Valles_enero26_5.jpg© Lorenzo Duaso 

El violonchelo y la paz

Barcelona. 24/01/26. Palau de la Música Catalana. Concierto para violonchelo de Fazil Say. Schéhérazade (Suite simfònica, op. 35) de Rimski-Kórsakov. Camille Thomas, violonchelo. Orquestra Simfònica del Vallès. Andrés Salado, dirección.

Entre chubasco y chubasco, la violonchelista Camille Thomas regresaba al Palau de la Música Catalana –auditorio en el que debutó con notable éxito hace cinco años– para volver a enfrentarse al singular Concierto para violonchelo y orquesta «Never Give Up» del compositor y pianista turco Fazil Say (1970), estrenado en París en 2018. La Orquestra Simfònica del Vallès se sumaba al grupo de orquestas españolas –Real Filharmonía de Galicia, RTVE, Euskadiko Orkestra– que han programado esta peculiar obra, acogida por primera vez en nuestro país en 2021 en Galicia, e interpretada siempre por la misma artista. Tras su gira vasca a finales de año, Sant Cugat, Barcelona y Sabadell han sido las paradas del primer gran capítulo sinfónico del año, a cargo de nuevo del director titular Andrés Salado. La siempre hipnótica Schéhérazade de Rimski-Kórsakov completó el díptico de las tres funciones.

Tal como recordaba nuestro compañero Enrique Bert en la crítica de Vitoria-Gasteiz, la música sinfónica turca rara vez encuentra espacio en las programaciones habituales, por lo que resulta especialmente valioso que, de tanto en tanto, el repertorio –y muy en particular el contemporáneo– se vea enriquecido con aromas y acentos procedentes de otras tradiciones culturales. Concebido como homenaje a las víctimas de los atentados islamistas perpetrados en la sala Bataclan de París y en la plaza del Hipódromo de Estambul –hace ahora casi exactamente diez años–, el concierto de Say apuesta por la música como vehículo de esperanza y paz: un ideal noble y plenamente pertinente a día de hoy en actualidad marcada de los conflictos políticos.

Valles_enero26_7.jpg

Dos generosos discursos de Salado y Thomas, preludiaron la obra de Say; una pieza razonablemente breve, a caballo entre la cámara y la gran formación, en la que, cómo no, el Stradivarius de la franco-belga se convierte en el gran protagonista. La complicidad entre compositor e intérprete, forjada en anteriores colaboraciones, quedó patente desde los primeros compases; más que una obra simplemente escrita a medida, Never Give Up parece portar también trazos personales de la artista. Esto se percibe con claridad en los pasajes de carácter introspectivo, donde Thomas demuestra un absoluto dominio del cómo y del cuánto al desplegar su canto instrumental.

La colorida solista se adentró en la cadenza introductoria con decisión, y exprimió al máximo los contrastes del primer movimiento  Never Give Up– en el que el Say intenta plasmar los conflictos sociales, políticos y religiosos, en un tenso diálogo entre la primera y la cuarta cuerda, con salpicaduras de pizzicato. Salado, sin batuta, sobrellevó bien la métrica con los rebotes del col legno y los repentinos espasmos orquestales, bien ensayados. El carácter enérgico y conflictivo del primer tiempo quedó bien resuelto a pesar de la ligera impresión de falta de empaque en algunos pasajes. La orquesta, eso sí, bien atenta a los sobresaltos y al abrupto final.

Valles_enero26_8.jpg

El segundo movimiento, Terror Elegy, emergió con perspectiva y la ascensión estuvo bien calibrada hasta llegar al climático momento de las ráfagas de kalashnikov a cargo de los dos percusionistas. Thomas se mostró inspirada explorando los distintos registros del chelo, desde la premonitoria tensión sobre la cuarta cuerda, hasta el lamento final. Song of Hope, el último y más “oriental” de los tres, cerró con un conseguido festín de emociones positivas, adornado con una amalgama de efectos repartidos por todas la orquesta, con el director madrileño nuevamente atento a los cambios de compás y una última destacable intervención, a modo de despedida, por parte de la invitada. Un oportuno Cant dels ocells, con dedicada mención a Pau Casals, fue la aplaudida propina elegida por la solista.

La lectura de Salado de Schéhérazade fue equilibrada ofreciendo precisamente lo que la orquesta parecía buscar: entregarse por completo y crecer en intensidad en los momentos culminantes. El cambio de registro hacia un discurso plenamente sinfónico se percibió con claridad, dejando sensaciones muy positivas a lo largo de las coloridas aventuras orientales del compositor ruso. Con su estilo característico, Salado supo extraer la potencia de los metales y la nobleza de las cuerdas, mientras la orquesta respondía con naturalidad a cada ajuste de tempo. Destacó especialmente Marta Cardona, que mantuvo una precisión admirable en la afinación, sobre todo en las dobles cuerdas del cuarto movimiento, que cerró con una gran ovación por parte de un público que sin duda celebró la vuelta de la OSV.

Valles_enero26_9.jpg

Fotos: © Lorenzo Duaso