© Lorenzo Duaso
Solemnemente a la altura
Barcelona. 22/11/25. Palau de la Música Catalana. Misa Solemnis de Beethoven. Marta Mathéu, soprano; Mireia Pintó, mezzosoprano; Roger Padullés, tenor; Joan Martín-Royo, barítono. Orquesta Simfònica del Vallès. Xavier Puig, dirección.
En una Barcelona desbordada por las aglomeraciones prenavideñas, la Orquestra Simfònica del Vallès volvió el pasado fin de semana al Palau de la Música Catalana, que acogió de nuevo la monumental Missa Solemnis de Beethoven enmarcada en una breve gira por diversas capitales catalanas. La cartelera contó con protagonistas de la talla de Martha Mathéu, Mireia Pintó, Roger Padullés y Joan Martín-Royo, caras bien conocidas en el panorama musical catalán y estatal, con Xavier Puig asumiendo la dirección de la orquesta de la que ha sido titular desde 2018, recientemente relevado por Andrés Salado, mientras que el Orfeó Català aportó como de costumbre el corpus coral.
Doscientos y un años después de su estreno, la segunda misa de Beethoven es uno de esos ejemplos que demuestran hasta qué punto su genio creador nos sigue cautivando, uno de esos en que la dimensionalidad artística de la obra, con sus aparentes desproporciones –como el larguísimo Kyrie que encabeza la misa y los peculiares dos últimos movimientos– persigue un fin innegablemente fraternal, casi cósmico; una de esas obras destinadas a la posteridad, como la Novena, sin ir más lejos –compuesta de manera paralela–. En cualquier caso, dio la impresión de que tanto solistas, coro y orquesta, tuvieron bastante presente lo que tenían entre manos, y el resultado final, en general, volvió a estar a la altura de lo esperable.

Puig se adentró en la partitura sin prisas, permitiendo que las tres secciones del Kyrie respiraran con el aliento y la expansión temporal adecuados, tras un inicio previsible y sin sorpresas –por apuntar algo, quizá algo excesivo el órgano en ciertos tutti–, pero nada reseñable en cuanto a sensación sonora global. En el apartado vocal, el cuarteto solista tampoco defraudó y el coro rugió con energía en estos primeros compases de la misa. Puig supo enfatizar la textura contrapuntística e imitativa de los pasajes del Gloria y contrastó con acierto las texturas camerísticas de las orquestales. No decepcionaron los cantantes, en un pasaje como “Qui tollis peccata mundi”, de líneas casi operísticas, en especial el tenor Roger Padullés, que mantuvo a raya su infección vírica comentada previamente por megafonía.
El Credo se desenvolvió con gran espiritualidad en las líneas corales, y Puig cosió bien los puntos de unión entre coro y orquesta. Destacó el cuerpo femenino del Orfeó que resiguió con aliento la gimnasia melismática de gran parte de los pasajes finales y Mireia Pintó firmó algunos de sus mejores pasajes. Padullés volvió a dar lo mejor de sí en el segundo tercio mientras que la soprano Marta Mathéu lideró bien la parte más expuesta del cuarteto vocal. Puig caminó por un Sanctus en una lectura algo ligera, sin dilataciones excesivas y manejó bien las dinámicas suaves y sus contrastes. El angelical solo de violín por la concertino Marta Cardona empastó bien con las diferentes intervenciones. La súplica miserere nobis a cargo de los hombres del coro y un solvente Joan Martín-Royo desde las profundidades iniciaron seguramente la mejor parte la misa, con Puig manejando bien las dinámicas delicadas y el sutil crescendo hasta la irrupción marcial, y el resto de incorporaciones. El coro empastó bien con una OSV atenta a las impredecibles reclamaciones de Beethoven y nuevamente mostró estar en plena forma a pocas semanas del tradicional concierto de Sant Esteve. La velada se saldó con casi cinco minutos de aplausos y una Misa Solemnis memorable.

Fotos: © Lorenzo Duaso