© Valentine Chauvin
Dos propuestas singulares
Ziburu. 30/08/25. Festival Ravel 2025. Iglesia de San Vicente. Obras de E. Satie. Jóvenes solistas vocales de la Academia Ravel, Maude Gratton (órgano), Bertrand Chamayou, piano y Barbara Hannigan, soprano.
San Juan de Luz. 30/08/25. Festival Ravel 2025. Centro cultural Peyuco Duhart, sala Tanka. La main gauche, de Ramón Lazkano. Marie-Laure Garnier (soprano, múltiples personajes), Peter Tantsis (tenor, Ravel), Allen Boxer (barítono, múltiples personajes). Ensemble Intercontemporain. Dirección musical: Pierre Bleuse.
Coincidiendo con la transición entre agosto y septiembre se está celebrando una nueva edición del Festival Ravel, con sede principal en San Juan de Luz y otras secundarias en las localidades cercanas, Platea Magazine se ha acercado un solo día para vivir en pocas horas dos citas plenas de interés cuales son un recital de la gran soprano de la vanguardia a nivel mundial, la canadiense Barbara Hannigan y el estreno de una ópera de Ramón Lazkano, basado precisamente en los últimos años de la vida de Maurice Ravel, el eje vertebrador del festival.
San Juan de Luz es dueña de una playa enorme y cita obligada para muchos turistas; literalmente pegado a esta población está Ziburu, pueblo natal de Maurice Ravel. Andando, sin mayores problemas, uno puede pasar de un pueblo al otro en pocos minutos. Son muchas las fotos del compositor vasco en la playa del pueblo vecino y muchas también las referencias positivas escritas del compositor sobre el mar, el pueblo y la playa, que le traían paz y tranquilidad. Este festival tiene cada vez más enjundia y sus propuestas están plenas de interés y la visita a la costa vasca, por si hiciera falta cualquier excusa, ya es cita obligada también para los melómanos. Teniendo en cuenta que Donostia está a apenas veinte minutos en coche bueno sería también que ambos festivales vascos tuvieran la coordinación necesaria para evitar que se solapen fechas y/o acontecimientos.
Erik Satie
De este compositor se cumple este año el centenario de su fallecimiento (1866-1925) y por ello el Festival Ravel le ha dedicado conciertos especiales. En la iglesia de San Vicente, de Ziburu, a menos de cien metros de la casa natal de Ravel, se ha programado este concierto en el que pudimos escuchar dos obras que no son nada habituales en las salas de conciertos.
El nombre de Satie va unido muchas veces al calificativo de extravagante, tanto por su vida personal, plena de vicisitudes cuando menos curiosas como por los títulos elegidos para alguna de sus obras musicales, harto infrecuentes en la tradición musicológica, caso de Preludios flacos para un perro o Sonatina burocrática como simples ejemplos. En el caso que nos ocupa las obras elegidas fueron la Messe des pouvres (1892) y Socrate (1918)
La primera es una obra con un orgánico harto singular: misa para seis sopranos, dos bajos y órgano además de ser la única obra litúrgica compuesta por el parisino. Muy aficionado a la historia y estética medievales, Satie nos retrotrae desde el Kyrie inicial al canto gregoriano. Eso sí, a pesar de mencionar este Kyrie conviene mencionar que la mayor parte del texto utilizado en esta misa se sale del canon eclesiástico tanto porque el Gloria se perdió como porque otras partes se titulan Rezo de los órganos o Rezo para la salvación de mi alma como partes singulares de esta misa.
Los ocho cantantes se colocaron a derecha e izquierda del órgano de la iglesia de San Vicente y, curiosamente, tenía a apenas dos metros de mi asiento de madera a las sopranos mientras que los bajos se encontraban al otro lado del órgano, lejos de cualquier perspectiva visual. Los intérpretes vocales fueron ocho jóvenes no identificados en el programa de mano de la Academia Ravel mientras que la organista fue una eficiente Maude Gratton. Los cantantes, jóvenes y aparentemente impresionados por la perspectiva desde la primera galería de la iglesia solventaron con acierto su parte. La misa es de una austeridad exagerada y resulta ser una obra nada fácil de disfrutar.
La segunda parte del concierto la protagonizaba Barbara Hannigan, la profetisa de la música de vanguardia en este mundo conservador y acomodado, acompañada al piano por Bertrand Chamayou, a la sazón también director artístico del festival. La obra elegida ha sido Socrate, una partitura que tiene como distintos ingredientes una pizca de drama, otra de chanson francesa y una última de cantata profana. Por ello, Socrate acaba siendo una obra indefinible aunque el compositor la denominara drama sinfónico en tres partes.
No es una obra fácil; el recitado suple en muchos momentos al canto convencional. O dicho de otra manera, la soprano –que interpreta varios personajes en la obra aunque el compositor haya anulado desde un inicio la diversidad vocal-, se encuentra siempre en tesitura central y por ello, sin notas extremas, ha de concentrarse más en el texto que en el canto mismo. Por desgracia, ni se nos dio el texto ni hubo traducción alguna del mismo, con lo que se perdió parte del placer de la escucha. Hannigan es una cantante maravillosa pero con esta obra no pudo enganchar al público con la música como hizo el año pasado. En definitiva, un concierto de una austeridad apabullante, muy interesante aunque también, reconozcámoslo, muy lejos de poder atraer al público medio de este festival. En definitiva, Satie es extravagante pero también austero, y mucho.
La main gauche
El estreno de una ópera es siempre un acontecimiento. Más aún si esta es producto de un trabajo muy meticuloso durante casi dos décadas de un compositor vasco preocupado y dedicado a la obra de otro compositor vasco. Ramón Lazkano (1968) es guipuzcoano aunque reside en Paris desde hace décadas y pasa por ser, junto a Félix Ibarrondo y Gabriel Erkoreka, uno de los más grandes compositores vascos vivos.
Él ha escrito el libreto basándose en la obra literaria Ravel, de Jean Echenoz y el plantel de cantantes requeridos es elemental: solo tres, aunque los personajes interpretados son quince. El tenor encarna a Ravel; la soprano, a siete mujeres y el barítono-bajo a otros siete personajes. Aquí ha radicado el mayor problema de la función: al no haber ni libreto ni ninguna traducción ni transcripción del texto durante la función la posibilidad de seguir el desarrollo dramático ha sido nula. Es una lástima porque la obra es muy interesante y radical en sus formas y cualquier manera de seguir esta historia que narra los últimos años de la vida de Ravel nos hubiera permitido disfrutar más de la noche. Ya queda dicho: la obra es extrema, con un lenguaje musical radical. Ya hemos podido escuchar algunas obras sinfónicas de Lazkano y el compositor no engaña.
El título La main gauche hace referencia a la mano izquierda y al concierto creado para ella por Ravel pero también hace referencia a otra acepción de la palabra gauche: torpe y desgarbado. Por ello, Lazkano se refugia en el doble sentido para mencionar la obra de Ravel pero también el sufrimiento de los últimos años del compositor de Ziburu, afectado de demencia y otras enfermedades degenerativas, que le hicieron sufrir en lo musical y en lo personal.
La obra es de cámara y el plantel orquestal lo componen quince músicos: un quinteto de cuerda, un septeto de viento, acordeón, piano-celesta y percusión. Quince músicos para un total de casi treinta instrumentos distintos, ello sin tomar en cuenta la percusión. La labor de los quince músicos del Ensemble Intercontemporain es, sencillamente, extraordinaria y verles tocar, una fiesta. Pongamos dos ejemplos de las máximas exigencias de la partitura: nunca había visto al trombón de varas tener junto a sí una mesa de seis sordinas distintas y poder comprobar, en la medida de lo posible, el distinto sonido emanado por el uso de cada una de ellas. Pero si alguien merece mención especial este es el solista de percusión, Samuel Favre, que estaba rodeado por un archipiélago de instrumentos musicales, quizás más de veinte. Verle pasar de uno a otro para, en ocasiones, apenas sacar un simple sonido, era todo un espectáculo.
A ello hay que añadir el trabajo encomiable de Pierre Bleuse, director musical y coordinador de una partitura harto compleja. La labor de Bleuse es impresionante, demostrando una confianza ciega en la ópera y haciendo un esfuerzo notable por traducirla y llegar al público.
Por lo que a las voces se refiere, Lazkano no las lleva a los extremos y la mayor parte del canto se realiza en tesitura central. Peter Tentsis –al que hace solo cinco semanas pudimos escucharle como protagonista en Benjamin a Portbou, de Antoni Ros-Marbá- no tiene una voz grande pero se cree lo que hace y trata de recrear actoralmente el texto que canta. Lleva el peso de la obra y me imagino que con dos estrenos en este verano habrá tenido que estudiar mucho en los meses anteriores. Allen Boxar encarnaba siete personajes y uno de ellos, el primero, lo cantó en falsete mientras que el resto lo hizo con una voz oscura, algo endeble en el límite inferior y sin proyección suficiente. La voz más interesante por volumen y sonoridad fue la de la soprano Marie-Laure Garnier –otros siete personajes- de imponente presencia física y vocal.
La Salle Tanka del Centro Cultural Peyuco Duhart estaba llena casi al cien por cien; podemos calcular una cuatrocientas personas que asistieron asombradas al desarrollo del estreno. Apenas media docena abandonaron la sala durante la representación y al final de la misma la respuesta fue considerable, con esos aplausos rítmicos propios de esta zona en señal de máxima aprobación. El mes que viene La main gauche va a ofrecerse en Paris de forma escenificada y lo lógico sería desear, casi exigir, que algún teatro cercano hiciera el esfuerzo por hacerlo realidad aquí también y así pudiéramos vivir esta ópera en su estado natural.
Fotos: © Valentine Chauvin
