaya y su relevancia dentro del escuálido patrimonio lírico en euskera. Amaya es considerada la ópera más importante jamás escrita en esta lengua, lo que no es obstáculo para que esta única función en versión de concierto haya sido la primera ofrecida en el País Vasco en todo el siglo XXI. Porque la última vez que pudo disfrutarse de Amaya, y también en versión de concierto, fue en el Teatro Arriaga, de Bilbao, allá por junio de 1998, y la anterior, escenificada, dentro de unas funciones extraordinarias de la ABAO en dos teatros ya desaparecidos: el Coliseo Albia bilbaíno y el vitoriano Teatro Guridi, allá por diciembre de 1986. Sobre la última función de este título en la capital guipuzcoana, mejor corremos un tupido velo. Y eso que Amaya es “la mejor ópera nunca escrita en euskera”. Pues si llega a ser la peor…

Por lo tanto, conviene comenzar por agradecer muy sinceramente a la Quincena Musical Donostiarra esta apuesta reconociéndole un doble mérito: el primero, el mero hecho de programar el título, que ya se intentó en 2020, en coincidencia con el centenario del estreno en Bilbao pero que fue suspendida por la maldita pandemia; y el segundo, que el proyecto se haya realizado con un reparto cien por cien vasco –casi cien por cien guipuzcoano, que tiene mucho mérito-, lo que habla mucho y bien del estado de salud de la lírica vasca: tenemos coros, orquestas y solistas vocales con una calidad y cantidad como nunca los hemos tenido y este concierto ha sido un ejemplo muy adecuado para constatarlo.

Queda dicho que se ha apostado por la versión en concierto, lo que tiene sus pros y sus contras. El año pasado, dentro de la Quincena 2024, con motivo de las funciones de Carmen, de Georges Bizet y en referencia a las carencias técnicas del Kursaal escribía lo siguiente: toda la propuesta escénica es tan pobre que, a riesgo de que alguno se enfade, uno no puede sino preguntarse si no sería más práctico hacer las óperas en versión de concierto semi-escenificadas. Porque el Kursaal no nos ofrece ni las mínimas posibilidades de hacer un trabajo escénico relevante y para estos resultados… Hoy, conocedor de lo que es –y no es- el Kursaal me reitero en que es mejor lo que se ha hecho hoy a lo realizado otros años. Es más, si hubiera querido ofrecerse Amaya, escenificada sencillamente no se habría hecho. Lo mismo ocurriría con el West Side Story de la semana que viene, y es que el alivio –incluso económico- que supone esta apuesta también facilita que se pueda arriesgar algo con el título. Y, desde luego, bienvenida sea cualquier iniciativa que nos permita salir de los manidos títulos de siempre.

Siempre se ha dicho que Amaya desprende aire wagneriano por los cuatro costados y, desde luego, es obvio que hay muchos detalles que apuntan en esta dirección; fundamentalmente, por el uso y elaboración de los leit-motiv a través de toda la ópera. Son claros los de Todosi, los de la casa de Aitor, el de Amagoya y tantos otros y Guridi los expone, reelabora y entrecruza hasta crear una atmósfera que nos retrotrae al genio de Leipzig.

El inconveniente de la versión en concierto es el mantener en el mismo nivel a orquesta y cantantes, casi siempre siendo estos últimos los perjudicados. En este caso tanto por la densidad de la plantilla orquestal (unos 85 músicos) como por la intensidad sonora de la partitura, el mantenimiento de tal equilibrio se hizo por momentos imposible. Diego Martin-Etxeberria era muy consciente del problema –lo apuntó en una entrevista a un medio local previa al concierto- pero desde mi butaca me pareció que el magma orquestal era obstáculo demasiado grande para los cantantes en más de una ocasión. La Euskadiko Orkestra sonó con brillantez y con intensidad aunque pecando de excesiva en más de una ocasión.

En cuanto a los solistas vocales el nivel medio ha sido muy satisfactorio. Arantza Ezenarro (Amaya) es una soprano lírico-ligera y este papel tiene enjundia; aun y todo fue capaz de dotar al personaje de la carnosidad suficiente y, sobre todo en las partes más íntimas, más románticas, su voz sonó con cuerpo y esmalte. Marifé Nogales tenía que asumir el papel más interesante de la obra, Amagoya, una Ortrud vasca de manual porque incluso coinciden en la reivindicación de las antiguas religiones que se enfrentan al nuevo cristianismo. El problema es que el papel es para una contralto ya que las exigencias de Guridi son claras: notas graves poderosas, ser capaz de transmitir autoridad religiosa y moral además de pretender ser una referente política de los vascones. El resultado final ha sido más que satisfactorio. Algún grave sonaba débil pero creo que Nogales ha salvado muy bien una papeleta que era todo menos fácil.

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Gillen Munguia (Todosi) encarnaba al héroe de la velada y por arrojo y emoción, lo consiguió. Él ha hecho mucho en las redes sociales por prestigiar este título y lo cierto es que siendo un tenor lírico, el papel le lleva al mundo spinto, sobre todo en un acto IV realmente complejo y exigente. Hizo esfuerzos por teatralizar sus intervenciones y el público le braveó con pasión. Juan Laboreria es Asier, el antihéroe, el malo, el Telramund de la noche. Asier pide un bajo rotundo y Laborería es más un barítono-bajo, así que los graves eran algo pálidos pero dijo muy bien su personaje y lo caracterizó –dentro de las limitaciones- con la maldad necesaria.

El resto de papeles estuvieron muy bien servidos. José Manuel Díaz fue un lujo absoluto como Miguel y mensajero, con una voz muy bien emitida y proyectada; lo mismo podemos decir de Lucía Gómez, potente, enérgica en sus dos breves intervenciones. Los restantes dieron realce a sus pequeñas partes y Darío Maya, Luken Munguira, Ainhoa López de Munain y Julen García pudieron participar de la fiesta de esta noche. Finalmente, el Easo Abesbatza solventó su parte, no muy exigente con suficiencia.

La función contó con la pertinente traducción simultánea y en la versión en euskera se respetó la grafía vizcaína de primeros del siglo XX, antes de que entraran las normas académicas en el idioma; la versión en castellano era sustancialmente más difícil de leer. Eso sí, y a modo de aportación en positivo, en estas funciones donde no hay ni escena, ni vestuario ni telón sería de desear que a través de la traducción se diera más información: inicio y final de los actos y simples datos geográficos y/o temporales para facilitar la comprensión del drama. 

Comenzábamos diciendo que se escribe que Amaya es la ópera más importante nunca escrita en euskera. No sé si porque era el primer día de las fiestas de Donostia o porque en el fondo no nos gusta la ópera sino un par de decenas de títulos del género pero me sorprendió encontrar un aforo del 75% a primera vista. Nada bueno dice ello de la afición a la música de los guipuzcoanos. Eso sí, la recepción del público asistente fue generosa aunque bastantes espectadores salieron del Kursaal como si estuvieran corriendo un encierro de San Fermín porque por encima de todo, incluso de manifestar respeto y consideración a los intérpretes que han estado más de dos horas y media sobre el escenario, parecen estar los fuegos artificiales. Así nos va.

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Fotos: © Quincena Musical- Iñigo Ibáñez