Música tambien para ser vista
15/08/2025. Centro Botín, de Santander. Percussions de Strasbourg: Alexandre Esperet, Minh-Tam Nguyen y Thibaut Weber. Obras de Iannis Xenakis.
El compositor greco-francés Iannis Xenakis (1922-2001) es uno de esos que aparecen en todas las referencias musicológicas cuando de vanguardia se habla. Su nombre está íntimamente unido al desarrollo de la música electrónica y su vida, que abarca casi en su integridad el siglo XX, así como su obra son resumen perfecto de la evolución que ha vivido, a veces de forma convulsa, eso que hemos convenido en llamar música clásica. Que Xenakis existió lo saben muchos pero tengo el íntimo convencimiento de que muy pocos melómanos han escuchado en directo música de este compositor, quizás por algo tan simple como cierto: porque apenas se programa. Así, y con el permiso del lector, haré un reconocimiento público: en más de cuatro décadas de afición a la música estos han sido mis primeros minutos experimentando la música de Xenakis en vivo, así que gracias a los organizadores y deseo fervientemente que no sean los últimos.
Los siglos XX y XXI han fortalecido la presencia del viento metal y percusión en la vida de la música clásica, fundamentalmente en la de la orquesta sinfónica. En ello Xenakis –como tantos otros- ha jugado un papel fundamental. Pero es que, además, Xenakis ha desarrollado estas familias instrumentales hasta colocarlas al nivel de las restantes, convencionalmente más aceptadas, y para ello ha compuesto obras ex profeso y en formato camerístico para estas familias y así poder desarrollar muchas de las posibilidades que otorgan dichos instrumentos.
Percussions de Strasbourg ha ofrecido, por tanto, un monográfico Xenakis con tres de sus obras: Psappha, Rebons A y B y Okho. Un programa de apenas 45 minutos pero que, sin embargo, ha estado pleno de intensidad, sorpresa y calidad. Las dos primeras obras, Psappha y Rebonds en sus dos partes han sido asumidas en solitario por cada uno de los componentes mientras que la última lo ha sido por el trío al completo.
Psappha (1976), interpretada por Alexandre Esperet, se basa en instrumentos percutivos de altura indefinida o no afinados. Xenakis apuesta por la intensidad y potencia del sonido, con momentos de gran impacto al llevar algunos de los golpes de bombo al fortísimo, creando grandes contrastes, una evidente vibración y expansión del sonido que llegaba a toda la sala y, por qué no reconocerlo, cierta zozobra en el oyente. En esta obra Xenakis también nos trae instrumentos naturales –trozos de madera y metal percutidos por las baquetas- que aportan simplicidad y espontaneidad al desarrollo de la obra. El artista tuvo algún problema –una baqueta que salió disparada y algún contacto con el metal que no se acertó- pero como punto de partida del concierto mostró el virtuosismo exigido por el compositor y los recursos del artis
Sin solución de continuidad se ofrecieron las dos partes de Rebonds (1988), A y B, interpretados respectivamente por Thibaut Meyer y Minh-Tam Nguyen. Doce años posterior, en estas obras se aprecia una mayor “organización” de las estructuras o células musicales que se repiten a modo de círculo infinito, con pequeñas alteraciones y jugando con la intensidad del sonido, jugando con los silencios y, a modo de contraste, con golpes de enorme intensidad y diría que teatralidad. Nguyen ha sido el único que ha utilizado instrumentos afinados y el que, si se me permite el atrevimiento, más se ha acercado a lo que podamos entender por sonido musical convencional. El nivel de virtuosismo exigido, sobre todo en la parte B, solo produce asombro en los neófitos.
Finalmente los tres componentes del grupo se reunieron en el centro del aparatoso escenario, se colocaron unos arneses y asumieron sobre sí tres djembé, instrumentos membranófonos de la costa atlántica norteafricana y de un volumen notable y con ellos, y utilizando solamente las manos, nos ofrecieron Okho (1989), realizada por Xenakis por encargo con motivo del segundo centenario de la Revolución Francesa. Cuando hablamos de manos hemos de ser generosos en la compresión del concepto: dedos, palmas, nudillos, puños y cualquier otra forma que pueda hacerse con las manos son utilizadas para crear distintas sonoridades, ora en forma solista ora en colectiva. Una obra –como todo el concierto, sea dicho de paso- de una exigencia física nada despreciable y en el que los tres artistas mostraron toda la capacidad del instrumento. Y un concierto digno de verse, además de ser escuchado, porque si algo tiene la percusión es que obliga al músico a utilizar todo su cuerpo para ensamblarse con los instrumentos, para hacer fuerza o para buscar el matiz más nimio que uno pueda imaginar.
El año pasado el Festival Internacional de Santander nos ofreció la oportunidad de vivir en directo la escucha de Ameriques, de Edgar Varese, obra que exige quince instrumentistas de percusión y de la que publicamos pertinente reseña. Solo un año después el mismo FIS nos permite acercarnos a la obra de Xenakis. Varese y Xenakis tienen muchos puntos en común dentro de la historia de la música clásica y bien haría el festival en profundizar en esta vía para poder vivir otras obras tan interesantes en un futuro inmediato. Y bien harían otras instituciones en programar, aunque solo sea de vez en cuando, este tipo de compositores.
El recinto estaba lleno en un 80-90% y la recepción del público fue sonora, de aprobación y de cierta estupefacción, percutiendo con agrado nuestras palmas en señal de aprobación. Con muy buen criterio los solistas decidieron no hacer ningún bis a pesar del evidente requerimiento pero creo que todos entendimos el cansancio físico de los solistas. Solo de pensar en el insoportable calor que nos esperaba fuera nuestra solidaridad para con ellos surgía espontánea. Un concierto digno de escucharse y verse.